miércoles, 18 de diciembre de 2013

Gossain retrata a Antonio José Caballero / El adiós a un grande del periodismo

Este martes falleció el reconocido periodista. Gossaín fue su jefe durante casi 30 años. Un perfil para enmarcar.

Antonio José CaballeroEl periodista que murió este martes en una clínica de Bogotá no era realmente un ser humano: era una fuerza desatada de la naturaleza, como un terremoto o un vendaval, como un estremecimiento de la tierra, como un incendio en un cañaveral azotado por el viento.  Se la dedicó a la soledad del Cementerio Central de Bogotá.
Antonio José Caballero y yo trabajamos juntos durante casi 30 años, todos los días, desde antes de despuntar el sol y hasta que entraba la noche, y jamás lo vi tomarse unas vacaciones. Cuando no estaba buscando secuestrados en la selva, o navegando en una balsa por el río Amazonas, estaba metido debajo del escritorio del presidente Chávez, cubriendo en directo la información de un golpe de Estado, o en la Plaza de San Pedro, transmitiendo los funerales del papa.
Me nombraron director de noticias de RCN Radio en 1985. Allí mismo conocí a un señor llamado Caballero, que venía graduado de Europa, había sido corresponsal en el Vaticano y trabajaba en un programa de señoras, a las 11 de la mañana, dando consejos hogareños para quitarle las manchas al mantel. Le propuse que se fuera conmigo para el noticiero.
Lo que descubrí, a partir de entonces, fue el mejor reportero que me tropecé en la vida y el mejor amigo que conozco. Jamás he visto a nadie que vibrara ante las noticias como Caballero. Nada lo detenía. Tenía sangre de reportero.
Un reguero de escoltas
Recuerdo lo que pasó hace más de 20 años, en octubre de 1992, cuando se celebraba el quinto centenario del Descubrimiento de América.
Caballero salió para la República Dominicana, donde el papa Juan Pablo II encabezaría las celebraciones por los quinientos años de la evangelización, y yo me fui a España. Estando en Madrid, abro una mañana el periódico y veo una fotografía gigantesca: gentes que rodaban por el suelo, policías armados, obispos corriendo. Leí el texto debajo del retrato. “Escoltas de Su Santidad cayeron al piso durante la trifulca que provocó un periodista colombiano que intentaba entrevistar a Juan Pablo…”.
De inmediato supe que había sido Caballero. Era él, en efecto, el que había sobrepasado las barreras del cordón de seguridad a pesar de todas las advertencias. Lo golpearon, lo sangraron, lo amarraron, se agarró a trompadas con ellos, pero no hubo manera de impedirle que le grabara una entrevista al papa. Le traje de regalo el periódico, porque yo sabía que ese sería un orgullo de su vida, y lo mantuvo colgado hasta el último día en la sala de su apartamento.
Un malgeniado sin enemigos
Caballero peleaba tres veces por la mañana con cada uno de sus compañeros en RCN y cuatro por la tarde con los colegas de las otras emisoras. El motivo siempre era el mismo: las noticias. Era un hombre de malas pulgas, gigantesco y testarudo.
En cierta ocasión organizamos un viaje en canoa, llamado ‘Expedición costa a costa’, para transmitir información desde los pueblos que se arraciman a orillas del Pacífico, entre el Chocó y la frontera con Ecuador. A la semana de viaje, sus compañeros estaban a punto de echarlo al mar. Francisco Tulande, que era el jefe del grupo, aprovechó una parada en Buenaventura y me mandó a Bogotá un telegrama que decía: “Todo bien. Esta mañana Caballero mató un tiburón de un grito”.
A pesar de sus trifulcas, Caballero no deja un solo enemigo en este mundo. Jamás guardaba un rencor ni se le conocieron pliegues en el alma. Tenía un corazón transparente, más grande que el cuerpo. Los reporteros novatos lo adoraban porque querían ser como él, invencibles en su trabajo, y ese era el espejo en que se miraban. Los veteranos lo admiraban sin reservas.
Ayer, cuando difundieron la noticia de su muerte, recibí un aguacero de llamadas telefónicas. A través de la línea pude oír a los periodistas más curtidos de Colombia, los que han estado toda la vida en guerras y tragedias, llorando como niños. Amaban a Caballero porque era el competidor más encarnizado del oficio, pero el hombre más bueno del mundo. Era un conflictivo que no le hacía daño a nadie. Como el pan del desayuno.
‘Aquí le traigo a ‘Tirofijo’
