jueves, 1 de diciembre de 2016

Colombia es Chapecó



Por Anuar Saad
Expresarlo mejor sería imposible. En medio de lágrimas, con la voz entrecortada y ante más de 40 mil personas que colmaron las graderías del Atanasio Girardot y que dieron  una lección de gallardía y solidaridad al mundo, el Canciller brasilero en Colombia José Serrá dijo en medio de su mensaje de  gratitud al pueblo colombiano, en especial a los antioqueños: “En estos momentos de gran tristeza las expresiones de solidaridad que aquí encontramos, nos ofrece un grado de consuelo inmenso. Una luz en la oscuridad cuando todos estamos intentando comprender lo incomprensible. Los brasileños no olvidaremos jamás la forma como los colombianos sintieron como suyo el terrible desastre que interrumpió el sueño de ese heroico equipo de Chapecoense. Una especie de cuento de hadas con final de tragedia”.
Y eso, exactamente fue Chapecoense. Un equipo de la cuarta división que ascendió a la primera categoría hace poco y llegó a la final de la Copa Sudamericana contra todos los pronósticos dejando a su paso a rivales grandes como San Lorenzo e Independiente de Argentina y al Junior de Barranquilla. Querían la estrella y, en cambio, el destino les deparó el cielo, allá en la eternidad. En un estado de inmortalidad porque su recuerdo, siempre, estará presente entre todos los amantes del fútbol cada vez que pisemos un estadio.
Más allá de buscar culpables, que si el piloto no dijo las palabras claves; que si la torre de control demoró la respuesta; que si se trazó mal el plan de vuelo y la cantidad de combustible…lo sucedido fue un golpe trágico que nos recuerda la fragilidad de la vida. Nos recuerda que, en segundos, se pueden esfumar los sueños, esperanzas, ilusiones y deseos de cada uno.
Y sucedió. Lejos de su pequeña ciudad natal, Chapecó, en Brasil. Pero el destino, ese rebelde destino, quiso que fuera en Medellín horas antes de su partido crucial. Y allí, en Medellín, en medio de habitantes, hinchas, dirigentes y gobernantes que se apropiaron de la tragedia, que envolvieron con una solidaridad que conmueve a todas las víctimas y familiares, se gestó una de las más grandes lecciones de amor y solidaridad que se ha visto en estos tiempos de frialdad, de relaciones impersonales, del Facebook y del chat: los antioqueños se pusieron la camiseta del Chapecó. Lloraron con los familiares. Alentaron a los suyos. Las “Barras bravas” no se cansaron de entonar himnos y cánticos en memoria de las víctimas y, hasta el “más bravo” dejó que sus lágrimas les bañara el rostro. Dieron una muestra de amor y solidaridad tan grande como el estadio y, desde el miércoles a las 6 y 15 de la tarde, las 40 mil personas dentro del estadio y los miles y miles en los alrededores o en sus casas, a una sola voz, rindieron tributo a estos héroes. Los mismos que semanas antes habían llegado a Barranquilla e intercambiaron camisetas con los jugadores del Junior.
Hoy, desde el cielo de los héroes, ellos serán los inspiradores para que otros equipos pequeños de pequeñas ciudades, sepan que la gloria sí es posible. Que con trabajo y amor por lo que se hace, se puede pelear con los grandes y conquistar triunfos. Con los 40 mil que lloraron dentro del Atanasio Girardot, nosotros también lloramos. Así como Medellín fue un pedazo de Cahepecó en Antioquia, toda Colombia fue ayer Chapecó.
¡Qué ejemplo el de Medellín! ¡Qué gallardía y solidaridad la de Nacional! Reconforta saber que, aún en medio de la tragedia, sepamos que los buenos somos más. Que en medio de una posmodernidad sin alma donde cada vez nos reconocemos menos; donde cada vez nos interesa menos el otro; donde cada vez el yo individual aísla lo colectivo, queda mucho corazón para entregar amor. Mucha nobleza para honrar al otro. Y queda mucha gente, como la de Medellín, que nos hace pensar que una Colombia mejor sí es posible.



2 comentarios:

  1. Un texto muy sentido. Uno se conmueve al leerlo. Al final, es inevitable evocar la tesis de Darwin, citado por Adela Cortina: el ser humano es altruista. Y lo es, muchas veces, contra la adversidad...

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