miércoles, 11 de marzo de 2015

Periodismo y literatura: préstamo entre amigos


Por Anuar Saad


PRIMER ACTO

Ritual de “brujos” evocando al “gran espíritu” 

El escenario estaba dispuesto. Los cinco tomaron asiento frente a una comunidad que los miraba extasiados. Uno de ellos hizo uso de la palabra y pronunció la frase evocatoria. De alguna u otra manera, todos los que ahí estaban y muchos que ahora, increíblemente, hacían parte del auditorio, fueron tocados por lo menos una vez en su vida por la personalidad arrolladora, por su pluma curiosa y narrativa o por su entrega incondicional. De alguna forma todos le habían seguidos sus pasos y ahora estaban allí para confirmarlo. Era el otro adiós al amigo, al maestro, al reportero, al contador de historias. Era un hasta pronto a Kapuscinski.

En la mesa estaban como invitados a este reconocimiento Jon Lee Anderson –autor entre otros del libro perfil sobre el Ché Guevara y de “La caída de Bagdad”-; Erich Hackl, un escritor austriaco de sonrisa amplia, de español afectado y con un dejo de niño abandonado; Ricardo Cayuela, director en México de la prestigiosa revista “Letras Libres”; Sergio Ramírez, político (fue vicepresidente de Nicaragua) y autor de numerosas obras, entre ellas la ganadora del premio Alfaguara de Novela, “Margarita está linda la mar”, y moderados por Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Detrás de bambalinas se encontraban, mezclados en el público, Tomás Eloy Martínez, María Teresa Ronderos y Martín Caparrós. Todos estaban allí por el mismo motivo: resaltar la labor del maestro Kapuscinski.

Erich Hackl, el escritor austriaco con cara de niño abandonado, fue el primero en evocar al maestro recientemente desaparecido. “A Richard lo identificaba la solidaridad con las víctimas. En sus historias es fácilmente comprobable que él se entremezcla con ellas y se vuelve uno más de los que han sido abusados, victimizados, sometidos, expropiados, desplazados y desaparecidos. El enfoque de sus historias gira en torno a ellos. Es un periodista que está a la altura de los más grandes de la historia en este oficio, que descolló por su honestidad e intensidad de su trabajo y, sobre todo, por no estar de acuerdo con el mundo tal cual está hecho”.

Hackl se detiene para ver la reacción del auditorio que sigue embelezado y, como el buen torero, entonces remata: “Kapuscinski se encargó de hacer grande, relevante e imprescindible el género del reportaje y, a través de él, buscó su identidad como periodista”.

Y es cierto. Bastaba con recordar uno de sus último escritos para la FNPI en que sostenía que miraba con preocupación la pérdida de la responsabilidad social en el periodismo, debido a que una noticia en televisión, por ejemplo en CNN, era manejada, antes de salir al aire, por varias personas y al final nadie sabía a ciencia cierta quién era el responsable de esa nota. En prensa, hay más compromiso porque todavía el que escribe la historia, la destaca con su firma. Y el remate con una frase, ya inmortal entre el gremio periodístico: “Para ser un buen periodista, hay que ser primero una buena persona”.

Fue ahí cuando Jon Lee Anderson dejó de mirar abstraído de un lado para otro, carraspeó, y empezó su visión del periodista y escritor al que conoció cuando todavía era un reportero imberbe. “Lo conocí siendo yo un joven reportero a mediados de los años 80. Apenas lo conocí, se convirtió para mí en una revelación. Yo era un joven reportero que tenía instintos de escritor, pero que no sabía qué rumbo tomar. Yo quería estar, como Kapuscinski, dentro de los sucesos que estaban cambiando al mundo, porque veía, como él, que la realidad verdadera no salía nunca en la televisión ni mucho menos en la prensa de los Estados Unidos”.

A esta altura, a los asistentes ya no les importaba que estuvieran apretados. Ni que uno u otro buscaran refugio en las frías baldosas, que, a falta de sillas, hacían las veces de asientos. Los jóvenes estudiantes de Comunicación Social extendían sus grabadoras –y hasta modernos celulares– para no perder detalle de alguien que les estaba hablando sin el rótulo de estrella, sino como un simple reportero.

“En ese trance de recoger y contar historias que nunca salían publicadas, me topé con Kapuscinski”, continuó Jon Lee Anderson después de beber un sorbo de agua. “Ya en ese tiempo él narraba las historias que otros no podíamos publicar. Él me abrió el camino a seguir. Con su curiosidad insaciable siempre quería recoger los hechos, nombres; querer, sentir penas y alegrías de la gente sin nombre, de la gente sin voz, de aquellos desposeídos que nada tenían. Era ese gran hombre del norte que, de alguna manera, representaba al gran sur.”

