martes, 12 de abril de 2016

Edgar Perea: adiós al más grande


Por Anuar Saad


Si las ciudades tuvieran embajadores, no cabe duda que el de Barranquilla hubiese sido Edgar Perea. Gracias a los comentarios de “El Campeón”, la ciudad se paralizaba desde la 1 hasta las 4 de la tarde, cuando retumbaba en toda la radio  esa música inmortal compuesta por el italiano Ennio Morricone, que era la banda sonora de la película protagonizada por Clint Eastwood “El bueno, el malo y el feo”, señal inminente de que iba a empezar “Comentando los Deportes” y, con él, comenzaba también la arremetida diaria  de Perea contra técnicos, futbolistas, colegas de la radio, políticos y hasta empresarios que no le habían cancelado la publicidad del mes. Como decimos por acá, “El Negro” no respetaba pinta.

Pero era eso precisamente lo que la gente amaba de Perea. En una sociedad hipócrita, él era el único que se atrevía a llamar (como el mismo se ufanaba de hacerlo) “al pan pan y al vino vino”. Su participación en el programa “La Polémica”, moderada por Hernán Peláez Restrepo, era lo que mantenía la sintonía del programa. Todos los comentaristas de Bogotá, Cali y Medellín, en gavilla, se iban lanza en ristre contra el Negro quien, los despachaba uno a uno con ese desparpajo que lo haría inmortal.

Sin internet, sin WhatsApp, sin Facebook, Edgar Perea Arias fue escuchado, seguido y replicado por todo el mundo. Narró todo lo que quiso y estuvo presente durante más de 45 años en todas las gestas deportivas de Colombia: fútbol. boxeo, béisbol, ciclismo eran sus deportes predilectos para narrar y comentar. Vio coronar a varios boxeadores colombianos como campeones, entre ellos, el título inolvidable de Kid Pambelé. Acompañó a los pugilistas a los lugares más recónditos y se adaptaba a las costumbres del país que le tocaba. Fue célebre su anécdota en Corea, donde le sirvieron culebra y él, sin más ni más, la devoró toda, ante la mirada atónita de sus colegas.

La primera vez que pude hablar con él en persona, yo tenía 18 años y estaba cursando cuarto semestre de Comunicación Social en la Uniautónoma del Caribe. Debía presentar como trabajo de clases una entrevista a mi profesor Walter Bernett. Se me ocurrió entrevistar a Perea. Y ahí estaba yo: esperando afuera de la cabina a que el personaje me regalara unos minutos. Horas después, cuando ya pensé irme, su vozarrón me anunció que había salido. -¿Óyeme y quien es el peladito que me busca? –gritó con ese tono de trueno a lo que la secretaria, sin levantar la cabeza, me señaló. Recuerdo como si fuera ayer su respuesta a la pregunta de qué le recomendaba a los estudiantes de periodismo. “Trabajar mucho” –dijo- y remató con ese porte hazañoso que lo acompañaría hasta su tumba: “Porque para tener un Mercedes como el mío hay que llegar a lo más alto”.

A pesar de sus enfrentamientos agrios, nunca guardó rencor por nadie. Una vez, mientras departía con un grupo de colegas en un asado en casa de Fabio Poveda Márquez con motivo de su cumpleaños, Fabio –ya entonado—me dijo sobre Perea, que siempre era tema de conversación: –No Anuar. Con ese negro nadie puede. Una tarde me llamaron a la emisora para que escuchara las barbaridades que Perea estaba diciendo sobre mí. Todo porque yo apoyaba al Zurdo López y él había hecho una campaña para que se fuera. La tomó personal contra mí. Me llené de furia y volé hasta su emisora con la intención de clavarle la mano. Entré raudo y ahí, por los parlantes, seguía oyendo sus insultos. Empujé la puerta y fue cuando Edgar se percató que yo estaba ahí. Se levantó, tomó el micrófono y al aire dijo: “Fabio, el maestro, el gran amigo, el mejor comentarista me visita en la cabina”…

Fue tan grande, que todos los políticos en campaña intentaban seducirlo para que hablara bien de ellos. Por poco fue Alcalde de Barranquilla. Con su estilo único, se hizo Senador de la República, y también fue Embajador.

Hace 30 años empezó a negociar con Fuad Char para que este le vendiera una de sus frecuencias radiales. Después de acaramelados meses de negociación, el Senador le vendió la emisora y nació “Radio Mar Caribe”. No había pasado una semana cuando por esa misma emisora, le daba garrote del bueno al empresario quien le reclamó indignado: “Edgar, por qué me tratas así si te acabo de vender a un precio irrisorio la emisora”, a lo que “El Campeón” le respondió: “La emisora Fuad, la Emisora… y ya te la pagué. Porque a mí no me compra nadie”.

Varias generaciones de colombianos crecimos escuchando a Perea. La narración deportiva en el país se dividió en dos: antes y después de El Negro. Los que empezaban querían ser como él; los otros, hacían esfuerzo sobrehumano para que alguien los escuchara. Su voz era una gran manta que cubría toda la ciudad y la Costa Caribe. Se rumoraba que, con excepción de Fabio Poveda Márquez quien tenía una enorme sintonía propia, los demás comentaristas de la época, para ser escuchados, tenían que meterse con Perea, a sabiendas que éste nunca evitaba un enfrentamiento. En uno de esos, contra un colega de Cali, la Ministra de Comunicaciones de la época Nohemí Sanín, le suspendió la licencia por dos meses y no pudo narrar en Colombia. Y un 6 de diciembre, dos meses después, reapareció como un mesías: llegó en helicóptero al centro de El Metropolitano, todo vestido de blanco, y al bajarse, se tiró de bruces sobre el césped mientras la multitud coreaba: “¡Campeón…Edgar Campeón!”

Seducido por una oferta millonaria Édgar se radicó en Bogotá donde sepultó a todos los narradores deportivos y, como en el Metropolitano, se volvió allá el dueño de la sintonía. Ese gigante chocoano, hecho en Barranquilla, ciudad que lo adoptó, no murió. Su grandeza lo volvió inmortal y hoy, los jóvenes que jamás lo habían escuchado, no pudieron evitar sorprenderse con la retransmisión de sus goles, forma en que sus colegas le brindaban homenaje. Goles que quedaron grabados para la eternidad.

Allá dónde se encuentre –donde seguro van los grandes—estará buscando motivo para comentar, criticar  o polemizar sobre algo y, por qué no, narrar un partido de fútbol entre todas las glorias que ya se han ido. Y acá, en su tierra, donde nos ha dejado huérfanos a todos, seguirá retumbando en nuestras mentes y corazones aquella frase con que solía despedirnos: “Que sigan siendo felices… ¡Édgar les dice!”.



1 comentario: