miércoles, 7 de diciembre de 2016

Yuliana en el país de los monstruos


Por Anuar Saad
Nunca la conocimos. La vimos por primera vez en una foto fija en medio de la alharaca de un presentador de noticias en televisión. Hermosa e inocente como todas las niñas de 7 años cuya única preocupación era terminar bien el año escolar y tener tiempo para jugar con sus amiguitos. No la volveremos a ver. Un asesino disfrazado de arquitecto “distinguido”, identificado como Rafael Uribe Noguera residente en un exclusivo sector de Bogotá, acabó de manera brutal con todos los sueños de Yuliana Samboní.
Después de que nuestros corazones se regodearan de orgullo por la enorme solidaridad con la tragedia del equipo Chapecoense y el gallardo gesto del Atlético Nacional, de sus directivas e hinchada, que nos hacían creer que Colombia, nuestra Colombia, podría ser un país mejor, un salvaje suceso nos aterriza en la cruda realidad: además del mejor café, somos tristemente reconocidos como una “fábrica” natural de monstruos.
A Rafael Uribe le podemos sumar los nombres de Pedro Alonso López, “El Monstruo de los Andes”, quien asesinó a 300 niñas;  Fredy Armando Valencia, ‘Monstruo de Monserrate’ quien hasta ahora se les suman más de 40 asesinatos y violaciones; Daniel Camargo Barbosa, “El Sádico del Charquito” culpable de violar y asesinar a más de 157 mujeres y Luis Alfredo Garavito, quien violó y asesinó a 197 niños, entre otros, son solo una muestra de hasta dónde el horror es capaz de pasearse por estas tierras.
El antropólogo y profesor de la Universidad del Rosario Esteban Cruz Niño, quien escribió el libro ‘Los monstruos en Colombia sí existen’ afirma que ellos, en muchos casos, “son psicópatas, gente que manipula a sus víctimas, personas que hablan bien, estafadores que tienen propensión a la delincuencia, que vivieron en familias disfuncionales”.
A pesar que la Fiscalía le imputó los delitos de tortura, feminicidio agravado, secuestro simple y acceso carnal violento a Rafael Uribe Noguera el nuevo monstruo de turno, una multitud asqueada, indignada y aterrorizada, se apostó por horas a las afueras de la clínica donde el sindicado estaba recluido y hasta horas de la madrugada en los juzgados de Paloquemao, reclamando justicia.
Y es que el temor a la impunidad lo tenemos todos. Si por poco estuvo a punto de quedar libre Garavito, el sádico asesino de más de 190 niños porque “se convirtió a la religión Evangélica” y hasta pastores de esa congregación daban fe de que era “un hombre enfermo que estaba ya converso”…cualquier cosa puede pasar. Más si se trata de un hombre de clase acomodada y, además, perteneciente a la más rancia sociedad bogotana.
Pero el horrendo asesinato de Yuliana no fue un crimen cualquiera. El monstruo la acechó por días; intentó varias veces secuestrarla…hasta que lo logró. Fue un crimen planeado fríamente: la torturó; la violó; la asesinó y con la complicidad de sus hermanos (¡familia de monstruos!) lavaron el cuerpo para tratar de borrar las evidencias.
¿Cuántas Yulianas más necesitamos para que la justicia se fortalezca y los autores de estos crímenes se pudran con sus huesos y sus depravaciones en la cárcel? La cadena perpetua aún es poco. En lo particular, dejando de lado las concepciones religiosas, sería partidario de la pena de muerte. Un acto como este y como los centenares de casos ya reseñados, deben ser castigados no solo de manera ejemplar, sino radical.
Estos monstruos son abominaciones que enferman a nuestra sociedad. Son las manzanas podridas que contaminan con su ejemplo venenoso, mortal, horrendo y cruel, a la comunidad que recibe con espanto, a través de los medios, hechos que pueden ocurrir a la vuelta de nuestras casas.
Se requieren más efectivos mecanismos que protejan a nuestros niños; a nuestras mujeres, víctimas fáciles de cobardes que se erigen como monstruos contra los más indefensos.  Por ello es hora que, como en los cuentos, Colombia le dé un final  feliz a esta historia. Un final en el que la Justicia, la bondad, la solidaridad y la esperanza, le ganen la partida a la maldad. Un final que garantice, como en los cuentos,  que los niños puedan seguir soñando.
  


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