jueves, 25 de mayo de 2017

Macondo, siempre Macondo

Por ANUAR SAAD


A 50 años de haberse publicado “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez sigue –y seguirá—en el recuerdo de todos. La legendaria “Macondo”, que cobró vida en cada una de las casi 400 páginas de la obra del Nobel, también sigue vigente. Y no solo por los recuerdos de “Cien años”, sino en la cotidianidad de cualquier pueblo colombiano, especialmente, los de nuestro Caribe.

Múltiples homenajes se han construido para que, a lo largo de este año, se recuerde al escritor y a su obra. Entre ellos, el de la Universidad Autónoma del Caribe y su Facultad de Ciencias Sociales y Humanas que desde la próxima semana y en una entrega de 10 episodios, recreará diez de las escenas más representativas de “Cien años de soledad” que serán trasmitidas por los 94.1 de Uniautónoma Estéreo  y por la red de emisoras comunitarias de toda la Costa Caribe.

Pero más allá de la obra a la que el mundo le celebra este año su medio siglo de ver la luz, está Macondo. Ese pueblo que pareciera sacado de la inagotable imaginación de un escritor febril y mágico pero que, en resumen, es cualquier localidad, pueblo o vereda de nuestra Costa Caribe colombiana. Si queda alguna duda de que Macondo puede ser Barranquilla, Cartagena, Sincelejo, Montería, Valledupar o Santa Marta –solo por nombrar algunas ciudades—basta con leer lo que la prensa ha reseñado en sus páginas en los últimos años. Hechos que, aunque reales, parecen pertenecer más al imaginario Macondo.

Hace pocos días la prensa anunciaba en titulares –entre preocupada y divertida—que un contratista que se aprestaba a repartir las facturas del servicio de luz en un barrio al suroriente de la ciudad, fue detenido por los vecinos que lo sentaron en una silla y  lo amarraron a un poste, para después proceder a quemar los recibos de un servicio que –según los moradores—no corresponden al deficiente servicio que la empresa presta.
El pasado diciembre, un huésped de un elegante hotel en Barranquilla vestido solo con sus calzoncillos, bajó el ascensor, recorrió el lobby, salió a la acera y corrió semiencuero casi una cuadra, gritando desconsolado el nombre de su pareja que se alejaba en un taxi y con quien acababa de tener un altercado.

Pocos meses atrás, un policía que recién había reportado su cédula como extraviada se llevó la sorpresa de su vida: Jhon Harold Puello, el agente de la institución armada y que estaba de guardia en un puesto de control entre Baranoa y Sabanalarga, descubrió aterrado que uno de los hombres a los que él le realizaba una requisa de rutina, se identificó con su mismo nombre y apellidos y, además, tenía el mismo número de cédula que la del policía: había descubierto sin querer al que le robó su documento de identidad. 

A mitad del año pasado, un hombre buen mozo y bien vestido asaltó una casa en el norte de la ciudad. Como si nada salió por la puerta principal llevando en un saco el fruto del atraco. Tomó un taxi a pocos metros del lugar y dos minutos después el taxista recibió una llamada de su esposa informándole aterrada que la acababan de robar. “Es un tipo alto, simpático, vestido de azul y con gorra de beisbolista”, le dijo la señora. El espejo retrovisor del taxista le devolvió esa imagen: el ratero que atracó a su esposa, acababa de tomar su  taxi.

Otro atracador de mala suerte, muy a lo “Pedro Navaja” escogió a su víctima. Y cuando se dispuso a abordarla en un populoso barrio del sur de Barranquilla, recibió la paliza de su vida: de las muchas personas en el sector, atinó a intentar atracar a Darys Pardo, excampeona de boxeo, quien no se dejó atemorizar y le destrozó la cara al aterrado asaltante.

En Albania, en medio de plena contienda política por la Alcaldía de ese municipio, un burro fue usado como ‘valla móvil’. El animal  apareció con un aviso del candidato Pablo Parra, invitando a los electores a que votaran por él. 

En Cartagena, donde suele pasar hasta lo inimaginable, un hombre montado a caballo, atracaba a plena luz del día a todos los transeúntes de un concurrido sector, lanzando alaridos muy al estilo del llenero solitario. Aunque trataron de detenerlo, el diestro jinete azotó al animal quien a gran velocidad desapareció en el horizonte.

La gastronomía no ha sido ajena a las macondianas situaciones. En Distracción, un corregimiento de La Guajira, hay un puesto de fritos muy concurrido que lo atiende una señora de 70 años quien relevó a su madre (que tiene 93) de ese arduo oficio. El aviso con que se promocionan las empanadas es ramplón, áspero, pero llamativo. “Empanadas de mondá”, reza el cartel. “Todos los días pasan centenares de carros por la vía. Todos paran y preguntan ¿De qué son las empanadas? Y cuando les digo que de carne…me preguntaban ¿y no hay de pollo? Para quitarme ese San Benito, resolví la cuestión bautizándolas así. Ahora ya saben de qué son las empanadas”, explicó paciente la fritanguera en medio de una estrepitosa carcajada.

Ahora… ¿todavía cree usted que Macondo solo existe en Cien años de soledad? 

2 comentarios:

  1. Las historias de Macondo, ese pueblo fantástico creado de una realidad nacional, casi mágico, mitológico y realista sigue con la reproducción de casos similares producto de la cotidianidad y expresión de la cultura no solo caribeña sino latinoamericana. Los escritores siempre se adelantan a los acontecimientos que inicialmente son imaginarios; pero que con el transcurrir de los días se van concretando esas ideas que se han plasmado a través de la literatura. De ahí la importancia de leerlas.

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    1. Así es Manuel. Latinoamérica toda, es la misa aldea que vive las mismas situaciones.

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