miércoles, 29 de mayo de 2013

Junior no tiene quien lo llore

Por Anuar Saad
No sé si Junior, en un arrebato de ganas, pasión y honor, jugará como nunca lo hizo en 18 partidos anteriores y goleará al Medellín en su casa. Tampoco sé si los otros resultados se le darán y de pura suerte se clasificará al octagonal semifinal. Lo que sí sé, es que este equipo, conformado por los retazos inactivos de otros y por un técnico que no ha ganado ni un torneo de “bolita e uñita”, no merece ni siquiera el décimo puesto que hoy ostenta.

Recuerdo malas campañas, tal vez peores que esta, pero se jugaban con un cuadro sin refuerzos, sin inversión y casi que sin técnico. Este Junior es una prueba más de que al interior del plantel hace falta la determinación de realizar un verdadero proceso que nos lleve a tener, por fin, una identidad; jugadores propios; un mánager general de altura y no de “amiguismo” y un buen manejo y promoción de la marca, requisitos que debe tener un verdadero club de fútbol. ¿Cuántas veces no lamentamos que los jugadores nacidos en la Costa Caribe terminen siendo adquiridos, en la flor de la edad, por el Deportivo Cali, Atlético Nacional, América, Medellín, entre otros y después –que es lo peor—negociados a sumas exorbitantes a clubes de Europa? El caso de Muriel y de Ortega, son solo dos ejemplos de la visión enana que tiene Junior como equipo.

Y este proceso nace desde las divisiones inferiores y de la utilidad que Junior le dé al Barranquilla como su real semillero. Desde ahí arranca el proceso que, a mi juicio, debería empezar con el nombramiento de un Director Técnico de avanzada que entienda la idiosincrasia barranquillera; que respete el gusto de los aficionados por el buen juego y que, aunque pierda, demuestre que tiene un equipo que en algún momento puede despegar. En resumen, no es Alexis García el que deba liderar este proceso, así Fuad Char haya empeñado su palabra de “mantenerlo seis años”.

Ese orgullo del político, seguramente, hará que tengamos que soportarnos este fútbol inocuo, rudimentario, esperpéntico y cobarde que él siempre desarrollo en el minúsculo Equidad. Y él, creyendo que Junior es Equidad, lo manejó de la misma forma. Sobra explicitar en los fatales resultados.

Lo más grave es que Junior es un equipo desmantelado –al que le sustrajeron sus mejores fichas en dos años—y que a cambio el técnico actual trajo a su gusto una bandada de jugadores inactivos que, en un año, solo habían jugado tres veces. Goleadores que nunca la metían; defensas en el ocaso de sus días y armadores que no arman ni escándalo. Pero ellos no tienen culpa. La culpa es del técnico que los trajo y la directiva que los avaló.

La calle es el termómetro. Solo con caminar desde la calle 90 con 46, hasta la 94, puedes detenerte en cualquier esquina y las caras de decepción e ira, lo dicen todo. Es más, ya nadie quiere hablar del Junior. Es como si la “eterna querida” –como simbolizaba Álvaro Cepeda Samudio a la escuadra baranquillera-- resultara, a la larga infiel, y se hubiese ido con otro. Los corazones rojiblancos están de luto. Luto que sólo acabará cuando lleguen señales de un cambio drástico que pueda volver a situar al equipo como lo que debe ser. Es hora –y estamos tarde en ello—de pensar más allá del torneo local. Es hora de competir para ganar la Libertadores. De posicionar al Junior como un referente en el fútbol, como lo fueron Nacional, América y Millonarios alguna vez. ¿Si un modesto Caldas pudo… por qué no nosotros? Es cuestión de mentalidad. Ser dueño de un equipo de fútbol, va más allá de comprar carnes, verduras y abarrotes para surtir una tienda. Se le olvida a los directivos del Junior que juegan con la ilusión, la pasión y el amor de todo una región, por el único equipo que lo representa. Y en el estado de postración que este cuadro tiburón está hoy, no es capaz de representarse ni a él mismo.

Con perspicacia los aficionados hablan de la proximidad de las jornadas electorales y por ello se ilusionan. Y esto no es de “a ratos”. Ser directivo de un equipo como el Junior es un compromiso con la ciudad. Es, como dirían los mayores, “una cuestión de honor”. Cualidad que parece que a directivos, técnico y jugadores, les importa un bledo. 

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