martes, 23 de abril de 2013

Campo Elías, el fenómeno


POR ANUAR SAAD

La primera vez que lo escuché, fue en un bus que hacía la ruta Cartagena – Turbaco. Iba camino a la Universidad Tecnológica de Bolívar a dictar una de mis cátedras con el afán propio de quien suele llegar tarde. No sabía, en principio, de qué se trataba el programa. Pensé que era uno de esos humorísticos en que alguien imitaba grotescamente a un locutor radial.

Después de explicar que a dos jíbaros los habían raqueteado y despojado de la maracachafa y que había unos mandarinoskis llenando la plaza, los pasajeros se destornillaban de la risa.
-Ese Campo Elías si tiene vainas- dijo uno.

-Espérate que ahora la va a agarrar contra el corrupto del Alcalde, lo interrumpió el otro mientras el chofer, con la premonición misma del pasajero, le aumentó el volumen a la radio.
Y, efectivamente, el que estaba tras el micrófono improvisó un discurso lleno de garrotazos letales, pero divertidos, contra el Alcalde de turno. A raíz de mi “descubrimiento” empecé a indagar sobre el personaje –para mí hasta entonces desconocido—y con sorpresa constaté que no solo divertía a su audiencia (solo comparable con la de Edgar Perea en sus épocas de gloria) sino que, además, le creían.

Con el tiempo, me di cuenta que no solo era ese conductor quien se divertía en su trabajo con las ocurrencias de Campo Elías, sino que todos lo escuchaban.
-Ese man que nombraron en educación es “jopérico”- decía uno.
-¿Tú lo conoces?- le preguntaba el otro asombrado
-No, pero  Campo Elías dijo que era “jopérico” y seguro que es.
No comprendí bien la acepción de la palabreja, pero sí comprendí que la palabra de Campo Elías Terán en Cartagena, era palabra de dios.

Cartagena, una ciudad caracterizada por la pasividad de sus habitantes; por la “momificación” en sus deberes ciudadanos y por haberse acostumbrado a través de los años a que lo natural era el desangre del erario; la poca inversión en los problemas públicos, la exclusión social y la marginación del 85% de sus habitantes, cifraba sus esperanzas en que, por lo menos, uno de ellos, hijo del verdadero pueblo, podía elevar la voz por el resto que seguía enmudecido.

Para Campo Elías no había problemas grandes o pequeños. Le daba lo mismo poner la cara para denunciar que un colegio no repartía merienda a sus infantes, como que en el concejo una manguala de corruptos desviaban recursos para beneficio propio. La Policía, en muchas ocasiones, se vio en aprietos ante los requerimientos audaces, sarcásticos pero fundados, de este periodista empírico que le hacía más grato al cartagenero sus primeras horas del día. Consiguió con su hablar deschavetado  lo que plumas excelsas; periodistas refinados, discursistas sesudos y profundos y engrupidores de pacotilla jamás lograron en una ciudad atípica como la Heroica: que le creyeran.

Y esa credibilidad terminó convirtiéndose en un fenómeno de sintonía que traspasó las fronteras de lo popular y se filtró, como rayo de luz, en medio de una borrasca: su mensaje dicharachero, coloquial, frentero, gracioso, pero directo y fulminante como jab de boxeador, terminó siendo escuchado por los de cuello blanco quienes, con las cejas fruncidas, se espantaban entre cada sorbo de whisky de 12 años,  de lo que “el negrito ese” lograba destapar. Recuerdo las palabras del inolvidable Ernesto McCausland quien le dedicó una columna cuando su enfermedad se hizo pública: “… Se maravillaba uno de verte en acción, hablándole al pueblo de tú a tú, en su mismo lenguaje, su misma picardía, su mismo escandaloso dialecto perpetuado en juerga de esclavos. Y lo más impactante, sin duda, la percepción de que este gigante mulato, como un oso de Walt Disney, le estaba marcando el pulso desde allí a la ciudad multicentenaria”.

Y es por eso, por el carisma que arrastraba multitudes y por el amor legítimo que le profesaba un pueblo, es que no entendemos todavía qué le impulsó a cruzar la barrera y entrar al corruptor, antipático y complejo mundo de la política en que alguien revestido con esa inocencia natural, seguro no podía afrontar. Y así fue. La política opacó su imagen de hombre de pueblo comprometido con las causas ajenas y dedicadas a destapar la verdad. Sus nuevos amigos oportunistas solo vieron en él un puente para llenar sus bolsillos y usurpar poder, salpicando de paso su honradez.  La enfermedad lo encontró en medio de un ajetreo que no era el suyo: no en una cabina de radio alertando a los viejos pensionados –los famosos mandarinoskys—a que las prepago los iban a pelar, sino como un gatito en medio de una jauría de perros furiosos.

Y en medio del abandono del cargo por los estragos de esa maldita enfermedad, se feriaron lo que queda de Cartagena estando él tan  indefenso como un bebé, sin poder hacer nada.
Pero hoy Cartagena no llora porque murió su Alcalde. Llora porque uno de ellos, del pueblo raso, uno que veló sinceramente por sus intereses, uno que supo hablarle en su mismo lenguaje y que defendió a capa y espada a los menos favorecidos a través de un micrófono puntual y batallador, partió para siempre.

Se fue Campo Elías. A su estilo, un verdadero fenómeno de la radio. Paz en su tumba.

8 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  4. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  5. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  6. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  7. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  8. Great blog here! Also your web site so much up very fast!
    What host are you using? Can I am getting your associate link for your host?

    I desire my web site loaded up as fast as yours lol

    My website - トリーバーチ靴

    ResponderEliminar