martes, 31 de marzo de 2015

La tía Angelika y el Escribidor

Por Alberto Martínez M.
Conocí a Angelika Helberger en una librería alemana en Bogotá, a instancias de mi amigo Ramón García-Ziemsen. Destacado entre sus allegados por un gran olfato periodístico, Ramón no solo me presentó a una compatriota suya, sino la historia de un potencial reportaje.
Angélika me dio los elementos clave mientras apuraba una taza de té: migración,
Segunda Guerra Mundial, tres maridos, primera mujer en pilotear un avión de pasajeros.
Ya imaginaba el titular a página entera, cuando me hizo saber su genuina idea: quería que la ayudaran a escribir un libro.
Busqué entre los amigos con esa habilidad, y ahí estaba él, diestro con la pluma y menesteroso con propuestas que significaran algunos pesos.
La familia de Anuar Saad Saad había migrado desde Zahlé, la Novia del valle de Beca, en Líbano, donde se libraba una despiadada guerra entre monoteístas rusos y cristianos maronitas; y, de niña, Angelika jugaba con las bombas sin explotar que caían en el patio de su casa.
Fue amor a primera vista. Saad y Helberger se entendieron más allá, inclusive, de aquellos episodios históricos.
Según recuerda ‘el Turco’, como erróneamente le llaman sus amigos, trabajaron intensamente durante más de un año. En ese trance reenfocó el relato, le dio giros de suspenso, cambió el final, le mandó una veintena de títulos.
Angélika solía llamarlo a las 3 de la madrugada, cuando Saad dormía la inspiración y en cambio a ella le llegaba. “Me estaba volviendo loco”, me dijo.
Por esos días se le acentuó la irritación del colon y tuvo que visitar seguidamente al médico. El matrimonio, por su parte, entró en una crisis casi insalvable, pues con toda razón la esposa empezó a sospechar de esa señora que quién sabe con qué pretensiones irrumpía a horas reservadas a la pareja. Jacque ni siquiera se calmó cuando supo la edad de la señora. Casos se han visto, alcanzó a murmurar.
El caso es que Anuar estaba fascinado con la historia y, hay que decirlo también, con la presunta paga, de la que supongo tendría una comisión por intermediador, y Ramón otra por iniciador.
Al promediar la relación, Angelika me pidió que le diera un recado a su escribidor: “dile que soy una pobre anciana que solo vive de lo que giran sus hijos”. A mi juicio, aquella era una suma decente, muy inferior, inclusive, a la que normalmente se cobra por este trabajo, pero medié para que Anuar la reconsiderara, como en efecto hizo.
Los días pasaron, sin embargo, y la capitán Helbelger no daba señales de vida. Los honorarios seguían en las nubes. ‘el Turco’ le escribió, entonces, que podía pagarle lo que tuviera. En un acto de desespero llegó a insinuarle después que le abonara, inclusive, cómodas cuotas mensuales.
Pero todo fue infructuoso. Una día declaró todo perdido, no sin antes culparme de su desgracia, que yo, de paso, remití a Ramón.
Pero el pasado fin de semana vimos una nota en un periódico capitalino, que daba cuenta de un libro que acaba de publicar Penguin Random House, bajo el sello Aguilar: Sola contra el mundo, de Angelika Helberger, la “primera mujer que desafió las alturas”.
Creo que ahora sí puedo cobrarle, me dijo Anuar con una voz esperanzada. Le hice ver, con algo de conmiseración por los tres, lo que anotaba uno de los párrafos subsiguientes. “Angélika murió el segundo sábado de enero sin ver siquiera su libro publicado”. Q.E.P.D.