jueves, 9 de febrero de 2017

¿Quién quiere ser periodista?

Por Anuar Saad
Seguramente usted, sí, usted que está leyendo este artículo, sea uno de los miles de estudiantes de Comunicación Social – Periodismo en este ancho mundo. Y tal vez, por cosas de la vida, no sabe aún por qué diablos está estudiando esta carrera. No es un secreto que muchos y muchas están aquí, porque ya han fracasado en otras carreras, o porque en la Ciencias Sociales y Humanas, hay muy pocos encuentros con el álgebra, las matemáticas y la trigonometría. Y otros, porque sueñan verse presentando un programa de televisión o conocer, en medio de tantas mujeres hermosas con vocaciones de modelos que cursan esta profesión, a su media naranja.
En un país como el nuestro, donde por desgracia es frecuente que las “malas noticias” sean las “buenas noticias” –esas mismas que ganan rating, lecturabilidad y escándalos, los periodistas debemos hacer un doble esfuerzo: además de confrontar con honestidad las fuentes y develar aquello que poderosos no quieren que sea descubierto, debemos blindarnos. Blindarnos ante las amenazas que cada día cobran más vidas y contra la corrupción que, con sus largos tentáculos, pudre todo lo que toca.
Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿quién quiere ser periodista? Ese interrogante nace después que, por más de 30 años, he sido un  periodista al cien por ciento. Y descubrí que quería serlo porque, además de ser perversamente malo con las matemáticas, me di cuenta que dentro de mí habitaba otro ser que, contrario al muchachito tímido, callado y narizón que todos veían, ese “otro yo” buscaba a gritos la manera de poder contar historias.
Con esa obsesión estudié esta misma carrera que usted hoy orgullosamente estudia y me di cuenta que, contrario al comercial de Davivienda, no estaba en el lugar equivocado: no habían pasado dos semestres cuando de ese muchachito tímido de bigote incipiente, no quedaba ni sombra. Impulsado por el gusto que le estaba tomando al encuentro con el periodismo y la oportunidad de ser escuchado o leído, me lancé sin temores a  develar sus secretos. A aprender el oficio. A ser la voz de los que no tenían voz, movido por esa utopía de que la prensa, además de ser un cuarto poder, podía cambiar al mundo.
Aunque hoy creo, con tristeza, que el mundo ha cambiado a la prensa, también es cierto que por medio de esta profesión llena de sacrificios (como los médicos no tenemos horarios y contrario a los médicos ganamos muy poco); vicisitudes (podemos hasta perder la vida a la caza de esa gran historia); alegrías (en el ejercicio del periodismo somos parte de los momentos que nos llenan de orgullo) y tristezas (que, en un país como el nuestro, siempre serán más que las alegrías) y esgrimiendo la ética como regla indeleble, podemos informar, denunciar, opinar, entretener y, por qué no, ser parte de la vida de esos muchos que, aunque no nos conocen, nos leen, nos oyen, nos miran y nos creen.

Lo cierto es que muchos, por fortuna, siguen creyendo en el periodismo. Y, además, en la Academia. Más de 200 estudiantes matricularon sus sueños en el Programa de Comunicación Social - Periodismo de la Uniautónoma del Caribe para cursar el primer semestre, que, sumados a los otros, son más de mil futuros periodistas que sin importar las afugias, la dura competencia, los sacrificios y poner en riesgo su vida, quieren aportar a la sociedad contando las historias que la gente necesita saber.
Y son las buenas Facultades las que encaran con responsabilidad la formación de ese nuevo profesional. Y lo hacen con una profunda fundamentación humanística, activando la consciencia crítica, fomentando la lectura literaria y periodística; desarrollando en ellos sus competencias analítica e interpretativa  preparándolos para la producción de piezas periodísticas, no dentro de  las cuatro paredes de un salón de clases, sino teniendo a la ciudad como su gran laboratorio. Son estos, los periodistas profesionales paridos por las Facultades,  los que reemplazaron a la generación de empíricos que ocupaban antes los puestos de privilegio. Hoy, es la Academia, la que forma a los mejores.
Así que si estás listo a dar tu cuota de sacrificio; a ganarte un nombre a costa de primeros sueldos de miseria; a soportar embates de editores y jefes que destrozarán tus escritos en la cara y a pocas, muy pocas palmadas de felicitación, sin duda, tú quieres ser periodista. No tienes por qué afligirte: no necesitamos de aplausos, premios ni palmadas. Sólo requerimos que la historia, al final, sea bien contada. Ese lector, en su casa, mientras devora un trasnochado sándwich,  lo sabrá agradecer. Mientras que ese ego que todos cargamos dentro, se sacude cada vez que, debajo del título de la noticia que abre la primera página,  está escrito nuestro nombre en letras de molde.


1 comentario:

  1. Genial..!!!!!!
    Gracias por haber escrito esto

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