Estábamos en el gobierno de Belisario Betancur. Comenzaba una conversación de paz con las Farc. Nadie había podido obtener una declaración de ‘Manuel Marulanda Vélez’ (‘Tirofijo’), el jefe de la guerrilla. Entonces me dediqué a desafiar a Caballero: usted, que se cree tan genial y no ha sido capaz. Usted, que tanto habla, y no sale con nada. Usted me ha decepcionado.
De repente se desapareció. Nadie daba razón de él. Volvió a la semana, vestido como un expedicionario, con unas botas hasta la rodilla, una camisa caqui y un sombrero de paja. Estaba más trigueño que de costumbre, tostado por el sol, con su mata de pelo blanco. Entró a la redacción con paso marcial. Puso su morral en el suelo y, tirando unos casetes sobre el mesón, me dijo, con su vozarrón:
–Aquí le traigo la entrevista con su ‘Tirofijo’. Y con Jacobo Arenas, de ñapa.
Caballero abrió la mochila y sacó una cámara de retratar.
–Además –añadió– estas son las fotos, como prueba adicional, porque yo sé que van a decir que son vainas mías.
En varias fotos aparecían él, Arenas y ‘Tirofijo’, conversando frente a la grabadora, en el pico de una montaña. Nunca le pregunté cómo lo había logrado, porque yo sé que eso es lo mismo que pedirle a un sacerdote que revele los secretos de la confesión. Pero un aprendiz universitario, que andaba esa tarde por ahí, cometió la imprudencia de preguntárselo.
–Vea, joven –le replicó Caballero, parándolo en seco–. Sepa usted que un mago jamás revela cómo es que se hace un truco.
Después se fue para su casa a bañarse y cambiarse.
Fidel, el socialismo y el empleo
A los pocos días, un grupo de políticos colombianos, encabezados por el expresidente López Michelsen, viajó a reunirse en Cuba con Fidel Castro. Caballero fue, naturalmente, nuestro enviado especial.
Al terminar los diálogos de La Habana, y a punto ya de regresar a Bogotá, Caballero le pidió a Fidel que le concediera una entrevista. El comandante le respondió, con mucha pena, que no podía, que tenía que salir de viaje de inmediato, que después se iría para el exterior, que estaba copado de compromisos.
–Usted no conoce a mi director –le repuso Caballero, delante de todos–. Es un hombre desalmado, un capitalista sin entrañas, y si llego a Bogotá sin una entrevista suya, me va a echar del puesto. De manera que usted, el líder del socialismo en América, acabará promoviendo el desempleo.
Castro se sintió tan agobiado ante aquel panorama, que de inmediato le dio la entrevista. Caballero fue el único periodista de toda la delegación que la consiguió. La historia me la contó el propio López Michelsen.
La enfermedad y el cementerio
Hace siete meses, en mayo pasado, Caballero estaba en Cali –trabajando, como siempre, trabajando sin tregua detrás de las noticias– y de repente tuvieron que llevarlo a la clínica Valle del Lily, cuyos médicos y empleados, a partir de entonces, fueron amorosos y abnegados con él. Tenía cáncer en el hígado.
Un sábado, hace como quince días, apareció en este diario su último trabajo de periodismo escrito: una crónica sobre los muertos ilustres y milagrosos del cementerio de Bogotá. Lo llamé por teléfono, como hacíamos tres o cuatro veces por semana, y me dispuse a tomarle el pelo.
–¿Qué diablos hace usted mariposeando en los cementerios?
–Ensayando –me contestó, echándose a reír–. Ensayando.
Epílogo
No más el viernes había vuelto de una correría de trabajo por Nariño. Ese día me dijo que en enero vendría a visitarme. Ayer murió. El periodista Germán Manga, que estaba con él en ese momento, me cuenta que los médicos que lo atendieron no se explicaban cómo había hecho Caballero para resistir tanto tiempo los estragos de una enfermedad tan terrible.
Yo sí sé cómo hizo: armado con el mismo coraje que lo llevaba a enfrentarse a trompadas con los guardianes del papa con tal de conseguir que Juan Pablo le dijera tres palabritas para la radio; el mismo coraje con que se metía monte adentro, solo, buscando a ‘Tirofijo’ para que le diera una entrevista; el mismo coraje con que encaró a Fidel Castro con el cuento del desempleo y el socialismo hasta sacarle una declaración; el mismo coraje con que se enfrentó a los militares venezolanos que querían sacarlo del despacho presidencial donde se cocinaban las noticias; el mismo coraje con que mató a un tiburón de un grito en mitad del mar.
Conociendo ese coraje, y su terquedad legendaria, que le impedía darse por vencido, a mí no me cabe duda de que vendrá a visitarme en enero. Vendrá. Hasta entonces, Cavaliere.
Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO

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