miércoles, 20 de noviembre de 2013

El Premio de la FNPI se pone el carriel antioqueño

Por Anuar Saad

El tradicional premio de periodismo de la FNPI—Fundación que creó el Nobel—reinventó su imagen gracias a una fusión de la Alcaldía de Medellín, la empresa privada y, por supuesto, la Fundación Nuevo Periodismo.

En un marco impecable, en el que se respira buen periodismo por doquier, se presentó este miércoles en la mañana el premio que desde ahora se llamará Premio Gabriel García Márquez de Periodismo y tendrá su sede en la capital de la Montaña. A la cita acudieron representantes de todos los medios de comunicación del país y docentes de periodismo de diversas Facultades de Comunicación quienes, seguramente, sacarán el máximo provecho a la serie de coloquios sobre “el mejor oficio del mundo”, muchos de ellos inspirados en Gabo y sus mitos y sus obras.

Hay que reconocer que, desde que el avión pisó el aeropuerto de Ríonegro, saltaba a la vista que El Premio, se había tomado la ciudad y los municipios adyacentes. Pasacalles, avisos y publicidad en radio y prensa, anunciaban la cita que la ciudad tenía con la palabra y el periodismo. Cita a la que por supuesto, no podía faltar. Y acudí a ella, acompañado de mi colega y amigo John Acosta con el auspicio de la Universidad Autónoma del Caribe, a sabiendas que más allá del valor periodístico del evento, podría ser la oportunidad de “cazar” buenas historias. Historias que no tardaron en llegar.

Maletas en mano decidimos tomar un taxi que de San Diego nos llevara a nuestro sitio de destino. Desprevenidos sacamos la mano a uno, aunque internamente rondaba por nuestras mentes el temor de ser víctimas de “un paseo millonario”. Bien no habíamos abierto la puerta del pequeño coche amarillo, cuando una mujer que apareció quién sabe de dónde, se interpuso entre el taxi y nosotros.

-No vayan a tomar ese taxi- nos dijo abriendo sus brazos dramáticamente mientras que el chofer se asomaba intrigado por la ventanilla. Nos miramos asombrados mientras que la mujer, que cruzaba sus hombros con dos coloridas carteras, nos arrastró unos metros más allá hasta una estación formal de servicio.
-Aquí están a salvo—dijo la misteriosa señora- Esos de allá (prosiguió mientras señalaba con sus labios a los taxis informales parqueados sobre la vía) son unos pillos.

De ahí en adelante, fuimos literalmente atropellados por la cortesía de los paisas. Solícitos ante cualquier duda y prestos a ayudar. El periplo había empezado bien. Esa noche, víspera del inicio del evento, visitamos unos familiares que teníamos años no veíamos. Imposible despreciar el aguardiente que celebraba el reencuentro y, entre anécdotas, transcurrió la noche.

Puntuales, al día siguiente, antes  de las diez de la mañana, estábamos en la Plaza de la Libertad, sitio escogido para la instalación del evento y la presentación de los nominados. Uno de ellos, era Marcela Turati, la excelente reportera y contadora de historias de la Revista Proceso de México, quien, días antes, había embelesado a los 600 asistentes a la Semana Internacional de las Comunicaciones en la Autónoma: no nos habíamos equivocado. A nuestra Semana Internacional, habíamos llevado a los mejores.

Jaime Abello Banfi, actual Director de la FNPI instaló la jornada, precedido del Alcalde de Medellín Anibal Gaviria quien agradeció a la empresa privada su denodado apoyo a un evento que pone a esta capital en el ojo de la cultura y el periodismo de Iberoamérica. Luego de conocerse los nominados, tuvimos acceso a una verdadera feria del libro sobre periodismo y comunicación. Mis ojos siguieron hipnotizados los títulos de las obras de Jon Lee Anderson –sin duda el mejor reportero del mundo—y decidí adquirir “El dictador, los demonios y otras crónicas” y reincidí con otro del inigualable Gay Talese “El silencio del Héroe”, ambos, de seguro, serán temas para mis clases de periodismo el próximo semestre.

Sintiendo el llamado de la lectura nos refugiamos en la cómoda sala de prensa, adyacente a un punto de degustación del café más exótico, exquisito y puro, que haya probado en mi vida. Café de triple proceso, café de grano dulce, café helado, café americano y el típico “tinto” fueron engullidos en un abrir y cerrar de ojos. –Prepárate- me espetó jocoso John Acosta –Esta noche no creo que pegue el ojo-


Pasaron las horas y el tiempo lo dividimos entre la lectura de alguno de los capítulos de los libros adquiridos, saludar a colegas de viejos tiempos y, por qué no, empezar a escribir la primera crónica de este viaje a Medellín donde el buen periodismo es la estrella principal. En medio del golpetear del teclado y teniendo como fondo las verdes montañas que rodean a la capital antioqueña enmarcada en unos límpidos ventanales futuristas, el rugido de mi estómago me recuerda que van siendo las dos de la tarde y aún no hemos almorzado. ¿Qué comer? Pues estando aquí, la mejor elección es la bandeja paisa. Y de postre, después de las 3 de la tarde, degustar hasta el fondo los coloquios con los grandes maestros: Jon Lee Anderson, Martín Caparrós, María Jimena Duzán,Daniel Sampér Pizano, Mauricio Vargas, Rodrigo Pardo, Julio Villanueva Chang, Marcela Turati y Marco Schwartz para rematar al filo de la noche, con los cuatro nombres de los ganadores en el mismo número de categoría del codiciado premio, mientras que jóvenes con deseos de aprender, veteranos curtidos en el oficio, docentes en busca de nuevas estrategias de enseñanza del oficio y ansiosos nominados por obtener el premio, sienten, como yo, que no están solos. El gran Gabo, sin duda, está rondando cada rincón de la plaza y sus fotos, inmortales, están ahí para recordárnoslo. 

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