miércoles, 20 de enero de 2016

Carta carnavalera a una Reina arrebatá

Estimada Marcela:

A pesar de no tener el placer de conocerte en persona, me animo a escribirte estas líneas porque, primero que todo, escribir es una de las cosas que sé que hago bien. Porque hay algunas, como  es el caso del baile, en que soy un absoluto desastre.

Y este es uno de los puntos por lo cual decido enviarte esta carta pública: soy de los que piensan que todos aquellos que se escandalizan porque alguien rompe lo que se supone una regla de tradición, o se “sale del molde”, son esos mismos que la modernidad –o mejor la posmodernidad- está dejando atrás en forma inexorable. Esos mismos que siguen apegados a tablas, cuadros, leyes ancestrales, costumbrismo obsoleto y quienes, entres sus personajes favoritos, seguramente tendrán al Procurador Ordoñez.

Cuando por curiosidad malsana me atreví a ver uno de esos videos que algunos desocupados montaron en las redes sociales (incluso algunos con titulares vulgares) para tratar de intimidarte,  me divertí de lo lindo viéndote, con ese desparpajo admirable, inventar pasos de baile, esos mismos que los que no damos pie con bola en ese arte, recurrimos para mamarle gallo al asunto complicado de bailar bien.

No soy quien para juzgar si lo haces porque no bailas como quinceañera en La Troja, o porque simplemente te da tu “real” gana de hacerlo para incorporar repentización, impertinencia, diversión y creatividad a tus presentaciones. Sea cual fuere el motivo, yo lo aplaudo. No tienes que parecerte a ninguna otra reina ni, mucho menos, dejar de ser como eres solo porque tienes un traje de cumbiambera y una corona en la cabeza. Eso es lo que te hace más interesante: eres auténtica.
Y si este Carnaval es, como lo promulgas y lo reafirmaste en El Bando, “una sola gozadera”, cada cual puede gozarlo como le venga en gana, mientras que no atente con los derechos del otro. Y hasta donde sé, inventar pases de baile; mamar gallo con una u otra morisqueta mientras suena una puya o una cumbia, no le hace daño a nadie. Y sí, también lo comparto: al que no le guste “que se muerda el codo”.

Ahora que entramos en confianza, debo confesarte algo: durante mi niñez, mi adolescencia y mi juventud, siempre inventé una excusa para no bailar, incluso, cuando alguna mujer se atrevía a pedirme que bailara con ella inventaba una lesión de los meniscos; una reciente operación del tobillo y, a veces, una amputación del dedo gordo del pie. El asunto, Reina, es que jamás me atreví ni hacer el “pase del robot”, ni el de “faraón egipcio” y mucho menos el “arrebato epiléptico”. Me quedaba en el sillón viendo como las lindas muchachas bailaban con todos y yo ahí, solo y aburrido. Y todo por temer al “qué dirán”. Cosa que tú has demostrado de forma suficiente  que no va contigo. Lo tuyo es la alegría, la “gozadera”, el baile (con innovaciones incluidas) y la aventura de lanzarte, así sin más, a escribir tu propio libreto que leerías en El Bando, cosas que pocas reinas –que tal vez eran más “armoniosas” en sus movimientos del baile, se han atrevido hacer.

Este bullying del que fuiste víctima (o te creyeron hacer víctima) demuestra que los barranquilleros no somos tan liberales como decimos; ni tan desarrollados como queremos aparentar; ni tan de vanguardia como tratamos de posar a veces y, mucho menos, tan descomplicados como nos creen en el país. Quedamos como una partida de “ñoños” haciendo un caos por migajas, sin entender que –tal vez sin proponértelo—estás tratando de que el Carnaval retorne a su gozadera del bordillo; a su identidad de barriada; a su liberalidad de disfrazarte y bailar como quieras y a (lo más importante) la urgente necesidad de respetar al otro.

Con un abrazo monocuco, 


Anuar.

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