lunes, 18 de abril de 2016

El ladrón de la mala suerte



Qué mala suerte, no tiene comparación 
voy a contarle lo que a mí me pasó 
oigan señores, presten mucha atención 
esto sí que es algo serio, esto es algo supermalo
pero esta camarón… lo que me sucedió 

Henry Fiol.



Por ANUAR SAAD
La historia, que muchos pensarán sacada de la imaginación, es una prueba más de que el realismo mágico sigue  viviendo en cada rincón de la  ciudad, del Caribe y de Colombia. Lo que revalida, cada vez más,  que la realidad supera la ficción.
Él lo había estado planeando con detalle toda la semana. Su informante había asegurado que siempre, desde las 7 de la mañana hasta que empezaba la noche, solo estaban las dos mujeres: madre e hija. Como quien dice, el plato estaba servido.
Era mitad de semana y la cuadra mostraba los signos de la ebullición del medio día. Una prestigiosa clínica atraía como moscas a vendedores ambulantes y rebuscadores profesionales que aprovechaban la angustia  de los familiares de los enfermos para hacer su agosto.
Nadie sabe cómo se pudo colar en el pequeño edificio vecino al centro médico. Lo cierto es que, cuando la dueña de casa quiso reaccionar, él estaba adentro blandiendo un arma con silenciador. En un santiamén las ató de piernas y manos, las amordazó y, ya con madre e hija fuera de su camino, empezó a recorrer el apartamento y robar a sus anchas lo que consideraba de valor.
Abrió la nevera, se refrescó con un frutiño de fresa que la dueña había preparado para el almuerzo y, complacido, cerró la puerta tras él y salió como si nada, como Pedro por su casa.
Le dio tiempo para comprar algún tentempié porque, tenía que reconocerlo, su trabajo le daba fatiga. “Debe ser el estrés”, pensó, mientras se acomodaba su arma de uso privativo entre la pretina del pantalón.
Miró el reloj y se acordó que tenía que llegar por la Murillo donde lo estaban esperando. Frente a él, nueve taxis –siete zapaticos y dos modelos viejos grandes y cómodos—estaban parqueados esperando clientes.
Tomó uno al azar y le dio la dirección de destino, casi por el centro de la ciudad. Mientras tanto, en el apartamento, la señora había logrado zafarse de las ataduras y luego de liberar a su hija corrió desesperada hacía el teléfono y llamó por celular a su marido.
Cuando timbró el teléfono su marido, a esa hora, como siempre de lunes a sábado, estaba trabajando. Y en plena acción, contestó el teléfono.
–Ajá mija…te he dicho que no me llames a estas horas que estoy trabajando—le dijo el marido.
-¡Ay amor…me acaban de atracar!- oyó el hombre a través del aparato. Se notaba la voz llorosa y angustiada de su mujer.
El semáforo cambió a rojo y el esposo, que manejaba un taxi zapatico, solo atinó a preguntarle --¿Y cómo era el tipo?-
-Alto, bien parecido, con una camiseta verde, gorra negra y un piercing en su oreja derecha- El semáforo iba a cambiar a verde cuando el taxista miró por el retrovisor. Ahí estaba él: alto, simpático, con una camiseta verde Nike, la gorra negra a medio lado y el piercing brillándole en la oreja derecha. ¡Era el tipo que había recogido cinco minutos antes  en la puerta de la Clínica a pocos metros de su apartamento! ¡Tenía al asaltante de su esposa como pasajero en el asiento trasero!
El hombre aceleró y después de unos minutos le dijo al pasajero, bajándole el volumen a la radio, que iba a desviarse porque “con ese poco de obras que está haciendo la Alcaldía  eso por allá está cerrado”. A pocas cuadras se detuvo, se bajó del auto y,  frente a un CAI, pidió auxilio. El ratero, sin salir de su asombro, fue detenido y en su poder encontraron el producto del hurto y una pistola de uso privativo.
Pero su mala suerte no paró ahí. Pasó  a órdenes de un Fiscal, justo aquel con la fama de ser el más severo quien fue el que  lo recibió con voz de ogro y, en menos de media hora, lo dejó a disposición de un juez. Su abogado de oficio, novato e inexperto, dijo que su cliente se allanaba a los cargos pretendiendo con ello que le rebajaran la mitad de la condena. Lo que no contaba, ni el abogado ni su defendido, era que para  los delitos en flagrancia solo se rebaja el 12 por ciento de la condena si se allanan a los cargos. Hacía falta pedir un acuerdo para reducción de penas. Y ese acuerdo nunca lo pidió la defensa.
Le van a caer como 23 años al hombre- me dijo un amigo de la rama judicial que conoce el caso. -Hurto calificado agravado, y porte ilegal de armas de uso privativo de las Fuerzas Militares. Qué de malas. Estuvo mal asesorado. No joda, ese man es tan de malas, que ya en los pasillos de los juzgados le dicen “El Salao”-
El asaltante  en cuestión, de apellidos Ospina Pérez, iguales a los del expresidente de Colombia, seguro no tiene idea que ese mandatario era reconocido por el uso de frases célebres que disparaba cada vez que intentaba salir de un apuro político. Una de ellas, le cae como anillo al dedo a nuestro tristemente célebre y salado protagonista:
“¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se ensarta?

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