lunes, 3 de octubre de 2016

Sobrevivir en el país del No

Por Anuar Saad
La pregunta podía sonar, por lo obvia, estúpida. ¿Qué clase de persona sería capaz de votar contra la paz? Las encuestas nos daban esperanzas. El país, a pesar de todo, según esos resultados, tenía más sensatez. Por casi 40 puntos porcentuales, advertían que queríamos la paz. Pero hasta los médicos se mueren, como decía mi abuela y las encuestas se fueron al cesto de la basura: ganó el No.
El resultado –por su diferencia—independiente de quién haya ganado, dejó al país fracturado. Resquebrajado en lo profundo. Con una cicatriz del tamaño del Gran Cañón, que no será fácil curar. La polarización, nacida de las entrañas de los que propugnábamos el Sí o el No, fue inevitable. Tal vez, el arrebato de patriotismo democrático de Juan Manuel Santos, lo precipitó a ese abismo en que hoy está. Convocar al Plebiscito (nada lo obligaba) fue sin duda un gesto de grandeza que terminaría de blindar el Acuerdo de Paz. Pero existía la posibilidad –pequeñísima según las encuestas—de que el No saliera airoso llevándose así el poco capital político que aún le quedaban al Presidente. Y no solo acabó políticamente con él, sino que el mismo plebiscito polarizó al país desgastándolo en una guerra librada en las redes sociales.
Un día después de la derrota, esa que sufrimos todos los que queríamos la paz, hay lecciones aprendidas y, seguro, otras por aprender. “Dormir con el enemigo” nunca ha sido aconsejable. Sin duda el Vicepresidente Germán Vargas Lleras no fue de mucha ayuda. Apoyaba el sí por compromiso, pero con el corazón en el No. Se le notaba de lejos.
Igualmente fue iluso pensar que el país votaría por convicción. Las estupideces que se alcanzaron a decir sobre la toma del poder por “castrochavistas”; “que el país ahora era de las Farc” y que “Timochenco sería el próximo Presidente”, alcanzó a permear gran parte de esa masa que en verdad no sabía ni qué diablos era el Acuerdo de Paz. La falta de cultura política quedó evidente. La desinformación, la negligencia de la juventud que no se movilizó, el triunfalismo excesivo entronizado en la Casa de Nariño, la apatía vergonzosa  de la Costa Caribe y la sed de venganza y el odio en muchos corazones, dieron al traste con un sueño esquivo por más de medio siglo.
Bojayá, Caloto Cajibío, Miraflores, Barbacoas, San Vicente del Caguán, Apartadó, Mitú, Macarena, Puerto Asís, Toribío, Turbo y Tumaco, entre otras zonas azotadas por la violencia,  arrasaron con el Sí. Es decir, los que sufrieron en carne propia la violencia, no los que la  vieron desde la comodidad de sus televisores y que pelean la guerra con hijos ajenos, dijeron Sí a la paz. ¿Cómo interpretar que en todas las zonas donde se perpetraron las peores masacres y fueron víctimas reiterativas de la violencia votaron casi que unánimemente por el sí?  
Conocido el resultado, la incertidumbre reinó. Era claro que los que votaron por el No, lo hicieron en contra del Acuerdo de paz con las Farc y  muchos, por seguir la directriz de sus “líderes espirituales”, pastores de las iglesias pentecostales y cristianas, principales críticos del  tema de inclusión de género. Los medios empezaron a transmitir las reacciones y una de ellas fue la del cadáver político mejor conservado en Colombia –Pacho Santos— quien frente a las cámaras de televisión hizo dos cosas que dejaron a todos boquiabiertos. La primera,  señalar la diferencia de votos exacta entre el no y el sí, desmintiendo las versiones que sostenían que no era capaz ni de sumar, y la segunda, “apropiarse”  del proceso de paz, el mismo que horas antes, para los líderes del No, era inservible, ilegítimo y acomodado. Y fue más allá: le pidió a las Farc que “esperaran tranquilos” que “ellos” iban a resolver todo.
¿Fue realmente esa la motivación de Uribe y su séquito para oponerse a la paz? ¿Aparecer ellos en la foto de la firma del acuerdo cuando nunca estuvieron interesados de hacer parte de la comisión? ¿Acaso dan por descontado que las Farc aceptarán cárcel de barrotes y no tener curules en el Congreso? Muero de la risa. Ya quiero ver a la comisión del No re-negociando a ver qué consiguen.
Roto el acuerdo y en el probable caso de que se terminen las negociaciones sin consenso, las Farc regresarían a la selva. Y con ello regresarán los atentados, los secuestros, los combates y la muerte. ¿Tendremos derecho a lamentaciones? Nadie comprende por qué en 4 años en que fueron invitados para hacer parte de los diálogos, el uribismo se negó. Todo lo que se hubiese ahorrado, empezando por el resquebrajamiento del país y por una incertidumbre actual que puede terminar en más violencia.
Ahora toca esperar. ¿Otros cuatro años? ¿Otros 52? Nadie lo sabe con certeza. Es el precio de la democracia, esa misma, que nos obliga a sobrevivir en medio de la incertidumbre de lo que será el futuro inmediato de una nación que aún no termina de reconocerse ni de reconciliarse a sí misma. Una democracia que, paradójicamente, deja como ganadores a Uribe y a las Farc ahora, más que nunca, reconocidos como legítimos interlocutores.  Una nación atrapada entre sueños de paz  que debe soportar al ex - Procurador Ordoñez con su acostumbrada doble moral. El mismo que invoca a la Iglesia y a la religión para deslegitimar las políticas de inclusión, pero que desoye a la misma Iglesia  representada por el Papa quien llamó a votar por el Sí. Esta es Colombia. Un país de locos. El mismo país que, milagrosamente, aún existe a pesar de nosotros mismos. 


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