viernes, 11 de noviembre de 2016

El caso Trump: ¿lecciones aprendidas?

 Por Anuar Saad

La vertiginosa modernidad que nos envuelve, permeados y mediados por las nuevas tecnologías, han cambiado, para siempre, el comportamiento de las personas. Y, más allá de cómo se comporta ese “yo” individual, estos nuevos tiempos llevan a los medios, a los líderes de opinión y a las firmas encuestadoras, a replantear sus estrategias.

En una elección ya poco importa a quién le apuesten los medios; cuántas columnas de opinión –como esta—tratan de persuadir al ciudadano y qué tendencia arrojan las encuestas. La explicación al fenómeno, aunque no es simple,  se puede explorar desde la dualidad del ser moderno: son dos en uno. Uno, el ser social real, ese que concurre a reuniones, departe con amigos de trabajo y estudio; que se interrelaciona con su familia y que muestra un determinado comportamiento para pretender ser “socialmente correcto”. Y “el otro yo”, el que al final, por sí mismo, toma decisiones individuales, que tiene poco en cuenta el entorno, y que nacen, por lo general desde lo visceral y que muchas veces se apertrechan en las redes sociales.

El Brexit en Inglaterra; el Plebiscito en Colombia y la llegada al poder de Donald Trump, hablan por sí solos. En los tres casos las encuestas, los medios y los líderes de opinión daban por descontado resultados inversos a los que finalmente sucedieron. Hoy, a raíz de estos resultados, las firmas encuestadoras se refugian en la teoría del “voto escondido”, es decir, de personas que no manifiestan nunca su intención y al final deciden. Agregaría a esta teoría –que puede tener algo de razón—que hay una lección que no hemos aprendido: el pueblo, ese que elige, ya no es el borrego ni el peón de los medios ni, mucho menos, las ovejas mansas que se enrumban a donde los demás marchan.

Estamos ante el surgimiento de una nueva visión de sociedad. Una sociedad que, si bien siempre cobija al individuo, no logra –como solía ser—condicionarlo totalmente en sus actuaciones y, menos, en las que este puede tomar con libertad y en secreto.

Cuando Trump anunció su intención de ser Presidente apeló a los insultos, epítetos, indolencia, exabruptos y acciones que degradaban una campaña presidencial, y nadie daba un peso por él. Fue el blanco de burlas y, en medio del desdén de muchos que auguraban que “él solo se hundiría”, fue, por el contrario, subiendo peldaño a peldaño.

¿Pero por qué un país desarrollado como Estados Unidos elige a alguien que fue estigmatizado en el último año como un payaso arrogante, prepotente e inculto? Tal vez la respuesta se deba empezar a buscar en lo que éste ofrecía contrario a su principal contendora. Populista o no, el discurso de Trump apelando al nacionalismo, a la recuperación de una “América para los americanos”; a reivindicar a la clase obrera desplazada por la mano de obra extranjera –muchas veces ilegal—que accedía a los puestos por ser más barata y a tener en cuenta una población mayor –especialmente pensionados—y a otra muy pobre a la que gobiernos anteriores no le solucionaron nada, empezó a calar en un grueso de la población.

Es poco probable que Trump cumpla con todas sus promesas y poco probable que esté capacitado cien  por ciento para dirigir la primera potencia del mundo… pero algo debe tener que se ha mantenido, por años, como un empresario exitoso. Depredador, voraz, astuto, polémico, pero convertido en una especie de rey midas que logra convertir en oro todo lo que toca.

El peligro de Trump en el poder es el resurgimiento de grupos xenófobos, comunidades de “blancos de bien”, por lo general jóvenes, que enarbolan la bandera del racismo y la segregación. Es peligroso además que, como en Colombia, Estados Unidos quedó profundamente dividido: los votos populares favorecieron por estrecho margen a Hillary, pero los electorales a Donald. Hereda entonces Trump una sociedad intranquila. Fracturada seriamente y con más prevenciones que esperanzas.

¿Pero qué pasó con las comunidades latinas y los afro-americanos? Con la primera sucedieron varias cosas curiosas. Los cubanos, por supuesto, apoyando en masa a Trump como protesta por las recientes políticas de Estado que acercaron a Cuba con Estados Unidos. Los latinos habilitados para votar favorecieron a Hillary, pero no en más de un 65% lo que deja entrever que un gran número de los nuestros, votaron por Trump. Los afro descendientes se hicieron poco presentes en las urnas y a pesar de que favorecieron a Hillary, el enorme porcentaje que no votó, perjudicó a la demócrata.
Llama la atención que muchos de los compatriotas que hoy son ciudadanos norteamericanos, desde las redes sociales hicieron una feroz campaña por el NO en el plebiscito de Colombia, pero estaban a favor de Clinton. Postura poco coherente si analizamos las cercanías ideológicas entre los líderes del no y Trump.

¿Cuándo tardaremos en aprender la lección? ¿Cuándo los medios se darán cuenta que ya no nos median como antes? ¿Cuándo dejaremos de depender de las encuestas y entenderemos que en un mundo de nuevas tecnologías, más virtual que real, cada vez más fabricamos un yo independiente, lejano a los “correctos” comportamientos sociales?

Pero después de todo… ¡solo es política! Hace unos días los insultos iban y venían. Hoy Hillary le ofreció trabajar con él por un mejor país y Obama, cordial, le brindó sus consejos. No hay nada que hacer: el “payaso” del pasado, es hoy Presidente.


1 comentario:

  1. Bien se dice que contra todo pronostico de compañías, dedicadas a realizar encuestas, medios de comunicación a nivel mundial y analistas políticos, se cumple el adagio de que en este país democrático. Cualquiera que sea electo puede ser Presidente.

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