martes, 5 de enero de 2016

El país de la felicidad

Por Anuar Saad

Los colombianos no solo somos felices: ¡Somos los más felices del mundo! Así que si tiene alguna queja, pena o tristeza, tráguesela: el informe dice que usted es feliz, y así debe ser. En la encuesta de Barómetro Global de Felicidad y Esperanza se refleja la inmensa felicidad de los habitantes de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga quienes, en un 85 por ciento, manifestaron “sentirse muy felices”. 


No sé hasta qué lugares, estratos y personas se llevó a cabo la encuesta. Desconozco si se la hicieron a los que, como dice un profesor amigo “tienen todo resuelto” porque cuando uno se mete a cualquier sitio de Barranquilla –por poner el ejemplo que más conozco- en vez de carcajadas de felicidad, lo que escuchamos es un aluvión de quejas: los impuestos cada día más altos; los sueldos cada día más bajos; la inseguridad; el pésimo servicio de salud; la mala y costosa educación escolar, el precio del petróleo baja, pero la gasolina sube; el dólar imparable, y el peso en el fondo del túnel; el ínfimo salario mínimo y, para remate, la Selección Colombia que no da pie con bola. ¿Es o no lo que se escucha en los corrillos de tienda, aceras y parada de buses?

De hecho, la encuesta encierra en sí una clara contradicción. Por un lado nos sitúa en el curubito de la felicidad mundial  y, por otro, nos enrostra el rótulo de pesimistas porque, esos mismos encuestados que manifestaron morirse de la dicha y la felicidad, también se declararon pesimistas por el rumbo del país y por la situación laboral y económica de este 2016. Pero no hay duda que como medida para prevenir el infarto, resulta benéfico sentirnos felices a pesar de que el mundo se derrumbe. Al fin y al cabo, la risa es el mejor remedio para la salud y por eso hemos optado –por qué no—de reírnos de nosotros mismos.

Al diablo con que haya un apagón por la crisis energética; al demonio el temor de que se racione el agua por el fenómeno del Niño; qué importa que el IVA suba al 19% y nos rellenen con nuevos impuestos; qué carajo nos interesa que el dólar esté hoy a tres mil doscientos pesos y que ya en las tiendas no se consiga el pan de a 200. ¡Somos felices! ¿No oyó?

Pero no puedo negar que leer los resultados sobre la felicidad de los barranquilleros me produjo a mí también, felicidad. Por lo menos me refuerza la sensación que siempre he tenido de mis coterráneos de que somos capaces de gozarnos hasta nuestra propia tragedia. El barranquillero –y no necesito de una encuesta para concluir eso- lleva la alegría en la sangre y el Carnaval no es más que la oficialización de los otros 361 días de alegría, a pesar de que la carne cada día –como diría Diomedes—se ve más en televisión y nos volvamos expertos en “rodeo territorial”, o sea, bailar el indio. ¿Acaso usted nunca le ha dado la vuelta a la manzana para no pasar por la tienda del cachaco de la esquina (él no barranquillero, pero también feliz) al que le debemos ya, según el credi-marlboro que tenemos, la mitad del sueldo?

¡Seamos felices, así sea por mandato! Al fin y al cabo ya no necesitamos visa para recorrer Europa. Solo necesitamos certificar 100 euros diarios de nuestra estadía…pero eso es “un problemita menor”. Y al fin, después de casi 60 años, vamos a tener paz ¿les parece poco? Qué importa que para ello se creen más impuestos para mantener el posconflicto. Los vehículos, los electrodomésticos y los pasajes aéreos y muchos alimentos, incrementaron su precio en más del 40 por ciento. ¿Y qué nos importa? Tener carro, cambiar de televisor o de nevera, pretender viajar y comer cosas raras son gastos innecesarios. Recordemos que la felicidad debe estar por encima de todo.

Somos más felices que los holandeses, los italianos, los franceses, los norteamericanos, los ingleses, los canadienses y los alemanes. Los países que se nos acercan en estado de felicidad son Fiyi y Arabia Saudita con 82 %, Azerbaiyán con 81 %, Vietnam con 80 % y Argentina con un79 % de personas que afirmaron ser felices.

Sin embargo, somos más pesimistas que el promedio mundial y allí, precisamente, se esconde nuestro secreto: ser feliz en medio de un país que le apunta a la perfección no tiene gracia alguna. Serlo, en medio de conflictos, corrupción, atentados, ineficiencia, burocracia, desidia y pobreza, tiene todos los méritos. Así que, por favor ¡sonría! No hagamos quedar mal a Barómetro Global…




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