miércoles, 4 de marzo de 2015

Locos de ira

Por Anuar Saad

Estos son los nuevos tiempos. Tiempos en la que una oficina, cabe ahora en la palma de la mano. Donde el papel  se reemplazó  por  archivos digitales y las reuniones ejecutivas se hacen a través de dispositivos móviles. Ya nadie espera una carta: simplemente ojea el mail. Nuevos tiempos en los que se perdió para siempre la intimidad porque la vida la tenemos colgada en un muro del facebook y compartimos en él, y en otras redes ya inimaginables, si estamos tristes o contentos. Hoy, un hombre no termina una relación con una mujer –o a la inversa—en la intimidad de un pequeño restaurante: hoy lo sabe el mundo entero. La velocidad con que la tecnología cambió al mundo y con ello a las personas, también envolvió el ritmo de vida multiplicando el estrés de diario vivir. Todo debe ser más inmediato. Más urgente. Más efectivo. Más individual.
Y es ese culto al individualismo –cultivado por la postmodernidad  y su delirante tecnología, han hecho que el hombre caiga en ese abismo sin fondo que  el sociólogo polaco Zygmunt Bauman bautizó como “Modernidad líquida”, ese estado al que llegamos cuando el individualismo se apodera de nuestra relaciones y las vuelve transitorias, precarias y volátiles. Hoy no existe el “otro” como interlocutor válido y respetable. Ese “otro” es un extraño que  amenaza mi bienestar, un peligro potencial contra el que debo competir e imponerme.
Y según Bauman –y lo ratifica día a día la cotidianidad de los diarios—los “extraños” irritan, desagradan, desconciertan por esa misma fragilidad que existen hoy entre los vínculos humanos. Cuando se acercan al “yo” individual, la trepidante modernidad que nos embriaga, hace que reaccionemos permeados por lo que fomenta el mundo de hoy lleno de redes de amigos sin cara, de relaciones de mentiras, donde se insulta visible, pero escondidos, dueños de una moralidad acomodada donde, incluso, la deshonestidad se mide en grados de permisibilidad. ¿Hasta dónde puede ser correcto ser deshonesto o inmoral? ¿Hay niveles de aceptación de la corrupción? ¿O esta depende del estrato?
Y el amor –ese sentimiento indescriptible que parece cada vez más ambiguo, abstracto y extraño en la medida que nos envuelve la modernidad tecnológica y sin corazón—también se ve permeado en el nuevo tipo de sociedad que cohabitamos. Es un amor sin responsabilidades, gaseoso, lejano y cada vez más negado a un vínculo estrecho y duradero. Un amor que hoy no se busca en el alma de las personas, sino en las páginas web o en un rincón del facebook.
Para terminar de agobiar al hombre postmoderno, este ya no cuenta con un Estado protector que le ofrece bienestar. Los Estados-Nación no existen y han sido sustituidos por empresas en las que solo eres un número, una cifra, un código, un indicador y a las cuales, a pesar de no obtener lo que quieres, debes pagar. Bauman enfatiza que la sociedad de hoy es fría e insolidaria, aunque, algunas veces, y casi siempre para ser registrado con complacencia  en  algunas redes que circundan nuestro planeta, posamos de solidarios. Y lo hacemos, porque en el fondo perseguimos con ello un bienestar particular.
La ciudad de la modernidad no es ese pedazo de pastel que nos gusta y conocemos. Cada día más, afirma el sociólogo, sobrevivimos  en las “metrópolis del miedo”. Ciudades que, a pesar de ser resguardada por autoridades, se convierten en una fuente de peligros: “ciudadanos adictos a la seguridad, pero siempre inseguros en ella”.

Es gracias a esta misma posmodernidad que las redes se han transformado en un enorme tinglado donde se escenifican luchas mitológicas. Luchas en las que se emplean armas sucias. La calumnia, la injuria, la mentira o las verdades a medias invaden el facebook y el twitter para golpear "al enemigo". Las redes no son escenarios de argumentación, sino de ofensas. Es esta degeneración de la posmodernidad, la que nos ha llevado a esta deplorable "pos verdad" que no es más que una caricatura de la verdad verdadera. Un estado en el que la realidad se distorsiona y se amolda a perversos  intereses, muchas veces personales o, peor, mediáticos.

La modernidad tecnológica debería servir para comunicarnos más rápido, pero también mejor. Ahora, aunque parezca increíble, hay más acceso a la información...pero menos comunicación verdadera.
Y las redes sociales son, por desgracia, un reflejo de lo que es el país. Un país donde, por ejemplo un hombre agredir mortalmente a otro porque le reclamó que hiciera la fila para abordar el Transmilenio; o el parroquiano que asesinó a su amigo por que este le ganó jugando billar. ¿Puede acaso alguien atacar mortalmente a un agente del orden cuando este interviene para evitar un conflicto en la vía pública? ¿Se justifica que un novio asesine a su pareja porque ella no lo quiso más? ¿Puede una turba linchar a un árbitro porque no pito un penal? ¿O acaso se puede aceptar que un ex-presidente a punta de trinos macabros que manifiestan violencia pretenda sembrar más odios en un país de por sí intolerante?
Por lo que leemos, vemos y escuchamos en los medios, parece que sí se pudiera. Los valores decadentes en los que cada vez los otros importan menos, ha hecho que se nos acabe la capacidad del asombro y de indignación. Las cifras lo dicen: un total de 6.516 homicidios fueron causados por actos de intolerancia en Colombia durante 2016. Y si aún persisten dudas sobre la inversión de valores y el desconocimiento del otro que ahora “es una amenaza”, 86.569 cuadros de intolerancia que reposan en los archivos de la Policía el año pasado, se enmarcan en violencia intrafamiliar y peleas callejeras.
Este es el país del Facebook, del chat, del twitter y del Instagram. Un país en el que cada vez nos vemos menos personalmente, y cada vez más nos escondemos en una muralla de fantasías, tal vez, para que no se den cuenta de  que estamos locos: locos de ira.






No hay comentarios:

Publicar un comentario