miércoles, 21 de noviembre de 2012

¡Adiós, Maestro!


Se fue un grande de la narración periodística en Colombia.

POR ANUAR SAAD

No me reponía aún del dolor de patria por la pérdida de más de setenta mil kilómetros de mar, cuando mi manía de chequear en horas de la madrugada las noticias y las redes sociales a través de mi computador me sumen en otra pérdida, ésta, irreparable: el maestro de toda una generación de periodistas; el hombre que nos hizo soñar, reír y  llorar con sus narraciones; ese mismo que entregó su vida al ejercicio del buen periodismo, y a defender los colores de su club amado, el Junior de Barranquilla, se había ido para siempre.

No existe un periodista en la costa Caribe que, de una u otra manera, no haya sido tocado por la calidez y las enseñanzas de Ernesto McCausland. No existe un lector, televidente o radioescucha, que no haya madrugado a verlo, leerlo o escucharlo, y todo, gracias al talento múltiple que desplegaba este incansable periodista barranquillero.

Lo conocí hace 27 años cuando, con el terror de un primíparo, yo trataba de recorrer las instalaciones de El Heraldo que, en ese entonces, se me antojaban intimidantes. Él fue el culpable que, durante años, mi vida girara en torno a El Heraldo. Por él aprendí el arte de la edición periodística; la corrección de estilo; los secretos de la narración y, tal vez lo más importante, la necesidad de ser creativos para seguir vivos en el oficio.

McCausland fue un ejemplo de vida. Una vida que tuvo que empezar a defender cuando, a sus escasos 19 años, ya estaba sorteando por primera vez una dura batalla contra el cáncer. En ese entonces, en Estados Unidos, se sometió a terapias experimentales que, milagrosamente, dieron resultados en él. Ese milagro permitió que Barranquilla, el Caribe y el mundo, pudiera deleitarse, por más de un cuarto de siglo, de la prosa exquisita de este narrador sin igual.

Pero no se fue sin dejarnos nada. Haciendo honor a esa generosidad que lo haría célebre, partió heredándonos un legado inmenso de piezas magistrales en diversos géneros de la narrativa como el periodismo escrito; las crónicas televisivas; las historias radiales y el cine, tal vez, la pasión que más lo alentaba.

La última vez que lo vi me instó a que “calentara el brazo” con unas crónicas para El Heraldo con las que esporádicamente pude cumplir. Era el mismo Ernesto que había conocido 27 años antes, jovial, impaciente y sincero. Ese encuentro me hizo evocar las largas jornadas compartidas y las miles de lecciones aprendidas. Recuerdo su artimaña memorable de dejar a la vista su enorme maletín marrón para que, cuando la celosa subdirectora se paseara poco antes de las seis para verificar si sus redactores seguían allí, pensara que, en efecto, él también estaba, mientras que en realidad, yacía perdido entre los vericuetos de la ciudad tratando de fabricar su próxima historia.

Me dejó boquiabierto una ocasión en la que le conté que había un tipo que llamaba al periódico todas las mañanas, insistente, a quejarse de una factura, y él, sin decir más, se esfumó para aparecer solo cuatro horas más tarde con una colorida crónica de un hombre agobiado por una impagable factura telefónica: era capaz de transformar un hecho cotidiano, en una narración impecable. Lo tenía en su sangre. Como tenía su amor al Junior de Barranquilla y ese mamagallismo que lo haría célebre en el tenebroso “muro de la infamia” que dividía la sala de redacción. Era capaz de convencer a un periodista judicial con cara de caricatura, que podía ser actor de cine (como lo hizo) y crear fotomontajes perfectos en los que los redactores hacíamos “el baile del indio” a un cobrador puntual que nos atormentaba cada quincena.

Para él no había hecho que no pudiera ser contado. No había historia que no pudiera ser relatada como una crónica y no había mayor deleite, que encontrar, en jóvenes talentos, todavía viva esa llama por la pasión periodística y la narración. No olvidaré jamás esas tertulias mañaneras al interior del diario con Fabio Poveda Márquez; Ricardo Rocha, Guillermo Salcedo y Juan B. Fernández Noguera en las que, con su picaresca natural, daba cuenta de los sucesos que habían sido noticias en ese día. Le gustaba escuchar y ser escuchado. Le encantaba narrar, incluso, cuando simplemente estaba hablando con sus colegas mientras tomábamos un café.

En la academia siempre fue un referente. Para los jóvenes ha sido, y es, uno de los cronistas modernos que los ha marcado. Y a todos los que compartimos un pedazo de nuestra vida con él, nos dejó por fortuna, grabada para siempre en el alma, su mágica y vital forma narrativa. Tan vital que hoy, que ya no nos acompaña en este mundo terrenal, sus historias seguirán para siempre con nosotros.
¡Adiós, Maestro!



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