viernes, 5 de abril de 2013

Barranquilla 200 años: ¿motivo para celebrar?


POR ANUAR SAAD
Puede creerse que 200 años son muchos. Para una persona representa tres veces su expectativa de vida. Pero para una ciudad, son pocos. De hecho, Barranquilla es una urbe joven que está empezando a vivir y en sus dos centurias ha afrontado épocas de gloria, de oscurantismo y de estertores de  renacimiento.
Hasta finales de la década de los 50 la entonces Puerta de Oro de Colombia era un ejemplo en Sudamérica. Años después, el saqueo de que fue objeto por parte de sus “insignes hijos” la dejó convertida en un muladar. Una ciudad donde los servicios públicos eran inmensamente católicos: llegaban a los hogares solo cuando Dios quería. Tener agua en un barrio como los Nogales, era motivo de una celebración. Ver un carro recogiendo la basura, era un hecho para inmortalizarlo en una fotografía… y encontrar calles pavimentadas representaba toda una hazaña. Sin embargo, el barranquillero seguía queriendo a su ciudad, pero sin el ánimo de enfrentarse al bandolerismo político que la acababa de a poco.
Barranquilla ha demostrado  que es una ciudad fuerte y noble. Tanto lo es, que ha sido capaz de sobrevivir a pesar de su clase dirigente y de nosotros como ciudadanos apáticos. En 200 años sigue dando señales de vida y muestra signos (aunque aún débiles) de recuperación, a pesar del saqueo, la corrupción, la politiquería barata que impedía la prestación de los servicios fundamentales, a la pauperización de sus hospitales y al caos de sus vías públicas. En medio de todo, a principio de los 90, en un proceso que nació en el primer mandato (ojo: el primer mandato) de Bernardo Hoyos,  hasta la pasada alcaldía de Alex Char—vivió altibajos administrativos pero con procesos que daban señas de buscar una resurrección. Lo que no se puede negar es que si queremos una Barranquilla nueva, verdaderamente floreciente, pujante, innovadora, moderna, equitativa e incluyente, los barranquilleros, todos, debemos aportar.
Pero no neguemos lo innegable: somos ciudadanos apáticos  que preferimos seguir quejándonos, que ayudar a la búsqueda de soluciones. Criticamos a nuestros mandatarios, después que les depositamos 300 mil votos en las urnas, muchos de ellos, comprados. No elegimos a conciencia y después lloramos sobre la leche derramada. Y en esto, los periodistas también tenemos culpa: un alcalde, con resultados negativos en encuestas, reparte pautas publicitarias a diestra y siniestra, acallando así, las voces críticas en su contra.
En estos 200 años nos han llenado de discursos  veintejulieros    que anuncian una ciudad “que despunta”. Una ciudad feliz. Una ciudad “que florece” (díganme dónde). Una ciudad segura. Una “metrópoli”. Una ciudad equitativa. Una ciudad incluyente y de oportunidades. ¿Será verdad  tanta belleza?
Más allá de los resultados que mostró la ciudad con el Alcalde Alex Char y un cierto resurgir en cuanto a vías, educación e infraestructura, a Barranquilla le faltan, aún, otros doscientos años para ser la urbe que por su ubicación estratégica, debió ser. Y entre los culpables estamos todos los que vivimos aquí: desde el más barranquillero, hasta el santandereano de pura cepa. Por eso, ese “buen momento” --que se nos quiere vender a través de una prensa ciega-- no puede, de ningún modo, dejar que el verdadero barranquillero baje los brazos. Que sigamos siendo “ciudadanos de piedra” que tragamos entero y no aportamos un ápice al desarrollo. ¿Acaso no tenemos ahí mismo en nuestra narices lo que mancomunadamente la dirigencia honesta y los ciudadanos comprometidos han hecho por una ciudad como Medellín que –literalmente—resurgió de sus cenizas? ¿Por qué en Barranquilla un sistema articulado de buses, por ejemplo, genera pérdidas con un funcionamiento mediocre mientras ellos tienen un metro, metrocable y escaleras eléctricas que comunican sectores de la ciudad? ¿Por qué hacer una pista atlética en un estadio, remodelar óptimamente una piscina olímpica, mantener como tacitas de plata los colegios públicos, pavimentar de verdad las trincheras en que están convertidas la mitad de las calles y garantizar la seguridad en esta ciudad cuesta tanto?
En vez de hacer alharacas para festejar 200 años como si hubiéramos refundado la metrópoli de nuestros sueños, deberíamos, en esta fecha, repensar la ciudad y saber cuál es el rol que nos compete a cada uno de nosotros para aportar a su desarrollo. La academia, el sector empresarial, los entes gremiales (cuando dejen de pelearse por la corruptela de vergüenza de la Cámara de Comercio, por tocar solo este punto) y los entes “cívicos” como Pro ¿transparencia? Y ¿Visión? Compartida dejen de tirar cada uno para su lado y se den cuenta que esta ciudad no es de ellos, sino de todos, podremos entonces empezar, de verdad, a construir.
Celebremos, sea cual sea la fecha, cuando ciudadanos y clase dirigente hayamos logrado cimentar, por fin, la ciudad de nuestros sueños. Porque con solo ser alegre, hospitalaria, de oportunidades, cordial y cálida…no es suficiente. ¡Empecemos a reconstruir la ciudad! 

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