jueves, 10 de enero de 2013

Colombia, o la felicidad de ser infeliz


POR ANUAR SAAD

Voy a extenderle una invitación personal, así toque endeudarme por los próximos diez años, a los señores directivos que representan el  Barómetro Global de Felicidad y Esperanza, para que, junto con los investigadores de Win - Gallup International, se peguen la rodadita y conozcan de verdad verdad a  Colombia y, sobre todo, a Barranquilla. Créanme que eso, por lo menos a mi, eso sí me haría feliz.

Y es que los señores de Barómetro Global de Felicidad le concedieron a Colombia el primer puesto como el país más feliz del mundo (¡me muero de la dicha!) y según el Centro Nacional de Consultoría, que realizó la encuesta para el país, la ciudad con los índices más altos de felicidad fue Barranquilla (¡Dios, debo estar en el paraíso!), con un 83 por ciento, seguida de Medellín, Bucaramanga, Bogotá y Cali.

Señores: quiero que vengan para que sepan por qué a pesar de su loable distinción, ninguno en Colombia (por lo menos los trabajadores honestos que somos la mayoría) está muerto de la risa, sino de la piedra de ver como el país y nuestras ciudades, van cada vez peor. En Bogotá, por ejemplo, están muy felices con la novedosa modalidad de basuras a cielo abierto en aceras de barrios residenciales para darle oportunidad a los recicladores de que también sean felices. Usted, mientras camina por las calles de la capital, desarrolla de paso una gran habilidad para esquivar montañas…. de basuras, mientras que no debe olvidar la técnica del pulpo (hacerse el de las ocho manos) para asegurar sus objetos y a veces su dignidad dentro de los articulados de Transmilenio. Son tan felices los bogotanos, que decidieron que no necesitan alcalde y le van a revocar el mandato, no por inepto, sino por in-feliz.

Ni qué decir de Medellín, donde todos están felices con las matanzas entre narcos y los ajustes de cuentas demenciales que cobran víctimas inocentes que cometieron el pecado de estar en el momento y el lugar equivocados. La misma Medellín que lidera cifras de violencia y atentados criminales contra las mujeres y que apenas se repone de una época de horrores de la que siguen vivas nefastas secuelas. Es la misma felicidad que alberga a los familiares de los que son hallados (lo que queda de ellos) en fosas comunes como muestra de que tanta felicidad nos lleva a la locura colectiva y terminamos matándonos unos con otros. La felicidad que acá, en dos poblaciones de la Costa Atlántica, en menos de 5 días, dos niños fueron violados y asesinados y dos hombres atentaron contra sus parejas…mientras que en el sur del Departamento del Atlántico siguen esperando que se hagan realidad las promesas hechas por el Gobernador de turno de este Departamento --y que de pura felicidad ahora quiere ser Presidente—para ver si pueden volver a tener un techo y no seguir viviendo en la incertidumbre a orillas de una carretera.

Sí señores. Vengan a nuestro país y recórranlo con confianza que acá no cabemos de la dicha. Admírense de la belleza y seguridad de las comunas en Medellín y de los desplazados que deambulan sin rumbo y con hambre por todas nuestras calles. Regodéense certificando como un pueblo de casi 700 mil habitantes ha sido saqueado por todas las administraciones de los últimos 40 años por lo que, a pesar de su crecimiento, hace mucho honor a su nombre, este no muy feliz: Soledad. Comprueben sin pudor lo enfermizamente felices que son nuestros trabajadores quienes –pobrecillos—no saben en qué gastarse los $22.800 (unos doce dólares) en que se “reajustó” el salario mínimo. Lo dicho: ¡pura felicidad!

La misma que alberga a los barranquilleros porque la ciudad florece para todos. Hasta en las grietas de las calles donde ya se asoman unos cuántos arbolitos por falta de pavimentación, misma ciudad donde encender un abanico puede ser sinónimo de muerte gracias a su empresa de energía. Al fin y al cabo, de algo hay que morirse. Comprueben sin temores que la violencia en Barranquilla florece sin abono alguno y que los índices se multiplicaron en los últimos meses….encontrando, de paso, que los más felices en esta ciudad son los periodistas que ahora muestran orondos su rótulo de “terroristas mediáticos”. Sí señores: no cabemos de la dicha.

Y por si no lo sabían, estamos entre los primeros diez países del mundo con más desigualdad social y acá, en Barranquilla, la más feliz de Colombia, nos cobran, muy felices, impuestos sobre obras que nunca se ejecutaron con otro impuesto ya cobrado. O sea, para que seamos unos felices re-valorizados. Y para no quitarles más tiempo, ahora que lleguen a Barranquilla, pregunten en cualquier esquina cómo les parece que a nuestro equipo de fútbol, los emblemáticos “tiburones”, lleguen jóvenes refuerzos de 37 años y que, además, la mayoría de las contrataciones sean desechos de los equipos paisas. Miren: somos tan felices, que compartimos región: ¡Viva el Atlético Junior de Aburrá, carajo!

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