martes, 18 de julio de 2017

La muralla del canalla

POR ANUAR SAAD

No es un secreto para nadie. La posmodernidad nos consume. Nos habita. Nos sacia. En palabras de Bauman, vivimos navegando en medio de una “modernidad líquida”, que se caracteriza por ser una sociedad de consumidores individualizada y con escasas regulaciones. Es una sociedad ambivalente que se alimenta por su persistencia de trastocar la disciplina; agredir la moral; violentar la ética y de paso, a toda clase de normas que causen impedimentos a esta nueva especie de “relaciones públicas” que es en lo que se han trastocado las necesarias políticas públicas.

El encumbramiento del ego ha encontrado en las crecientes redes sociales, esas mismas que se están convirtiendo peligrosamente en una caricatura de los mass media, un caldo de cultivo para imponer el bienestar particular sobre la ya romántica premisa del bien común. Es la consecuencia del reemplazo del antiguo ágora por los modernos centros comerciales en los que se alimenta ese mismo ego, cada vez más alborotado e insaciable.

El prolífero sociólogo polaco dejó en su legado centenares de frases célebres y, algunas de ellas, sobre la amenaza en que pueden constituirse las redes sociales, el gran primogénito de la postmodernidad: Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa". En las redes tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear, es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad, pero la red te pertenece a ti".

Y en esta “sustitución” de comunidades, los grupos (¿o pandillas?) de amigos o las comunidades repletas de fanáticos seguidores de un determinado líder político o espiritual, o barras bravas de un equipo de fútbol, tienen cabida sin problema en el mundo virtual, aunque en el real, nadie los quiera ni de vecinos…”pero en cambio, ser miembro de un grupo de Facebook es muy fácil. Puedes tener más de 500 contactos sin moverte de casa, le das a un botón y ya".

Bauman va más allá y afirma que en esta modernidad se desbordan las angustias vitales que son expresadas por conductos electrónicos a los que él llama “chat-chows”. Es, a través de ese mismo conducto, en el que el individuo, más desde lo visceral que desde lo intelectual,  se limita a una angustiosa necesidad de interconectarse para poder compartir “sus intimidades”, que pueden ser desde unas vacaciones en el mar; una comida con amigos, una convalecencia en el hospital; un familiar muerto en su ataúd, hasta una relación sexual. Conductas propias de comunidades que mantienen vínculos frágiles --y muchas veces efímeros-- que buscan con desespero la aceptación del otro a través de un “me gusta”.

A todo lo anterior se le suman los medios de comunicación --ahora en el rol de portales de noticias que se actualizan casi instantáneamente-- y que dan cabida (como no hacerlo si mueve el rating y la lecturabilidad) a noticias amarillistas o a replicar hasta el cansancio los últimos escándalos en los que jamás faltan las malas prácticas políticas, los asesinatos, la corrupción  y la miseria.

De todo lo vaticinado por Bauman como profeta de la posmodernidad, se le agrega ahora el concepto de posverdad, definida esta, entre otras muchas acepciones, como “el fenómeno que se produce cuando los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública, que los que apelan a la emoción y a las creencias personales".

Hoy gran parte de la sociedad contempla casi con horror la posibilidad de convivir, tal como lo dijera el pensador británico A.C. Grayling, en un mundo dominado por la posverdad ya que ello provocaría indefectiblemente la "corrupción de la integridad intelectual" y un daño irreversible al tejido de la democracia.

De allí que a través de las redes transiten los más bajos instintos y sentimientos. Es por eso que en ellas  un expresidente, cuyo nombre es mejor no pronunciarlo porque como el monstruoso Lord Valdemort, célebre en Harry Poter, parece cobrar más poder cada vez que se le invoca, hace crecer su popularidad, increíblemente, con base a la in-popularidad. No le importa lo correcto, si es correcto para él. No importa llevar a un país a la polarización extrema loca y desenfrenada si eso lo encumbra como el político más reconocido y qué va importar si está construido sobre un pasado oscuro del que ya nadie quiere hablar. Es esa posverdad, o la asimilación de la mentira como verdad, que permiten atentar contra un periodista acusándolo de ser un “violador de niños”.

Y allá, escondidos tras la fachada de “seguidores”, están pertrechados, dentro  de los más de cinco millones de miembros de su red, muchos fanáticos exacerbados en defensa de un líder indefendible que colman las redes con trinos amenazantes e intolerantes en los que exponen todo el veneno de sus corazones.

Estamos frente a una nueva muralla que parece aguantar de todo. Una donde la infamia y la mentira se pavonean orondas pisoteando sin reparos la ética y las buenas costumbres;  la honra de los demás; a la verdad real y a la nobleza humana. Lástima que uno de los mayores inventos de la humanidad, ese mismo que permitió acercarnos al mundo sin salir de la casa, termine siendo hoy la muralla del canalla.

1 comentario:

  1. El fanatismo es el cáncer de la política.Hay que tomar menos decisiones con las emociones y evitar un verdadero retroceso social y político.

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