jueves, 18 de octubre de 2012

¿Las editoriales las prefieren p...?


POR ANUAR SAAD

Desde que Dania Londoño engordó –a costa del sonado caso del escándalo sexual con agentes del Servicio Secreto de los Estados Unidos—su hasta entonces lánguida cuenta corriente, ya no le llaman “trabajadora sexual”, “prostituta”, “dama de compañía” o “rebuscona”. Ahora los medios hablan (¡válgame Dios!) de “…La coqueta, frentera y voluptuosa mujer” quien, además, descubrió por obra y gracia del Espíritu Santo que aparte de ser especialista en favores sexuales… ¡sabe escribir!

Y precisamente, para finales de este mes de octubre, la Editorial Santillana tiene preparado, con bombos y platillos, cual lanzamiento de una obra de Mario Vargas Llosa, García Márquez o Fernando Vallejo, el libro “Room Service” que promete develar todos los secretos detrás del escándalo que conmocionó al mundo y que involucró al cuerpo de seguridad del Presidente Obama..

Pero más allá de la pornomisérica historia de la Londoño y su funesta y triste fama que seguramente le acompañará toda la vida, este episodio deja un sabor amargo para los que han tocado varias veces las puertas de una editorial y no han conseguido respuesta alguna. Para aquellos que quemaron pestañas durante años estudiando, leyendo, investigando, redactando, indagando, creando, para poder ser, algún día, un escritor reconocido, se darán cuenta, con tristeza, que años de trabajo pueden ser en vano y en cambio remplazados, por unas horas de revolcón entre sábanas, siempre y cuando, el co-protagonista del encuentro sexual, sea un gringo grandulón con cara de imbécil y cuyo oficio es dizque proteger al hombre más importante del mundo.

Así que si usted que me está leyendo sigue día a día dedicándole horas enteras a corregir ese borrador de libro que tiene cuatro años guardado en sus archivos de Word de su viejo computador, empiece a pensar muy seriamente en la posibilidad de cultivar hortalizas; dedicarse a vender tutifrutis en cualquier bulevar de la “ciudad que florece”; manejar un taxi o, porqué no, tratar de convertirse en un “damo” o “dama” de compañía para gente que busca amor comprado. Si explora esta última alternativa, podría presentarse la situación, en una noche de esas de favores prestados, que alguien se niegue a pagar después de gozar del servicio y usted, ni corto ni perezoso, armará un escándalo “de la madonna” y cuando lleguen los policías, tres horas después, se destapará, ¡oh sorpresa! que a quien había tenido entre las sábanas era el hijo díscolo del Rey de Inglaterra que estaba por estas tierras en procura de una “nueva colonización”.

Pero si a usted no le sucede algo parecido a este caso, no se preocupe: puede seguir revisando durante tres años más su manuscrito y seguir acudiendo, como retardo mental, a editoriales reconocidas internacionales, nacionales y por último regionales, con sus ya amarillentas cuartillas sobre la que caminará una hilera de comején, que ni siquiera la “salamanqueja tuerta” le abrirá las puertas. No hay nada que hacer. Si no explora los recovecos luminosos de la superación personal para ser un alter ego de Walter Rizzo; o si no descubre a un arrepentido paramilitar que quiere  confesar cómo ejecutó sus primeras siete masacres; o no se le presenta algún “encuentro cercano del tercer tipo”, sin duda usted estará destinado a ser cualquier cosa, menos escritor.

Ya lo dijo Isabella Santodomingo: “los caballeros las prefieren brutas” (y de eso puede dar fe nuestra bella Valerie Domínguez)… y entonces será –en ese orden de ideas-- ¿qué las editoriales las prefieren p…?

 

 

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