lunes, 10 de agosto de 2015

Sobreviviendo en la sociedad de la mentira

 Por Anuar Saad
¿No le ha pasado que ese tipazo, “amigo” en su Facebook (aunque jamás lo había visto en persona) el día que lo conoció de verdad verdad se dio cuenta que no era lo que parecía? ¿No se ha percatado de que cada vez más, y con cursilería en unos casos y con fanatismo en otros, los mensajes “religiosos” llueven por doquier pero las malas acciones jamás desaparecen? ¿No es atípico que nuestros muros estén llenos de consignas contra la discriminación, el racismo y la corrupción pero fuera de ellos cohonestamos por acción o por omisión en las mismas conductas que supuestamente censuramos?
Siempre pensamos –como el reciente caso del taxista cartagenero que fue sepultado por un alud de verborrea racista por una mujer al que le golpeó el auto, o el macabro hallazgo de dos jóvenes muertos en un hotel en Bogotá quienes se relacionaron por las redes sociales—que esas cosas le pasan a otros. O, que si pasan, suceden en lugares que no son los mismos en los que cohabitamos.
En las redes, nada es lo que parece: el cobarde es valiente; el hipócrita sincero; el alienado se convierte en alienador; el grotesco en romántico; el estúpido en pensador; el pensador en ocioso; la infiel en fiel, el religioso en fanático y el político en honrado.  Lo peor de todo, es que así los aceptamos y los aplaudimos cada vez que le damos un “me gusta” a un mensaje compartido aunque, en el fondo, sabemos que ese mismo no corresponde al proceder del que lo emite.
Hoy la interacción social no pasa por el rasero del conocimiento real. Existe en cambio, un peligroso conocimiento “virtual” que forma una imagen distorsionada del otro para bien o para mal. Cada vez menos valoramos al ser verdadero para darle ponderación a “ese otro ser virtual”. Ese que se fabrica a punta de Facebook, twitter o Instagram, como una réplica moderna de aquellos a quienes, en mi época de jefe de redacción de El Heraldo, solíamos llamarlos “nísperos”, pues se maduraban a punta de periódico.
Estamos deambulando cada vez más sobre el peligroso camino que nos llevará a convertirnos en una sociedad hipócrita que se esconde tras las redes sociales mostrando ahí, por lo general, la faceta que no corresponde al verdadero ser.
Vivimos –como en cualquier carnaval veneciano—con las máscaras puestas. Y es ahí cuando ese “extraño” que se atreve a emitir un juicio; lanzar una crítica; debate un consenso o propone un novedoso punto de vista, es visto como una amenaza. Es, sin duda, “el enemigo” al que hay que liquidar, así sea a través de la redes manejada por esa gran masa que muchas veces no razona, sino que se apasiona. Ya hay varios casos recientes de matoneo extremo a través de las redes. A cualquier vecino, ese que riega su césped junto a su casa; o al que ve a cada mañana paseando a su perro, le puede pasar: una noche se acuestan como los buenos vecinos de toda la vida y a la mañana siguiente, por cuenta del mal uso de la red y de la intención perversa, se levantan siendo criminales, amenazas para la sociedad, sádicos o estafadores.
Las redes sociales se están convirtiendo ahora en la flauta de Hamelin que con su encanto hipnótico llevan a los ciudadanos a danzar tras su mágica tonada: un montón de corderos dispuestos hasta a ir al matadero con tal de no quedarse por fuera de lo que esas mismas redes consideran qué es lo que está de moda.  
La sociedad ya no necesita más ciudadanos de mentiras. Nuestra ciudad, la región y el país quiere gente de verdad, con acciones de verdad que sean propositivas para el desarrollo y el cambio social. Las redes deberían servir, en cambio, para visualizar esas verdaderas acciones no necesariamente ejecutadas por los llamados líderes (o políticos, como quieran decirles), sino por la gente como uno que es capaz de hacer esas pequeñas cosas que pueden cambiar ese entorno y que, de alguna manera, ayudan a construir una realidad menos dramática y perversa.

Si en su Facebook usted o sus conocidos son tan buenos como parecen… ¡felicitaciones! De no ser así, es hora de que empiece ya a construir una imagen real, que se parezca mucho más a esa desdibujada imagen virtual.

saadanuar@gmail.com

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