jueves, 28 de enero de 2016

El Defensor y la Reina, la nueva telenovela

Por ANUAR SAAD

Él, un cincuentón no muy agraciado con cara de pocos amigos, de carácter fuerte que viste ropas finas y quien se ha mantenido vigente en el tejemaneje político del país por casi 30 años. Ella, reina de Cundinamarca en el 2005, modelo de pasarela y luego abogada que compartió oficina con su jefe, un reputado funcionario público, a quién en noviembre de año pasado denunció por acoso laboral. Los dos parecen personajes de telenovela, esas mismas, donde la mujer bella, pobre e inocente, quiere encontrar a un hombre maduro, rico y exitoso.


Él, Defensor del Pueblo, con una carrera política de muchos años, dice acongojado que su único pecado fue enamorarse. Ella, por su parte, se mantiene firme en su declaración de que con Otálora nunca tuvo relación alguna. Él dice que se enamoró perdidamente de ella y que no le ve nada de malo a esas cosas en las que manda solo el corazón. Pero se le olvida al Defensor, que un jefe (y menos en una empresa pública) puede cultivar amoríos en su propia dependencia y seguir trabajando como si nada. Él, entrevistado por distintos medios, se mantuvo inamovible en que “el amor fue mi pecado”. Amor puro, dice, tan puro, que le envió a ella, a Astrid Helena la bella, una selfie en la que demostró qué tan fuerte es su amor. Una foto en la que trata de mostrar ese atributo oculto y a la que él, poderoso y cínico, no le da importancia alguna. A fin y al cabo, sostiene, son “sus cosas personales”.

Lo que se ha revelado en  distintas conversaciones a través de su wathsapp harían sonrojar a un mediocre director porno. Más que Defensor del Pueblo, parecía delantero brasilero: ataca por todos los lados y le gusta picar en punta. Merodea con inteligencia y busca cualquier boquete para poder anotar un gol. Tan de malas él que por culpa de Astrid Helena, la bella, se metió fue un autogol y, para remate, por lenguaje obsceno, fue merecedor de la tarjeta roja.
Este caso que hace evocar el inolvidable cuento de La Bella y la Bestia, nos recuerda que muchos funcionarios públicos jubilaron, además de la ortografía, a la ética. Y, perdóneme señor Otálora, pero aquí el amor no tiene la culpa. Si fuera “amor” no se revelarían conversaciones similares –y hasta peores—como las que tuvo con su secretaria. Su burda forma de “conquista” es una oda a la vulgaridad. ¿O usted cree que a esa otra funcionaria a la que le confesó que quería “clavársela a su amiga” y le insta a que lo haga “mejor con el dedo” sugiriéndole que piense que la están ”clavando rico”…puede ser digno de su cargo? No señor Otálora. Eso no es amor. Es depravación qué, además, se agrava porque es contra sus funcionarias a las que, de paso, acosaba.

No sabremos con certeza si en verdad Astrid Helena, la bella, tuvo o no una relación formal con Otálora. Pero sea cierto o no, queda de manifiesto que la concepción que tiene el ex Defensor del amor es totalmente desdibujado. El no mendigaba amor: exigía sexo. Dos cosas que, aunque relacionadas, son totalmente distintas.

Lo más paradójico de esta telenovela que le quitó la sintonía a los dramas “La última firma del Conflicto”, “El regreso de El Niño, parte VII”, “La venganza del Zika” y “La comunidad del Anillo” es que él, Otálora, era el Defensor. Se podría imaginar que si así es el que nos defendía… ¿cómo será el que nos ataca?


¡Oh Dios! Y ahora… ¿quién podrá defendernos? Esperemos el desenlace…después de unos comerciales.

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