jueves, 22 de septiembre de 2016

La Cabal y el arte de matar

Por Anuar Saad
Hace pocas semanas, ante un auditorio con más de 400 estudiantes en desarrollo de la Cátedra Semana y en diálogo con el caricaturista Vladdo afirmé que Colombia era el paraíso de cualquier periodista: aquí pasan cosas que no pasan en ninguna otra parte del mundo. Por estos días, un video que se ha vuelto viral en las redes sociales –tanto o más que el de la loca de las naranjas- y que parece asistido por el mismo asesor de imagen, la representante María Fernanda Cabal lanza una incendiaria diatriba que, en resumen, deja entrever su decepción porque el Ejército ya no entra a matar a todo lo que se mueva, como, según ella, debería. Ver video

Cuando uno escucha a esta parlamentaria no sabe si llorar o reírse. Por lo menos, con su venia doctora, permítame reír a carcajadas por su apellido: Cabal, que, por poco, suena a cabales, que sin duda es lo que a usted le falta. Y no lo digo yo: lo dice la Real Academia de la Lengua: “Cabal adj. Se aplica a persona que se comporta de manera recta y conveniente. No estar en sus cabales: actuar imprudentemente o tener perturbadas las facultades mentales”.

Y es que, doctora, usted actúa de forma imprudente y ya estoy dudando de su salud mental. Pero, dudo aún más, de los que votaron por usted. Personas así, retratadas en cada una de las infortunadas declaraciones que suele dar, entre ellas, alegrarse por la muerte de Gabo y mandarlo al infierno junto con Fidel Castro Ver trino;   ufanarse que “es amiga y admiradora de las Fuerzas Militares" y a renglón seguido les dice que se vendieron en La Habana; la misma –con la misma mirada, expresión y tono de la “loca de las naranjas”- (Ver comercial)  que dice que es respetuosa de la prensa pero un segundo después remata diciendo que los periodistas le estamos haciendo mandados al Presidente Santos. ¿Cabal? ¡Bah! Usted, señora, ni es coherente ni cabal. No puedo criticar su encarnizada defensa del NO porque es un derecho democrático. Lo que le critican todos es su afán de figurar a costa de un discurso bélico; su ansia de guerra; sus palabras que exacerban los ánimos; su atropello a la dignidad y, yo en particular, le critico su cultivada ignorancia.

Soy un colombiano que ama a su país pero que, debo confesarlo, a veces no lo entiende. No la entiendo señora Cabal. Si usted anhela la guerra y sueña con Fuerzas Militares de películas hollywoodenses, esas que aniquilan, asesinan, destruyen… ¿estaría dispuesta a que su hijo sirva al país haciendo parte de sus Fuerzas Militares en un campo de batalla? ¿Le gustaría que él matara primero y preguntara después? Por personas como usted, alienantes, excluyentes, intemperantes, violentas, obsesivas y que tienen el cerebro muy cerca de la lengua, es que esta nación cada día se polariza más. Cada minuto, hora, día, semana, y meses este volcán sobre el que estamos viviendo, puede despertar. Nadie sabe hasta qué punto la animadversión de unos contra otros, misma que ha saltado desde la política a todas las tribunas de nuestra sociedad, termine por generar otro conflicto, uno más grande, que hará tristemente  partícipes a todos: un conflicto que alimenta el odio gracias a las redes sociales.

¿Qué ganamos con la guerra? ¿Qué gana Colombia con más políticos como una Cabal que a todas luces no está en sus cabales y con ciudadanos con carácter de la loca de las naranjas? Es difícil entender que algo se pueda perder logrando la paz. Más difícil, creer que la guerra traerá la tranquilidad y la justicia que el uribismo reclama. Creo en un país que aprendió de su sufrimiento. Que sabe perdonar, como hace poco lo demostró Yolanda Pinto quien, a pesar de que a su esposo  Guillermo Gaviria lo asesinara las Farc, está convencida que  “La paz se logra a través del diálogo”. Apuesto por un país que puede ser mejor. El país con que soñamos y que nuestros hijos merecen. Hasta los suyos, señora Cabal.


2 comentarios:

  1. Prosa vehemente pero honesta y precisa en el blanco de lo que significa ser colombiano en estos momentos decisivos de nuestra historia

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  2. Como se muerda la lengua no hay antiofídico que la salve.

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