Casi sin terminar la frase, Sergio Ramírez, el laureado escritor nicaragüense que hasta ahora había permanecido en silencio con una cara equivocada de “pocos amigos”, habló con su voz de trueno: “No olvidemos que Kapuscinski fue un corresponsal de prensa para Polonia cuando estaba bajo el yugo de la cortina de hierro y por ello sus despachos eran casi todos censurados. Es por eso que de la obra periodística de Kapuscinski se conoce realmente muy poco y puedo asegurar que el periodismo fue para él un pretexto para oficiar como narrador pero con más énfasis creativo y literario”.

Entonces lanza una de las mejores definiciones que, por lo menos este periodista, ha podido escuchar sobre el legendario reportero: “Es una especie de Herodoto, el famoso historiador griego, que exploró el mundo de extremo a extremo para conocer sus personajes desde la visión de su propia curiosidad, y poder así contar sus historias. Kapuscinski es el periodista que fue capaz de trascender por el peso y contenido de sus propias palabras. Es, sin duda, el Herodoto de la modernidad. Un periodista que ha narrado nuestra historia”.
Alguien, seguramente un estudiante emocionado, inició un tímido aplauso que fue sepultado por la mirada reprobadora de sus contertulios que no querían, bajo ningún pretexto, que el manantial narrativo en torno a una leyenda se detuviera. Esa pausa casi imperceptible sirvió de excusa para terminar el primer acto.


SEGUNDO ACTO

¿El periodismo es literatura?


El auditorio sabía que ahora, después del plato fuerte, iban a servir el postre. Y por lo visto, era igual de bueno. Muchos de los que ahí estaban eran escritores incipientes, docentes abnegados, profesores despistados, estudiantes escépticos y periodistas empedernidos. Todos ellos enredados alguna vez en la vieja y sin fin discusión: ¿Se puede hacer periodismo con literatura? Y se levantó el telón.

El escritor austriaco Erich Hackl asegura que su fórmula creativa es “…acercarse al tema desde la óptica del escritor para buscar mis personajes y mis historias. Después viene el problema de encontrar la forma para contar esa historia. Me gusta compartir con las personas, -con las víctimas- su dolor, su ideología, y me gusta que ellos sientan que de alguna forma los estoy acompañando. Trato de llenar mis historias con hechos, personajes y diálogos reales. Hago novelas basándome en las técnicas del reportaje literario y cuando, por necesidad estética o falta de información sólo hay literatura en algunos fragmentos de mis escritos, procuro dejar claro que sólo es un punto de vista personal (el mío) sobre algo que pudo haber pasado. Hay que ser honestos, eso es lo que en verdad importa”.

Sobre la búsqueda de la técnica en el oficio, y la simbiosis entre literatura y periodismo, Jon Lee Anderson prefiere explorar el espinoso tema desde anécdotas, vivencias y reflexiones personales. Quién mejor que él, presente en guerras del Medio Oriente, África y conflictos latinoamericanos, para expresar su punto de vista. Quién mejor que él que ha perfilado, bajo la mirada del periodista literario, la semblanza de verdaderos personajes de nuestra época, desde Gabriel García Márquez, pasando por el temible dictador Charles Taylor y recientemente por el idolatrado y odiado Ernesto “El Che” Guevara. Y empieza, como en un buen lead, ganándose a la audiencia: “…No siempre fui periodista. Aquí donde me ven he sido cavador, carcelero, albañil profesional y cortador de césped. Y créanme que todas esas vivencias que compartí con personas luchadoras y honestas, me han servido para sensibilizar mi escritura. Cuando trato de escribir mis crónicas trato de hacerlas apegado a los hechos, a los recuerdos y a los momentos que he vivido personalmente con el tema. Mi trabajo “La caída de Bagdad” tenía más notas originales para desarrollar el relato, pero finalmente solo conté lo vivido. Los hechos que a través de mis experiencias pude conocer y corroborar, sin perder de vista que yo era uno de los únicos 25 extranjeros que estaban dentro de ese país en guerra, son totalmente certeros y verificables. Mi regla de oro es no llenar con ficción lo que no he podido comprobar. Como cronista puedo utilizar las herramientas de la literatura para contar mejor la historia, pero nunca tengo permiso para inventar los hechos”.

La respiración agitada de los jóvenes aprendices del oficio indica que la conversación está llegando al nivel que ellos querían. Que algunas viejas dudas estaban a pocos minutos de ser resueltas. Con naturalidad, como hablándole a viejos amigos, Jon Lee Anderson prosiguió: “Esto no quiere decir que uno deba desechar el rumor. Si bien él mismo no es noticia, el rumor no es para desoírlo, porque el rumor se puede incluir en un texto como la realidad que percibe sobre un hecho una determinada población. Se toma ese rumor desde el punto de vista de quienes lo dicen.

