jueves, 1 de agosto de 2013

El cliché que está matando el lenguaje periodístico

El maestro Juan Gossaín hace un análisis de las reiteraciones de frases desgastadas con que periodistas pretenden "matizar" sus historias. Reproducido del diario El tiempo.

Aquella noche, oscura como boca de lobo, caía sobre el pueblo una llovizna pertinaz, aunque negros nubarrones presagiaban que al despuntar la mañana el aguacero sería torrencial. Flotaba una tensa calma pero los vecinos dormían a pierna suelta. El hombre, que iba armado hasta los dientes, tenía los nervios de punta. “Amanecerá y veremos”, se dijo.
Qué buen comienzo para una mala novela. Ya tengo el título: “En altas horas de la noche”. Porque, hasta el sol de hoy, nadie sabe cuáles son las bajas horas de la tarde, ni nadie ha visto una noche oscura que no parezca boca de lobo ni un nervio que esté de costado: todos están de punta. A lo mejor la punta de los nervios es la misma punta que despunta con cada amanecer. Y cuando no cae un aguacero torrencial es porque está lloviendo a cántaros.
De todo aquel que carga un humilde cortaúñas se dice que va armado hasta los dientes, así mantenga la boca cerrada. ¿Será que está tratando de comerse un revólver? No sé de dónde habrá salido esa sublime paradoja de la tensa calma, pero si siempre flota es porque aprendió a nadar. Parece más un oxímoron que un lugar común. Un oxímoron es la expresión que encierra elementos contrarios, como fea hermosura, el amargo problema del azúcar, en medio de un bullicioso silencio o consiguió un medicamento barato.
El lugar común, por su parte, es una expresión resabida, trillada, que todo el mundo repite de manera invariable. También lo llaman frase hecha, tópico o cliché, como aquellas láminas fotográficas de los periódicos antiguos, que siempre imprimían la misma imagen.
Me imagino que en sus inicios el lugar común era poco común y a veces genial. Fue una maravilla que alguien exclamara, por primera vez, que no hay que buscarle tres pies al gato ni la otra pata que le nace al cojo, aunque haya que agarrar el toro por los cuernos. Pero, para decirlo con un lugar común, el lugar común fue víctima de su propio invento: se repitió tanto, que dejó de ser genial para volverse común. Ustedes me entienden. Eso espero.
Periodistas y pistolas dantescos
A propósito de revólver, esa palabra desapareció hace añales del lenguaje periodístico, al igual que pistola. Hoy, de manera invariable, se les llama “armas de corto alcance”. Deben ser parientes de la gallina que convirtieron en “ave de corto vuelo”. Su abuso en la prensa produce a veces unas auténticas joyas de la poesía involuntaria. La otra mañana, una reportera entusiasta dijo por radio que a unos asaltantes bancarios los detuvo la policía porque “cargaban almas de corto alcance”. Qué hermosa bestialidad. No hay duda de que un criminal, que es capaz de dispararle a una cajera de banco, tiene un alma de corto alcance.
Se ha demostrado hasta la saciedad (¿dónde diablos quedará esa saciedad?) que los periodistas somos magos y decanos del lugar común. En la prensa, un ser humano nunca es pobre, indigente o desvalido, ni vive en la inopia. Es “persona de escasos recursos”. Los escasos de recursos, como se ve, son los periodistas.
Según los encargados de las noticias judiciales, toda tragedia es dantesca, ya sea que se trate del incendio de una bodega o de un accidente de tránsito. Para lo que ha quedado el pobre Dante. Los accidentes suelen ser siempre aparatosos. Un incendio ya no se llama así, ahora se llama conflagración, y todos deben estar gordísimos porque son “voraces”.
Reveses y goles caniculares
Si en los periódicos llueve, en la televisión no escampa. Ni la meteorología se escapa de los lugares comunes. Sintonicen ustedes el reporte del estado del tiempo y verán que el cielo siempre está parcialmente nublado, aunque daría igual que estuviera parcialmente despejado: es la misma historia del vaso medio lleno o medio vacío.
De acuerdo con el lenguaje de los reporteros de noticias políticas, los ministros no hablan nunca, ni emiten una declaración, ni conceden una entrevista. Ahora se dice que rompen su silencio. La verdad es que los políticos se la pasan rompiendo cosas; la ética, para empezar. Antiguamente, cuando un candidato era derrotado en las urnas, se decía, simplemente, que perdió. Ahora decimos, dramáticamente, que sufrió un duro revés. Cómo me gustaría, por simples motivos de caridad cristiana, que los perdedores en las elecciones del año entrante sufran un blando revés.
