martes, 18 de febrero de 2014

¿Mordaza al Carnaval?

POR: ANUAR SAAD S.
Si usted pensaba sacar del baúl ese disfraz que ha causado hilaridad entre sus amigos y todos aquellos que lo ven en la Batalla de Flores, tómese un minuto antes de ponerse el atrevido atuendo. Mientras lo mira con ojo de carnicero, evalúe lo siguiente: ¿la nariz del disfraz y las orejas tienen alguna connotación sexual? ¿Ese apéndice que quiere agregar a su inocente disfraz de bebé…puede ser la fantasía erótica de alguien? ¿Esa máscara que se asemeja a la cara de un político en desgracia…vulnera acaso los derechos y la “honra” del desgraciadamente famoso personaje? ¿Esa jaula en la que encerrará a “tres primos contratistas” hace alusión a que son corruptos?
Y las preguntas tienen una razón de ser: un capítulo del decreto 0045 expedido el año pasado por la Alcaldía de Barranquilla parece más una mamadera de gallo carnavalera, que un acto de Gobierno. En pocas palabras, el capitulillo en cuestión quiere “moderar” la libre expresión del barranquillero para disfrazarse como le dé la gana y, por el contrario, prohíbe “disfraces con alusiones vulgares y aquellos que atenten contra asuntos sagrados, la dignidad humana y el respeto por las autoridades”.
Sería sano que la Alcaldía explicara en detalle qué son para ellos “asuntos sagrados”. Acaso si salen disfraces de la Piraquive –“santa” pastora de una secta religiosa--; o si alguien tuviera la idea de disfrazarse del Papa Francisco; u otro innovara con una versión revolucionaria de Jesucristo… ¿serían acaso condenados a la hoguera?
Debe entender la Alcaldesa, que el Caribe está lleno de una magia especial que se manifiesta en nuestra picaresca autóctona; esa que nos hace distintos a los demás colombianos. Un carnaval sin esa atrevida creatividad que alegra los corazones y nos hacen olvidar las penas, puede resultar más aburrido que un partido del Junior del Zurdo. Una cosa es frenar el vandalismo de disfrazados delincuentes, y otra muy distinta, censurar la creatividad y picaresca natural de la Región, como coinciden los investigadores Edgar Ray Sinnning y Guillermo Mejía: el carnaval es, en resumen, “el mundo al revés”.
No quiero imaginarme una Batalla de Flores, o peor, una Gran Parada, con un desfile de disfraces de Barbie, Kent, Supermán, Winny Poo, Hello Kity o Sor Yeyé, al compás de unas baladas románticas de los 70 porque ¡Santo Dios! si escandalizamos con música africana o con una violenta descarga de Champeta…seguramente esos movimientos de pelvis y las diminutas prendas que vistan los danzarines, harán una prohibida alusión al acto sexual.
No sé qué motivó al Distrito perder el tiempo en un considerando absurdo, cuando la ciudad necesita solucionar problemas más urgentes, que la connotación, semiótica o simbología de los disfraces. En una ciudad en que campea la delincuencia y la inseguridad; en que la movilidad se ha reemplazado por inmovilidad; en que los pacientes mueren esperando ser atendidos mientras los pasean de un hospital a otro y en donde cada vez las calles presentan más destrozos causados por empresas de servicios públicos, resulta inaudito la “preocupación” de la Alcaldesa en estos avatares.
Se entiende que la seguridad sea una prioridad en el Carnaval, pero ésta no puede llegar a convertirse en una censura de la libre expresión ciudadana que, de una u otra forma, encuentra en el disfraz, la representación perfecta para mostrar su opinión clara y contundente sobre los personajes y hechos que son parte de su realidad. Y es que el barranquillero y el caribeño en general, no conciben un carnaval “ñoño” carente de creatividad. Nuestras fiestas son, de alguna manera, un exorcismo a nuestros propios demonios, para regresar, nuevamente el miércoles, a enfrentarnos a la vida cotidiana.
No imagino al Alcalde de Río de Janeiro imponiendo censura a las “garotas” por mostrar más de lo debido; o a los danzantes semidesnudos y a los disfraces que reflejan el desacuerdo del pueblo contra antipáticas medidas políticas.
El Carnaval es expresión, es libertad. Y cualquier intento por frenar esta expresión autóctona y cultural, es ir en contravía de la tradición. Bien lo expuso en un artículo de El Heraldo Fernando Borda, reconocido abogado y Decano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma del Caribe, cuando señala que “…es una tontería lo que han hecho con ese tipo de norma, que atenta contra la esencia misma del Carnaval y las libertades públicas” refiriéndose a que mofarse de la autoridad durante los días de Carnaval, es, precisamente, la esencia del mismo. Por eso, hoy más que nunca, ¡Ponte el capuchón y prepárate para gozar!

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