miércoles, 8 de abril de 2015

¿Somos lo que vemos?

Por Anuar Saad S.
Justo el viernes antes de Semana Santa fui al médico. A los dos minutos, estaba sobre la báscula y la toma de presión, procedimientos que el galeno ejecutó con cara de velorio. -94 kilos- me dijo, como quien anuncia una pérdida irreparable. Después de un sermón de quince minutos sobre los perjuicios de la obesidad, me espetó una cruel sentencia: - Periodista: uno es lo que come-

Esa misma noche del viernes, y mientras comía una ensalada de frutas para empezar a combatir la gordura, comencé a hacer “zapping”. Empecé por la buena televisión, es decir, los canales cerrados de cable y terminé, casi sin querer, en los nacionales. Y ahí estaba la programación que ofrecía Caracol: “Tiro de Gracia”; “Metástasis” y “El señor de los cielos”. Los tres programas, en la franja Triple A del Canal,  tenían rasgos comunes: delincuencia, narcotráfico, sexo y asesinatos. Y por si alguien pidiera una “ñapita”, en medio de los comerciales promocionan su nuevo coctel de terror: “Esmeralda”, que gira sobre la violencia esmeraldera en el país. Será que si somos lo que comemos… ¿también somos lo que “vemos”?

Nadie duda que la televisión sea un negocio. Y que, como negocio que se respete, debe generar ingresos y, en el caso de la “caja mágica”, los ingresos se dan en la medida en que se mueva el rating. En medio de la sombría crisis que por años atrapó a las dos cadenas, de la nada se les apareció una “fórmula mágica”: Violencia, sexo, terror, narcotráfico, ingredientes indispensables para mover la brújula en el morbo natural de una teleaudiencia que transitaba entre la indiferencia y el hastío. Y llegó “Sin tetas”. Luego, El Capo, “El cartel de los sapos” y sus consabidas malas sagas. Luego, los 3 Caines y Escobar, entre otras muchas.

Aceptando que la televisión es el espejo de la sociedad, que retrata la identidad cultural y representa la cotidianidad, RCN Y Caracol podrían defenderse con sobrados argumentos, entre ellos, que la violencia ha hecho parte de la vida de los colombianos en los últimos 60 años y tres generaciones han vivido en carne propia el precio de la alocada barbarie. La cultura fue permeada por el narcotráfico, desde los folclóricos, estrambóticos y letales capos de la bonanza marimbera, hasta los sofisticados caballistas partícipes de los carteles de la cocaína. Y si a eso le agregamos la violencia partidista; las guerrillas y los paramilitares, podríamos asegurar que el “único pecado” de nuestra TV, es representar la realidad.
Pero no es así. La calidad de nuestra televisión seguirá en entredicho mientras que no haya propuestas novedosas y creativas que exploren otras facetas de nuestra identidad. Que acerquen al televidente con una cotidianidad más amable, ojalá prometedora, que nos vaya alejando del estigma cargado de narcoterror con el que tenemos que vivir.

¿Dónde está el humor en la televisión colombiana? Desde los tiempos de Yo y Tú y Dejémonos de vainas, no ha existido un programa que logre sacar una sonrisa a los televidentes. Y  si por ese lado llueve, por los programas de concurso no escampa: son un relleno mal formulado del que solo se salvan algunos realities de cantantes que ya se tornan repetitivos.

Es por eso que un televidente del común, ese que se levanta sintonizando el primer noticiero en la mañana y que en la noche, después de la jornada laboral se desploma sobre su sillón favorito para “entretenerse”, puede terminar con un frasco de Valium en la mano: entre los muertos de verdad verdad de los noticieros –el hijo que asesina al padre, el padre que asesina al hijo, la madre que mata a sus pequeños, los pequeños que son muertos por un conflicto de tierras, el celoso que incinera a su mujer y las virulentas y repetidas declaraciones del Senador Uribe—y los “muertos de ficción”, podría concluirse que, más que televisión, estamos ante un inventario sangriento. Un inventario que, además, no deja descansar el alma. Es la excesiva violencia en nuestra TV –la misma a la que acceden niños de todas las edades sin restricciones—que después se replica en la intolerancia ciudadana.

No estamos pidiendo una televisión para mojigatos. Pero sí una que le de alternativas al televidente. Que después de un “Tiro de gracia” pueda ver una serie de corte internacional cuya trama no sea muertes, narcotráfico y sexo. Que podamos reír los sábados y domingos y que la creatividad de los libretistas nos haga sentirnos orgulloso de nuestro talento. Una televisión que, aunque todo el mundo sabe que no es ni será educativa, pueda rescatar nuestros valores y tradiciones, más allá de los tugurios de muerte; de las pandillas asesinas y de la prostitución infantil. Una televisión, quizá utópica, en la que algún día padre e hijo puedan sentarse a ver juntos sin sentir vergüenza. Una en que los noticieros no se limiten a registrar noticia tras noticia, sino donde se haga verdadero periodismo. Un periodismo interpretativo  en que la crónica, el reportaje y el perfil, tengan cabida y que la gritería disonante de una rústica presentadora de farándula, no sea su plato principal. En fin, una televisión que nos haga soñar con que la paz, sí puede ser posible.