jueves, 17 de abril de 2014

¡Gracias Gabo!


Por Anuar Saad

Fue en tercero de bachillerato cuando un cura español, del que ya no me acuerdo el nombre, nos puso a leer obras latinoamericanas en la clase de Literatura. Repartió los nombres de las obras entre los 36 estudiantes del salón de forma aleatoria y a mí me tocó, justo, Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez.

Fue entonces cuando mi mamá rebuscó entre los entrepaños de la vieja biblioteca y desempolvó un libro de Ediciones Sudamericana de 1967, en cuya primera página aparecía la firma de mi tío Abraham Saad y todavía en lápiz tenía el precio de venta: un peso y veinte centavos.

Contrario a los otros niños del colegio –en ese tiempo cuando uno tenía trece años todavía era un niño—a mí la lectura me gustaba. De hecho, Literatura era una de las pocas materias que aprobaba en ese exigente colegio de curas españoles con caras tan rojas como la cáscara de queso holandés.

Quince días después no había pasado de la página 95, de las casi 300 que traía la obra. Cada cinco páginas me obligaba a devolverme para entender y ya no sabía, a ciencia cierta, quien era Arcadio, José Arcadio, Úrsula, Aureliano y Amaranta. Algunas de las cosas que leía me resultaban extrañamente familiar a mi región Caribe y por las clases de historia, tenía  la certeza de que los muertos de las bananeras eran los mismos de aquella matanza sucedida cerca de Ciénaga, así como la guerra entre liberales y conservadores. Era, casi, una versión  literaria de la historia reciente del país...pero entonces no pude entenderlo.

Debo reconocer que fue una lectura insufrible. Casi como un problema de física cuántica para un alumno de trigonometría. Fue entonces cuando comencé a pensar que Gabito escribía tan complicado que lo mejor, era leer a otros. Y eso hice.

Con el tiempo me volví un voraz lector. Me apasionaba la narrativa de ficción y le tomé gusto a Kafka, Oscar Wilde, Dumas, Capote, Poe y Cortazar. Pero gracias  a los créditos de mi hermana con el “Círculo de Lectores”, descubrí a colosos de la “novela negra” como Sidney Sheldon, Raidmon Chandler, Stephen King, Tomas Harris y muchos más…pero no había descubierto aún a Gabito.

Fue en quinto semestre de Comunicación Social cuando una agresiva hepatitis me mandó tres meses a casa. No podía salir y mi dieta me ponía de mal genio. No existía el internet, ni celular, ni  el Nintendo y mucho menos Play Station o Wii. Frente a mí solo había libros que ya había leído. Todos…menos tres de Gabriel García Márquez. De mala gana, tomé el más pequeño. Estaba casi sin carátula y su nombre me llamó la atención: “El coronel no tiene quien le escriba”. Lo leí de un sopetón. Casi sin respirar. Mi mamá, sobresaltada, entraba al cuarto extrañada por el escandaloso silencio de la habitación. “No es tan malo García Márquez”, pensé ignorante. Atrapé El Otoño del Patriarca, y en medio de algunas re-lecturas y consultas con mi padre, debí reconocer que el tipo de verdad era bueno. ¿Te leíste Cien Años? –preguntó mi hermana-. Entonces lo recordé: tercero bachillerato y ese libro que nunca pude terminar.

Empecé a leer. Recuerdo que eran como las siete de la noche y cuando volví a mirar el reloj, entre carcajadas de asombro y de celebración de ocurrencias inigualables, ya eran las dos de la madrugada. El libro estaba terminando y no quería dejarlo ir. Fue ahí, cuando descubrí entonces, que la narración tenía otro sentido. Un sentido lejos de las reglas, de lo tradicional, de lo impuesto. Un sentido donde la creatividad y la imaginación lo cubrían todo. Era mágico. Encantador. Como lo era Macondo, esa universalización de Aracataca que le dio vida a lo que se conocería como “Realismo Mágico”.

Años después, ya en el periodismo, su visión del oficio me reafirmó que no iba en el camino equivocado pues siempre me quedaba esa sensación de que el periodismo era otra cosa, mucho más allá, que escribir noticias: había que contar la historia. Y en sus grandes reportajes por el mundo, recogidos en dos inmensos volúmenes, sentó cátedra de cómo escribir un reportaje y de la importancia de recobrar la crónica, como un género cercano a la novela. Pero a la novela de la realidad.

Gracias a Gabito conocí a Simón Bolívar, el hombre, no el mito. Descubrí cómo era Cartagena en los tiempos del cólera y cuánto podría llegar a durar un amor. Me dejó boquiabierto en sus redacciones más periodísticas que literarias: “Noticia de un secuestro” y “Crónica de una muerte anunciada”, ambos, al mejor estilo del Nuevo Periodismo, relatando hechos reales bajo la estilística magistral de su literatura.

Hoy el más grande se ha ido. Pero ahí nos deja su legado en obras inmortales que tienen el olor inimitable de las flores amarillas que bañan con sus pétalos a un Macondo que hoy es universal. ¡Gracias Gabo!

7 comentarios: