viernes, 17 de agosto de 2012

Somos patéticos, ¿y qué?


Comparto con mis lectores la columna del 17 de agosto de Alberto Martínez en El Heraldo. Aunque sí somos patéticos --a veces exageradamente patéticos-- también es cierto que así como sufrimos nuestras tragedias diarias (que son muchas) deben dejar que celebremos, a nuestra manera y como nos de la gana, los hechos que nos llenan de orgullo, que desafortunadamente, no son muchos. Demuestra Martínez, de paso, que todavía en El Heraldo hay algunos buenos columnistas que no invitan al bostezo. A.S.


Por Alberto Martínez M

Si la hermana de Michael Phelps vio el carro de bomberos en el que desfilaron los ocho medallistas colombianos, en medio de vítores y aplausos, seguramente pensó que en este país todos somos extraterrestres.
Y si, además, siguió atentamente el discurso del presidente Santos en el que, cual rey mago, repartía hasta automóviles según el color de preferencia, a los deportistas nacionales, diría que somos patéticos. ¡Unos extraterrestres enternecedores!
La señora Phelps, y todos los que la sigan, tienen el derecho de pensar lo que les plazca. Sí, somos patéticos.
El día que Mariana Pajón ganó la medalla de oro de bicicrós, lloramos a moco tendido y nos abrazamos con el primer mortal que encontramos en la euforia. ¡Y qué!
Cuando Catherine Ibargüen dio su salto de plata, paralizamos los centros comerciales alrededor de un televisor, e inundamos las redes sociales con su sonrisa blanca que arropaba la bandera tricolor. ¿Hay algún problema?
Mariana y Catherine, al lado de Rigoberto Urán, Carlos Mario Oquendo, Yury Alvear, Óscar Figueroa, Óscar Muñoz y Jacqueline Rentería, nos regalaron la posibilidad de ser felices, así fuera por un momento. Un derecho que, aunque patético, estábamos esperando por mucho tiempo.
Nuestra realidad, señorita Phelps, está plagada de menos entusiasmos. Las agendas que los medios de comunicación proponen nos conducen por los estadios del maltrato a la mujer, las carreras por la violación y asesinato de niños, las balanzas imperdonables de una justicia que se equivoca hasta en lo más elemental, las peleas destempladas de un expresidente que se niega a serlo, los combates que despiertan las propuestas de un Alcalde mayor y las luchas de los indígenas que se aburrieron de una guerra que nunca fue suya.
Mañana volveremos a esa realidad, con la que no convive su “hombre pez”. Sabemos que ella, la realidad, está ahí, esperándonos para amargar nuestros días. Si seguimos en este patético gozo colectivo, de hecho, es porque no queremos que nuestra noche se vuelva oscura, como también lo sospechamos.
Lo que estamos haciendo, miss, es alargar la agonía de nuestro alborozo. Mejor aún: estamos soñando con que, alguna vez, ese camión de bomberos marche repleto de cuellos amarillos de los que cuelgan glamorosas, medallas que emulen al sol.
Déjenos creerle al Presidente que las inversiones que van a hacer y que los entrenadores que vendrán de Cuba, conseguirán lo que, desde su perspectiva, puede ser un milagro.
Dénos la oportunidad de que las pistas y los centros de entrenamiento se llenen hoy de muchachos entusiastas que quieren repetir una hazaña que, de tanto serlo, un anhelado día será tan normal como los récord olímpicos de su hermano. 
Permítanos, en fin, creer que la solidaridad que despertaron nuestros atletas, en aquellos momentos fugaces, se puede extender a una fe permanente en nosotros mismos, que es a la postre la medalla más radiante que conseguimos en estos olímpicos. 
Sabemos, del mismo modo, que esto es patético, pero la esperanza también es un jarabe que bebemos de vez en cuando, del que esos muchachos de voces inocentes y miradas pérdidas en el asombro, nos dieron una cucharada jugosa.



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