martes, 13 de octubre de 2015

Salgar: asalto exprés

Por Anuar Saad

¿Estaba deseando un día de playa para sacarse el guayabo del día anterior? ¿Un plan económico donde pueda degustar una mojarra y darse un chapuzón? Cuando uno se hace esos interrogantes, lo primero que se viene a la mente es Salgar. Aunque es una verdad indiscutible que con la gran cantidad de balnearios sofisticados que están abiertos en la vía al mar, Salgar es el “menos agraciado”. Pero el más barato, pensaba yo.

Además, me consolaba, había que ser solidario con los caseteros que cada vez más tienen que pelear con el embravecido mar para rehacer sus casuchas. “Los conozco de toda la vida”, suspiraba, recodando las tardes inolvidables que pasaba con mi padre en esas mismas playas.

Era domingo y lo noté apenas empecé a descender en el carro para entrar al “balneario”. Jóvenes ebrios se tomaban literalmente la angosta calle sin importarles que los carros se les vinieran encima. Pité tímidamente pero no pasó nada. Después de un par de minutos que se me hicieron eternos, toqué tierra. Estaba peor que como lo recordaba: no había arena sino fango; el mar se había robado la poca playa que antes existía y las olas llegaban hasta las propias casetas de troncos y paja.

Me detuve en una caseta que tenía un nombre esperanzador: "El amigo". "Debe ser un estupendo servicio, pensé para dentro de mí. En pocos segundos, un solícito hombre se apareció de la nada. -¿A la orden?- me preguntó con una sonrisa postiza de esas que hacen recordar a un político en campaña.
-¿A cómo las mojarras?
-A 25 mil- me disparó sin siquiera inmutarse.
No habíamos tomado asiento. Y menos después del precio. ¿25 mil? Pregunté haciéndome el asombrado –Pero si acá al lado me cobraban 17…- aventuré.
-Bueno, bueno- me replicó el otro ahora extrañamente condescendiente. –Te la dejo en 18- Yo accedí.

Después de más de una hora de espera se presentó el hombre cargando las tres mojarras y dos gaseosas. Le recordé que debía traer tres vasos con hielo. –Enseguida- Me dijo, y 17 minutos después trajo tres vasitos un poco más grande que un vaso de tinto con diminutas partículas de hielo dentro de ellos.

El mar estaba más negro que nunca y los remolinos daban pavor. Por allá unos “salvavidas” se desgañitaban gritando y pitando advirtiendo a los bañistas que debían estar en la orilla.
De dos bocados consumimos los minúsculos pescados. Cuando volví a ver al hombre de la caseta, casi 40 minutos después, le pedí la cuenta. Ahí sí fue rápido. -75 mil barritas jefe-
¿75? Pregunté extrañado. –Son 54 los tres pescados y seis las gaseosas…-
¿Y el hielo? ¿No va a meter el hielo y el derecho al estadero? Quedé como Condorito. Por un momento pensé que era una broma, pero la cara de aprendiz de sicario del tipo, me confirmó que estaba cobrándome de verdad.
-Bueno, me va a tener que esperar un momento mientras vuelvo—le anuncié.
¿Ajá y a dónde va?
“A la policía a denunciar un atraco”, dije y salí caminando con las manos en alto.
El tipo no lo podía creer. Se despachó en insultos y después, de mala gana, murmuró: -Está bien, está bien, será cobrarle 60-

Ya en el carro, y a punto de irme, cuatro cachacos que estaban desenguayabándose en la caseta de al lado se me acercaron para decirme casi en un susurro –Señor…ya nosotros le pagamos el hielo y el derecho a la caseta…y eso que pedimos 5 platos—
-¡Denuncien!- les dije. Metros más adelante, encontré a tres policías a quienes les comenté el abuso del casetero en cuestión. Les dije que era periodista y ellos, muy serviciales, se encogieron de hombros y siguieron su rumbo.

Ya no solo es en Cartagena y El Rodadero donde inescrupulosos “asaltan” a desprevenidos turistas. Aquí mismo, a 12 minutos de Barranquilla, tenemos a nuestros propios asaltantes que siguen allí, a la espera, para desplumar a ciudadanos que en mala hora eligen a Salgar como destino para pasar un rato en la playa. O de lo que queda de ella.


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