Sin embargo, y para darle al César lo que es del César, en materia de lugares comunes los campeones mundiales –y perdonen ustedes el chiste obvio– son los cronistas deportivos. Especialmente los de fútbol y sobre todo en la radio. Merecen capítulo aparte.
Cada vez que vapulean a un equipo de pipiripao, y sus jugadores logran anotar un golcito miserable, los narradores dicen que es el gol de la honrilla. Debería ser, más bien, el de la vergüencilla.
La periodista chilena Camila Jiménez, que escribió un delicioso artículo digital sobre el tema, sostiene que ningún lugar común de origen futbolístico merece cargarle los guayos a este portento de la sabiduría humana: “La mejor defensa es un buen ataque”. Es tan sublime que al revés quedaría igual. Por mi parte, debo confesar que me fascina la paradoja verbal que va implícita en la expresión “saque de meta”. Me recuerda el primer aviso de hojalata, con una flechita, que vi en una esquina de Bogotá: “Para ir a Suba, baje”.
Pies en polvorosa
Nadie escapa a la democrática tentación de repetir lugares comunes. El que esté libre de pecados que arroje la primera piedra. Vean, para no ir muy lejos, lo que encontré en tres párrafos consecutivos, solo tres, de la edición 1621 de la revista Semana, a finales de mayo pasado:
“El ramillete de implicados en el carrusel de la contratación de Bogotá está cayendo como un castillo de naipes. Cuando se supo la noticia, la mayoría de concejales puso pies en polvorosa. Pusieron en calzas prietas a los contratistas. La delación de Tapias se convirtió en la prueba reina”.
A propósito, y ahora que Semana lo menciona, me pregunto si no habrá por ahí alguna prueba que solo llegue a virreina.
¿Por qué será que la gente “se funde en un abrazo”, como si el cariño fuera un soplete de soldadura? Todo testigo es mudo y el fervor, como los platos de sopa, siempre es hondo; cualquier manifestación callejera es “multitudinaria”, aunque solo concurran cuatro gatos, y toda concurrencia se ha vuelto “masiva”, así se trate de un funeral al que no asiste ni el muerto. Al narcotráfico le cambiaron el nombre: ahora se llama flagelo.
Vacaciones a pierna suelta
Para muestra, un botón. (Nadie se ha tomado el trabajo de averiguar de qué botón se trata, si es de camisa o de timbre). Atando cabos, o amarrando sargentos, que para el caso es lo mismo, observe usted que cuando algún personaje de la farándula se va de viaje, las páginas sociales nos informan que “sale a disfrutar de merecidas vacaciones”, aunque sea un zángano de siete suelas. Conste que no he dicho magistrado. Ni he mencionado la palabra crucero.
Ya nadie duerme profundamente, ni con placidez, ni a gusto. Ahora todo el mundo duerme a pierna suelta. No quiero imaginarme lo que va a pasar el día en que alguien, que esté durmiendo a pierna amarrada, se levante a medianoche para ir al baño. Espero que, por una feliz coincidencia, encuentre de dónde agarrarse. (Me ataca la angustia existencial de saber si en este mundo no hay una sola coincidencia que sea infeliz, triste, desdichada, melancólica, sombría, taciturna, aflictiva o lúgubre).
Resulta que ya tampoco existen los ladrones de antes: hoy se llaman “amigos de lo ajeno”. A mí me suena tan cómica esa expresión que me desternillo de risa cada vez que la oigo. (¿Quién ha visto una ternilla? ¿Qué es eso? ¿O será que a mí se me está aflojando un ternillo?). Si aplicamos la misma lógica, los rateros también podrían llamarse “enemigos del dueño de lo ajeno”. No quiero reírme a mandíbula batiente, como si la mandíbula fuera una licuadora.
Epílogo con un dibujo
Nadie puede escapar del embrujo que ejercen los lugares comunes. Son tan resistentes que muchos de ellos aguantan rozagantes el paso de los años. Y siguen tan campantes.
En el Siglo de Oro español fueron varios los novelistas que repitieron que en la variedad está el placer y que las apariencias engañan. Desde hace doscientos años los franceses dicen que siempre hay que mantener la cabeza en su sitio. (A excepción, me imagino, del rey Luis después del episodio de la guillotina).
A esta crónica no le cabe ni un tinto. Encontrarle el final fue peor que buscar una aguja en un pajar, aunque sería más peligroso buscar una paja en un agujar. No les quito más tiempo. Ya para terminar por hoy, les dejo este dibujo de mi propia inspiración:
A simple vista se nota que es un tigre. Mírenle las garras filosas, las orejas paradas y las rayas del pelaje. Cuidado con los colmillos. ¿Que no se parece en nada? Bueno: el lugar común dice que el tigre no es como lo pintan…
JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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