lunes, 28 de noviembre de 2016

¡Es la narración, estúpido!

Por Anuar Saad   


Desde finales de la década de los 90 hemos estado escuchando las trompetas que anuncian, con su toque fúnebre, el final de la era de los diarios impresos. Pero como en el conocido cuento de “El pastorcito mentiroso”, las alertas sobre la amenazante llegada “del lobo”, aún no se hacen realidad.Y, en lo personal, considero que la prensa escrita sobrevivirá mucho más tiempo. 

El suceso de su desaparición estará, eso sí, relacionado con la forma en que cada uno de esos diarios se labre su propio futuro. De ahí que ya somos testigos de cierres dramáticos de periódicos físicos en Europa y de la reducción exagerada del tiraje de muchos en Colombia que se ufanaban de cubrir a toda una región.

Lo que sí es cierto, es que si la prensa tradicional no se pellizca (y ya será un pellizco demasiado tardío) y no entiende el gusto de los lectores y continúa sin comprender que las noticias “para el día siguiente” no tienen objeto alguno en este mundo digitalizado, virtual y globalizado, su destino final –como la película—será la muerte definitiva –como la película--.

¿Qué pretende buscar un ciudadano del común en un diario impreso? ¿Noticias? ¡Bah! ¿Para qué? Si ya estas se han difundido por otros medios más dinámicos  inmediatamente sucedieron. ¿Análisis? La radio, los medios digitales y los programas de opinión, ya se encargaron de eso. ¡Es la narración, estúpido! podría ser la respuesta parodiando la frase célebre (The economy, stupid)  de James Carville, asesor del demócrata Bill Clinton en la exitosa campaña presidencial que en 1992 lo llevó a la Casa Blanca.

Que le cuenten la historia. Que recreen los hechos de la forma que ni la radio ni los noticieros de televisión, por tiempo y espacio, pudieron hacerlo. Que derriben la terrible mentira sobre la que se cimentaron los supuestos valores del periodismo, como la utópica objetividad por ejemplo, esa misma que pretendía que el periodista no se conmueva, no se emocione, no interprete y no piense. Que sepan que no siempre las buenas noticias son las malas noticias y sepan que existe, también, un periodismo que ayuda a construir, a reivindicar, a interrogarnos y a encontrar soluciones. Uno en el que ni las páginas judiciales, ni los partidos de fútbol y ni  la boda de “Pepita Mendieta” en un selecto club de la sociedad, sean los platos fuertes.

Así que la próxima vez que se escuchen los gritos angustiados de ¡Ahí viene el lobo! No se ensañen contra los portales web; contra la dinámica de la radio ni la más moderna televisión y, mucho menos, contra la telefonía celular. La fiebre no está en la sábana. Los periódicos modernos, óigase bien: mo-der-nos no hacen reuniones de editores solo para “buscar la noticia”. Lo que deben buscarse son historias. No descartan un hecho gigante “porque ya otro medio lo dijo”, al contrario, es la oportunidad para contar lo que no se ha dicho. No le exigen a un periodista que salga a batirse contra el mundo para que hurgue, consiga, transcriba, redacte, diagrame, titule y publique ocho noticias diarias, casi todas, sin rigor ni atractivo para quienes las leen.

El periódico de hoy debe saber que sus armas están ahí: en los géneros mayores del periodismo, los mismos que enseñamos con ahínco y esperanza en la Academia. Pero los redactores no echarán mano de ellos si los cuadriculados directores, esos que se apertrechan con cara de ogro en oficinas solitarias, siguen apegados a ese antiguo, obsoleto y ridículo “qué-quién-cuándo-dónde y cómo”, interrogantes que, al comprar el diario, ya han sido resueltos por otros medios el día anterior y desde el tendero, hasta el gerente de una compañía, se lo saben de memoria. ¿Qué le agrega mi historia al hecho que sucedió ayer? En esa respuesta se esconde un gran porcentaje del futuro de los periódicos.
Busquemos la crisis de los diarios en sus pobres manejos editoriales. 

No culpemos a la modernidad porque, por ejemplo,  hoy se vendan solo 18 mil ejemplares, cuando antes se vendían 80 mil. La prensa escrita es y seguirá siendo necesaria, pero para ello, debe transformarse. Saber coexistir con “su otro yo”, es decir, su versión web, que igual debe contener historias atractivas en ese lenguaje dinámico, lleno de hipervínculos, imágenes, podcast, videos y transmisión en vivo cuando sea necesario. Mientras tanto, en el físico, se cocinarán las narraciones con los detalles que, aún, la gente no conoce de la noticia de ayer. Se desplegará el poder del periodismo investigativo planteando las denuncias sobre hechos sensibles y de gran repercusión social.

¿Y el pensamiento editorial? Esa es otra piedra angular que repercute en la credibilidad del medio por parte de la ciudadanía. El Editorial de un diario debe ser coherente con la realidad de la ciudad, región y país y responder a la problemática de la comunidad. Sus páginas de opinión deben ser espacios donde cohabiten distintas vertientes, pensamientos, filosofías, colores y convicciones políticas. Y las opiniones deben tener por lo menos eso: verdaderas opiniones sobre temas que sí interesen en un lenguaje fresco y dinámico.


Así que si después de leer esta columna encuentra que el diario que por pura casualidad usted tiene en sus manos sigue recitando las mismas noticias; no contiene narración de historias por ninguna parte; y ve con desencanto que ni su editorial ni sus páginas de opinión toman posturas firmes sobre los temas que nos afectan, tal vez, solo tal vez,  la próxima vez que usted lo vaya a comprar… no lo encontrará.  Seguramente, “el lobo” ya se lo habrá tragado. 

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