viernes, 9 de noviembre de 2012

Anuar Saad gana Concurso de Cuento inter - universitario Metáfora


La IV convocatoria de Cuento y Poesía, "Metáfora" de la Universidad Autónoma del Caribe, que en esta ocasión fue abierta para la participación de docentes y estudiantes de otras universidades de la región, tuvo como ganador, en la modalidad de Cuento, al periodista,  escritor y docente de Tiempo Completo de la UAC, Anuar Saad Saad quien participó con su relato corto "Rebelión". El docente había ganado, en 2010, el Concurso Nacional de Cuentos del Ministerio de Educación Nacional con el relato "Un trabajo Fácil" cuyo link está a continuación: http://anuarsaad.blogspot.com/2011/01/un-trabajo-facil-cuento-ganador-del-iii.html


El texto del relato ganador, Rebelión, del Concurso de Cuento y Poesía "Metáfora", es el siguiente:

Rebelión

Por Anuar Saad
“En los años 1600
cuando el tirano mandó
las calles de Cartagena
aquella  historia vivió...”
Rebelión, de Joe Arroyo

El conquistador tocó tierra enfundado en su casaca de metal plateado y, con ese porte de semidiós, caminó airoso seguido de cerca por sus ochenta y siete  marineros que miraban el salvaje paisaje como lobos hambrientos en busca de su presa. Se detuvo unos metros más allá y con un gesto de su mano izquierda, sus ochenta y siete hombres también se detuvieron. Entonces hundió la lustrosa y mortal espada sobre la arena que devolvía los destellos del sol del mediodía y, señalando el horizonte, vociferó lo que había querido gritar desde aquella mañana lejana en que partió del viejo puerto español: “¡Las nuevas tierras de Su Majestad!” Acto seguido, y sin mediar más palabras, arrasaron aldeas, quemaron cambuchas y refugios y liquidaron, uno a uno, a los indígenas que trataron de oponerse al yugo.
Los marineros, en loco frenesí, descubrieron la belleza salvaje de las nativas a quienes tomaron como suyas tratando de conquistar, con la fuerza de la espada, ese tesoro virgen que ellas escondían bajo sus exóticos ropajes. Poco a poco los vestigios de esa civilización quedaron sepultados por una colonización violenta.
“Toro Veloz”, el gran jefe malherido, se incorporó en medio del charco viscoso de su propia sangre. Con una estela de muerte revoloteando sobre su cabeza, y en medio de la oscuridad que cegaba sus ojos, rugió con una voz de trueno que no parecía suya en un dialecto que los españoles desconocían: “Algún día, en esta vida o la otra; por mi mano o por la de los que me siguen; pronto, o en cien vidas, tú o uno de los tuyos, morirá por mi lanza”.
A los pocos segundos, “Toro Veloz” se desplomó para siempre. A su lado cayó su lanza, perfectamente tallada y aderezada con piedras preciosas en la que, esculpida en oro, refulgía la cara fiera de un león sobre su empuñadura.
Don Rodrigo, el conquistador, presuroso, se apoderó de ella.
-o-o-o-o-
La exposición había terminado y los últimos turistas de piernas largas y blancas como velas, desfilaban uno tras otro asombrados de las maravillas exhibidas, mientras que el guía de rostro adusto y mirada desconfiada, se cercioraba que todo estuviera en absoluto orden.
-Thanks you- Se despidió el último masticando un chicle trasnochado al tiempo que el curador que regentaba el Museo no terminaba de frotarse las manos celebrando su éxito en silencio. Cuando la puerta se cerró, se desplomó en el fino sillón de legítimo cuero de búfalo  virgen y lanzó un suspiro de alivio.
Momentos después caminó repasando sus tesoros deteniéndose brevemente frente a cada objeto expuesto para dejar volar su imaginación y fantasear sobre las circunstancias en que los conquistadores se habían adueñado del botín en medio, seguramente, de una sangrienta lucha.
Sus ojos se posaron sobre una lanza cuya empuñadura refulgía tan escandalosa, que parecía tener vida. La mitad representaba a un guerrero y la otra, a un león.
“Debió ser de un cacique”, pensó, e impulsado por un malsano instinto levantó el vidrio de seguridad y arrancó la lanza de su pedestal sopesándola, blandiéndola, mirándola como hipnotizado. Cuarenta segundos después escuchó un estruendo y el grito de voces amenazantes. Un disparo estalló en alguna parte mientras que tres encapuchados desarmaron al sorprendido guardia que rogaba por su vida.
Uno a uno, los legendarios objetos de oro fueron empaquetados en gruesos sacos, mientras que el curador, aún con la lanza en ristre, buscaba la forma de detener su ruina.
Fue entonces cuando el encapuchado que daba las órdenes, se fijó en él.

-o-o-o-o-o-o-o-
El periódico de ese día registró el hecho en su primera página. Según la noticia, a cuatro columnas, arriba a la izquierda y firmada por un tal Manuel Pérez, el guardia del Museo Dorado, “aún no sabe de dónde carajos salieron los ladrones”, pero de lo que sí está seguro, es que, cuando despertó, sentía un dolor punzante ametrallando su cabeza.
Cuando todo dejó de darle vueltas, fue que el guardia vio el cuerpo. Ahí estaba, en toda la mitad de la sala en que se exhibían los valiosos objetos, esos mismos, que se esfumaron por arte de magia con excepción de la lanza de empuñadura dorada con cara de león, que aún permanecía allí: estática, fría y mortal… sobresaliendo,  teñida de rojo, del cuerpo sin vida del curador español.

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