jueves, 4 de junio de 2015

¿Usted también gritó “¡guayaba!”?


Por Anuar Saad
Mientras trataba de sortear un enorme trancón en toda la esquina de la carrera 43 con la calle 82, justo en frente de lo que ahora es una estación de gasolina, no pude evitar un suspiro de nostalgia y, aprovechando que iba acompañado de mi hija de doce años le comenté emocionado: “hija, justo ahí, donde está esa gasolinera, quedaba un cine al que iba casi todas las noches: el teatro Coliseo”.
Ella, nacida en pleno posmodernismo y quien creció entre los centros comerciales, las tablet, los smartphone y la televisión por cable, arrugó la cara y me dijo sin piedad: ¿cómo va a ser eso un cine…si no veo ningún centro comercial?

Traté de explicarle en vano que hasta hace unos quince años existían cines en los barrios. Cines en los que, por lo general, te encontrabas con la misma gente; al que asistías en manada y en los que le comprabas a los septuagenarios vendedores de dulces en sus afueras las golosinas y mecatos que después disfrutarías con deleite. No pude sentir una punzada de dolor cuando la vi explotar en carcajadas al describirle  que algunos de los teatros eran sin techo y que, pagando una película, podías ver dos. -¿Sin techo? Guácala- me dijo y me miró con la consideración con que uno ve a los ancianos.
El San Jorge, El Coliseo, El Capri, El Mogador, El Rialto, Cinelandia, Metro, Cinerama 84, ABC, entre otros muchos, hacían parte de la programación cotidiana de cualquier adolescente. Las películas de combates de artes marciales –en pleno apogeo de Bruce Lee y Chuck Norris- y las legendarias del oeste, no podían faltar en la cartelera que, además, los teatros sin techo, aderezaban con una que otra película subida de tono en sus contenidos sexuales que, a la larga, era la atracción central para jóvenes y adultos.
Eran épocas en que se respiraba vecindad; los muchachos –a falta de blackberry, Iphone o Galaxys, nos las arreglábamos con bolita de uñita; trompo, patinetas construidas por nosotros mismos con madera y balineras y eternos partidos de bola de trapo en el que al final nadie sabía quién ganaba porque siempre se perdía la cuenta.
Ir a cine era ir a cine. No a comer, ni modelar, ni ver vitrinas. Para eso estaba la calle 72 donde los almacenes se nos antojaban fulgurantes y sus productos eran objetos del deseo. Ahí cerca estaba la Heladería Americana, “Doña Crema”, “Pastel de Oro” o Crema King. Después llegaron las pizzas (cuando la larga era realmente larga y no un círculo microscópico como las de hoy) y se combinaba el ir a comer primero y después, ir al cine.
Aunque hoy podría ser algo de no creer, el momento más esperado por los espectadores era ese en particular cuando, justo en la escena que se desentrañaría la trama de la película…la cinta se dañaba y la pantalla quedaba en blanco.
Como impulsados por resortes invisibles dirigíamos la vista allá atrás, a lo alto, donde escondido en un vidriecito estaba el proyectista. El perverso culpable de que la película haya sido interrumpida. Entonces todos, a la vez, vociferábamos desde el fondo de nuestra alma, tal como si se tratara de un gol del Junior contra Millonarios… ¡Guayabaaaaaaaaaaaaaaa!
No importa quién era el proyectista ni en qué cine se reventó la cinta: todos tenían para nosotros el mismo nombre: “Guayaba”. Me complací durante años gritándolo sin saber a ciencia cierta por qué diablos se le decía guayaba, y no volví a pensar en ello. Al fin y al cabo, los refinados centros comerciales; las películas en 3D, 4D y salas tan exclusivas con restaurantes incluidos, que parece mentira que solo se vaya a ver cine, me hicieron olvidar ese recuerdo de mi niñez. Hasta ayer.
Ahí estaba el estudiante. Escudriñando mi rostro mientras leía su trabajo, como tratando de descifrar por mis gestos si lo que leía, me gustaba o no. Tal cuál como yo escudriñaba hace 20 años el rostro de la gran Olguita Emiliani (la fiera editora de El Heraldo en esa época) para ver si mi trabajo se publicaría o si, por el contrario, me lo aventaría en la cara partido en mil pedazos.
Después de leer el texto le pregunto al joven cuyo trabajo era sobre la desaparición de los cines de barrio, por qué le gritaban “guayaba” al proyectista. El futuro periodista mordisqueó el bolígrafo, miró al techo, vio de reojo a sus compañeros y al final, contestó lo mismo que yo hubiera contestado: -No lo sé-
Intrigado bajo el peso de mis recuerdos, decidí hacer un rápido trabajo de reportería y empecé a preguntar a personas de mi generación si tenían idea de por qué bautizamos así a los encargados de proyectar la cinta. Muchos no tenían idea, y otros contestaron lo mismo: uno de los más afamados técnicos de proyección desde la época de los 70, tenía ese apodo. Y cuando un impase interrumpía el filme, todos quienes ya le conocían le reclamaban coreando su apodo. Al final, y ya desaparecido el original “guayaba”, el término sirvió como voz de protesta cada vez que una película se detenía o, también, capaba pedazos originales de la cinta.
El grito de “guayaba” marcó una generación. La generación de cabello largo, patillas frondosas y pantalones bota ancha. La generación que creció jugando en las calles destruidas de esa vieja Barranquilla y que vivió la niñez en todo su esplendor. Esa misma que hoy, con nostalgia, en medio de una moderna y casi escondida sala de cine en un centro comercial, se muere de ganas que algún impase técnico perturbe el recorrido de la moderna proyección digital, para gritar ante el espanto y la sorpresa de los jóvenes espectadores – No joda guayabaaaaaaaaaa  ¿y qué pasó?-
Y, como el famoso libro, solo nos queda el lejano… “olor de la guayaba”.