miércoles, 11 de mayo de 2016

Pagamos para que nos maten

Por Anuar Saad

Al filo de las cinco de la tarde del pasado 25 de febrero una trombosis arterial estuvo a punto de matarme. De no ser por la rápida y eficiente atención del Bienestar Universitario de la Uniautónoma y de la toma de decisiones de los colegas que me acompañaron en mi peregrinar por las clínicas, hoy no estuviera escribiendo esta columna. La única forma de ser atendido en la Clínica Asunción fue pagando, a pesar de estar afiliado a Coomeva E.P.S y cotizando mensualmente en ella casi 250 mil pesos en los últimos 12 años. El susto me costó más de 15 millones de pesos porque, como ya es sabido por toda la comunidad, ninguna clínica en Barranquilla quiere recibir a pacientes de Coomeva ya que esa entidad debe miles de millones a sus prestadores de servicios.

Es el único caso en el mundo en que una persona abona considerables mensualidades de dinero a una empresa, para que lo maten. Es así de simple: cotizar en Coomeva, es ir fabricando una alcancía para pagar por tu propia muerte. Esa empresa no tiene un código de decencia ni mucho menos de ética. Y la Superitendencia de Salud y el Ministerio se hacen los de la vista gorda tal vez porque algún Senador de la República es socio, o tiene intereses en Coomeva. ¿Por qué si hay una premisa de que un servicio que no se recibe no debe ser pagado, esta EPS sigue recaudando deshonestamente los aportes a la Salud cuando no receta ni un mejoral?


El reciente caso del colega Walter Bernett, periodista de gran trayectoria y docente de la Uniautónoma quien en estado crítico fue  sometido al “paseo de la muerte”, es la tapa de la olla. ¿Por qué no fue atendido en alguna clínica de la ciudad? Porque Walter, como yo, teníamos el estigma de estar afiliados a Coomeva. Algo peor que la “letra escarlata” en la Europa Medieval. Y es así como Walter --y otros 12 pacientes--, han terminado en el Hospital de Barranquilla, único lugar donde reciben a los que están en Coomeva, especímenes indeseables, que ningún centro asistencial quiere tener.

Los colombianos, especialmente los habitantes de la Costa Caribe, estamos cansados de que sean desconocidos nuestros derechos. Entre Coomeva y Electricaribe (entre el cáncer y el Sida como diría la periodista española Salud Hernández) estamos en un callejón sin salida. Si no estamos enfermos, estamos sin luz o con los electrodomésticos quemados. Por este mismo medio han sido repetidas las denuncias públicas contra Coomeva. Lo que nadie entiende es por qué el Gobierno no interviene y sanciona a este grupo criminal quien, a pesar de recibir puntual sus aportes, no solo no presta el servicio, sino que, además, coadyuva para que sus pacientes mueran más temprano.

Bien lo dijo un amigo cuando pasó por una sede de Coomeva que estaba siendo refaccionada. –No entiendo por qué tanta maricada para remodelar más sedes —me dijo entre preocupado y burlón-- si Lo que Coomeva debe abrir con prontitud es una planta crematoria. ¿Cuántos muertos más debemos poner para que el Ministerio de Salud, la Superintendencia del ramo y todas las autoridades locales y departamentales pertinentes le pongan coto a esta plaga que, como la peste negra, está mermando a nuestra sociedad?

Si usted todavía está en Coomeva y está sentado frente a su computador leyendo este artículo, vuele a donde su asesor de EPS y cámbiese. No vaya a ser que mi próxima columna lo sorprenda en una ambulancia, haciendo como muchos, el paseo de la muerte.


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