“Por ejemplo, en la historia sobre Charles Taylor, el sanguinario dictador africano, el rumor en la población era que él bebía sangre humana… y fresca todas las noches. Yo no vi, ni fui a su cuarto, para ver si debajo de su cama tenía un balde con sangre para beber, pero todos los habitantes lo daban por hecho. Tratando de corroborar esto, le pregunté hasta al Arzobispo de la población, quien me contestó que no lo había visto, pero que sí lo creía. El rumor, o las creencias populares, ayudan a enmarcar o colorear el texto. Pero nunca puedo inventar. En el New Yorker, por ejemplo, existe una cuadrilla de verificadores –periodistas encargados de verificar la información que los reporteros envían– para saber si los datos son o no ciertos. Ellos siempre verifican mis apuntes, y, en el caso de Taylor, llamaron al mismísimo dictador y le hicieron la pregunta: '¿Es cierto que usted bebe sangre humana cada noche?'. Y también le preguntaron que si había matado alguna vez. El negó lo primero, pero aceptó que una vez, en medio de la guerra, sí había matado a alguien. Mis relatos tratan de aleccionar a la humanidad. Tratan de mostrar que, lo que pasa allá, puede ocurrirnos a nosotros. Mi intencionalidad, además, es que la gente conozca el dolor y el sufrimiento de las víctimas, el costo de la violencia, para tratar de que la historia no se repita.”


No había duda: el postre era tan bueno como el plato fuerte, y lo mejor es que iban a seguir dando más de lo mismo. Sin dejar que el auditorio se enfriara, Sergio Ramírez apuntó: “Mis novelas parten desde hechos históricos pero generan visiones que se vuelven historias. La historia verdadera no es atractiva para los lectores, me refiero a la de los libros de historia, que en el caso de América Latina está mal contada. Es pobre en detalles, descripciones y objetividad. En Latinoamérica, más que de novela histórica, hay que hablar de novela a secas ya que siempre tienen que ver con la historia. Por eso el novelista, siempre y cuando conozca la historia, puede llegar más cerca del pueblo, como es el caso del libro “Santa Evita” de Tomás Eloy Martínez. En el caso del novelista puro, no del periodista, el verdadero triunfo es que la gente crea que todo es cierto, aunque no lo sea. Pero pesa tanto la novela, que hay cosas que el tiempo vuelve realidad: en la matanza de las bananera, los muertos fueron los que dijo García Márquez en Cien Años de Soledad –unos seis mil– y no treinta o cuarenta, como lo reseña la historia. La historia que perdura es la de la novela.

“(…) En la relación entre periodismo y novela lo que existe es un préstamo mutuo. Lo que la novela le presta a la crónica real son los instrumentos para contar la historia, porque el cronista no puede inventar pero sí formular el relato atractivo, dinámico y terminar con un golpe maestro. Es llevar la técnica del narrador de ficción a la realidad. En conclusión, la nueva historia no está siendo escrita por los historiadores, sino por los buenos cronistas de nuestros tiempos.”
Libre de ataduras, y avanzadas dos horas y media de charla, el público, sin remilgos, aplaudió.


TERCER ACTO

Un consejo, por favor


Afuera, lejos ya del cerrado auditorio, Jon Lee Anderson trata de liar un cigarrillo desafiando la fuerte brisa caribeña. Sergio Ramírez y Ricardo Cayuela, son asediados por los periodistas y por estudiantes que desean fotografiarse con ellos. Uno que otro pide un autógrafo, mientras que Jaime Abello Banfi anuncia el lanzamiento de un diplomado virtual a través de la Fundación, sobre Periodismo Literario.
Me acerco sigiloso –como si quisiera tender una emboscada– al veterano corresponsal de guerra, el mismo que estaba en Cartagena dictando unos seminarios sobre cónica para la FNPI.
– ¿Por qué siempre personajes terribles, antihéroes, protagonizan sus perfiles?– le disparo a quemarropa.


–¿Acaso García Márquez es un personaje terrible?– se defiende.
-Ah, pero es una excepción- aclaro.
–Lo bueno de desnudar estos personajes es para mostrarle al mundo lo que hemos sido capaces de generar. Y también para prevenir que la historia vuelva a repetirse.
Entonces me mira imperturbable y me pregunta sin dejarme a mí preguntar:
–¿Eres árabe?
–De padre y madre, pero nací en Barranquilla.
–Ah, Barranquilla. Mucha influencia árabe en esa ciudad…
–Sí, así es…
–¿Has viajado al medio oriente?
–No. Perdí varias oportunidades de hacerlo–, respondo desconcertado.
Entonces, ya terminado su cigarrillo, Jon Lee Anderson sonríe y comenta antes de marcharse:
“Hay dos cosas que forman a un periodista completo. Primero, seguro, la buena y oportuna lectura de textos que sirvan como formación de su estilo. Pero otra cosa que un periodista debe hacer es viajar. Conocer el mundo. Si es ese mundo lejano, mejor. Pero por lo menos, conocer completamente el país donde estamos viviendo…
Acepto el dardo lanzado y trato de asimilarlo, pero cuando intento replicar ya es tarde: el cavador de fosas, carcelero, albañil, cortador de césped, el mismo que interiormente está convencido que Charles Taylor bebía sangre humana y el mismo laureado por sus crónicas de guerra había desaparecido...