jueves, 23 de febrero de 2017

Un adiós para Micifuz

Por Anuar Saad




Si se pudiera cruzar al hombre con el gato, sería una gran mejora para el hombre.”
Mark Twain


Puede sonar exagerado. Para muchos, incluso, una blasfemia. Pero uno de las mejores personas que he conocido en mi vida, fue mi gato. Y parafraseando el refrán popular, podría jurar que entre más conocía a las personas, más amaba a mi gato. No era un gato cualquiera, aunque apareció en mi vida, como cualquiera: ahí me lo encontré, en la cocina de mi apartamento, tratando con sus pequeñas patitas de abrir el horno. La escena era para morirse de risa. No media más de 15 centímetros y apenas si caminaba bien, pero quería llegar al fondo de esa “caja fuerte” en la que recién habíamos horneado una comida.

Pensando que no era de nadie, todos los días le poníamos un poco de comida y leche en la puerta. Al cabo de tres semanas, ya ronroneaba por los muebles y, atrevido hasta la tumba, se desparramaba en mi cama para dormir profundamente.
Una tarde, después de llegar del trabajo, una señora en silla de ruedas me detuvo para decirme que había notado que su gato se ausentaba bastante de su casa y que cuando llegaba a la noche, ya no quería comer. Explicó que el guardia del edificio le había contado que su gato era el mismo que yo también cuidaba. Aunque traté de explicarle que lo hacía porque pensaba que no tenía dueño, no hubo necesidad. –Quédeselo- me dijo –Yo no puedo cuidarlo tan bien como ustedes- Y así fue como “Micifuz”, pasó a ser el rey de la casa.

Su primer año de vida fue más virtual que real. Era más el tiempo en que se perdía en aventuras interminables y solo lo veíamos llegar para comer y tomar agua. Cariñoso en extremo, sabía chantajear para pedir más comida. Sus encantadores ojos amarillos y su parecido increíble con un pequeño tigre, hacía imposible decirle no.

La vida alegre y promiscua de Micifuz empezó a terminar un 14 de diciembre de hace 5 años cuando, en medio de una celebración familiar, el bandido puso pies en polvorosa y huyó. Pensamos que, como siempre, a las pocas horas, sucio y hambriento, regresaría. Pero pasaron los días y de Micifuz, ni la sombra.

Un medio día de marzo del siguiente año –casi tres meses después—sentimos que algo se arrastraba por las escaleras. Lo que quedaba de Micifuz estaba ahí: con la quijada destrozada, las costillas fracturadas y una patica lastimada. Pero, increíblemente, se recuperó. En la clínica donde fue atendido sugirieron castrarlo y así lo hicimos. El pequeño gato empezó a crecer y a engordar. Ya no le atraía la calle y pasaba sus días ronroneando entre las sábanas de mis hijas o las mías. Se trepaba al balcón del cuarto piso y con equilibrio impensable caminaba por los 4 centímetros de muro y ahí se quedaba vigilante recibiendo la brisa fresca de Los Nogales. Todo transeúnte que pasaba se detenía a sacarle una foto: era una misma efigie griega, amarilla y peluda de ojos refulgentes. Un ser lleno de bondad y gratitud, la misma que le falta a muchos que se decían amigos, esos mismos que “predican” bondad y generosidad pero en su vida han sabido brindarla.

Mis amigos, los amigos de mis amigos, vecinos y familiares, aprendieron, como yo, a amar a Micifuz. Me esperaba, como  perro guardián, justo a las seis de la tarde en una silla en la terraza. Apenas escuchaba el ronquido del motor de mi carro,  se ponía alerta, expectante y contento. Desde las siete de la noche, hasta que el sueño me venciera, quedaba ahí en el piecero de mi cama hasta que decidía, que era hora de bajar a su refugio: Y es que Micifuz no vivía con nosotros. Para mi gato, éramos nosotros los que vivíamos con él.

Durante siete años este gato maravilloso iluminó nuestros días. Por esas malditas coincidencias del destino, el mismo Día Mundial del Gato, cayó enfermo. Fue operado y tratado con los mejores recursos, pero todo fue en vano: una mortal infección en su tracto urinario, terminó matándolo y matando así, con él, nuestra alegría.

Se fue Micifuz, seguramente al cielo de los gatos donde estará, como siempre, haciendo de las suyas y conquistando a todos con esos ojos de oso de peluche. Gracias por todo gato mío. Contigo aprendí a ser mejor persona. Pero jamás, tan bueno como tú.

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