viernes, 24 de junio de 2016

Uribe: ¿única “víctima” de la paz?



Por Anuar Saad

Ningún colombiano tenía en sus cuentas que hacer la paz con las Farc iba a ser cosa fácil. Todos éramos conscientes que lograr acuerdos en la agenda pactada por los negociadores en La Habana significaría “tragar sapos” y transitar por un camino de espinas que, además, se incendiaba con cada palada de odio radical que se vociferaba contra los diálogos en Cuba, especialmente desde las toldas uribistas.

No hay registros en el mundo sobre un acuerdo de paz “perfecto”. Todos han sido posibles desde la conciliación y el perdón cediendo ante las pretensiones mutuas. Anteponiendo el bienestar común (en este caso el de 45 millones de colombianos) sobre los intereses de unos pocos. La paz significa un camino de sacrificios. Pero nos da esperanzas de que los horrores vividos y cometidos en la guerra por todos los actores, no tengan espacio ni causa para repetirse.

No es un asunto de ganadores y perdedores. No es soñar con 20 años de cárcel a los guerrilleros y una reparación total y perfecta para todas y cada una de las víctimas. A esos que aún reclaman penas estrictas a los subversivos, hay que recordarles, tal como lo hizo el Presidente Santos, que la paz solo será posible en la medida en que se pueda ceder. En la que se pueda perdonar. En la que se pueda  reparar, en la que se pueda olvidar.

El mundo se paralizó esta semana ante el anuncio de un acuerdo definitivo que llevará, en seis meses, a una dejación de armas total por parte del grupo armado que tendrá 22 veredas como sitios de reclusión en los que pagarán sus penas pactadas en el proceso de justicia y paz.

Pero a pesar de aproximarnos a una paz esquiva por más de medio siglo, el odio visceral y personal del expresidente Uribe contra su exministro de Defensa y hoy Presidente de la República, Juan Manuel Santos, ha desbordado hasta a los mismos uribistas. Y es así que, mientras el mundo celebraba la paz de un país azotado por una guerra de 52 años; de más de 400 mil muertos y 8 millones de víctimas, él, envuelto en un egoísmo dañino y ciego, trataba de figurar en los últimos estertores de un discurso que le dio vida política: el discurso de la guerra. El discurso de la muerte.

Un discurso que la Senadora Claudia López enfrentó en vivo y en directo desde los propios estudios del Canal RCN, oponiéndose a la propaganda contra el proceso y oponiéndose también a fungir ella misma como “figura decorativa para hacer ver que el noticiero recogía todas las opiniones”.  Y es así que mientras en muchas casas se derramaban lágrimas de felicidad y víctimas del conflicto agradecían el principio del fin de éste para que nadie más pudiera vivir los horrores que ellos vivieron, los incendiarios se refugiaban en las entrañas de un medio de comunicación nacional descalificando las bondades de la paz e insistiendo en una peligrosa desobediencia civil.

Las redes sociales, esas mismas que el poder no puede acallar, han hecho eco a través de estados de Facebook o memes irónicos que retratan el difícil momento del uribismo, partido que, sin guerra a la vista, pierde su esencia e ideología política.

En medio de este proceso de paz los colombianos hemos tenido que soportar que el Procurador General de la Nación, hombre de costumbres y posturas cavernícolas, y famoso por su cariz ultraconservador, no solo reste importancia a lo que se ha conseguido sino que pretende deslegitimar lo que ningún otro gobierno en más de medio siglo había podido: pactar la paz y acabar con gran parte de nuestro conflicto armado.

Es aleccionador ver como víctimas de la guerrilla han manifestado públicamente perdón a los victimarios y se acogen a una paz pronta. ¿Por qué, Senador Uribe, hay que seguir odiando? ¿Alimentar ese odio acaso resucitará a las víctimas? ¿No recuerda que, a pesar de todo, usted hizo un proceso de paz con los paras que, aunque a nadie convenció, no tuvo los ataques perversos que este tiene?

Es  irrefutable que con o sin los azuzadores profesionales contra el proceso, el rumbo  hacia la paz duradera sigue su curso. Y aunque aún hay que afinar mecanismos que garanticen la reinserción y la reparación, entre otros tantos aspectos,  se alcanza a divisar que, a pesar de todo,  sí hay luz al final del túnel. Un túnel que, en cambio, se torna oscuro y amenazante para aquellos que, como Uribe, se acostumbraron a vivir del cruento discurso de la guerra.


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