jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Quién dijo que los milagros no existen?

La clasificación del Junior, más que una muestra futbolística, fue una prueba de fe.



POR: ANUAR SAAD

No nos digamos mentiras: nadie daba cinco centavos por el Junior. Todo el mundo sabía que, aunque era posible una victoria, remontar el 3-0 sería poco menos que imposible. -¿Y con esa defensa pecueca que tiene Junior?-, vociferaba un gordo en la tienda a pocas horas del partido.

El sentir de este hincha anónimo eras casi que el mismo de todos los aficionados. La defensa juniorista había demostrado en los últimos tres torneos ser un verdadero colador por lo que era improbable que en un partido tan definitivo, el rival no le anotara.

Las horas transcurrían y decidí llamar a varios amigos para poder ver juntos el partido por televisión. Uno a uno, todos fueron excusándose:

-Tengo una actividad en el colegio de mi hijo. Chúpate tú solo esa tortura-, me dijo en un mail mi amigo Alberto Martínez pensando en una segura eliminación. Convidé entonces al “otro Cacique de la Junta”, el docente John Acosta, quien antes que terminara de hablar me interrumpió para decirme:

-No viejo Anuar. Tengo un dolor en la nuca, lagrimeo en el ojo izquierdo; retención de líquido; dolor en los riñones y falta de sensibilidad en el brazo izquierdo- Ante tamaño auto diagnóstico y en procura de que dos horas de fútbol no terminaran con un infarto, descarté al amigo. Fue entonces cuando intenté con mi compadre Miguel Turbay para que viéramos juntos el juego. Su respuesta no fue muy distinta a los demás:

-No joda llave… no hay plata y gastarse algo en este partido no vale la pena. Este Junior está listo. Mejor guardamos fuerzas para el 24… ¿O es que todavía crees en los milagros?

Fue entonces cuando me tropecé con el colega Francesco Vitola quien hasta hace pocos días estaba tras las huellas de Sócrates, el legendario futbolista recientemente fallecido para poner en común lo que este genio tenía con el otro Sócrates, el aburrido filósofo. –Ajá ¿Vamos a ver el partido?- Le pregunté. Él respondió algo de un doctor que le había cancelado una cita y se esfumó con rapidez de ilusionista.

La suerte estaba echada: me tocaría, no solamente ver sin compañía el partido sino pelear en casa por un cupo en uno de los dos televisores: en uno mi mujer veía una telenovela y en el otro, mis hijas una serie extranjera. Recurriendo al método más efectivo para controlar esta situación (sobornando a mis hijas) tomé asiento frente a la tele y a los cuatro minutos ya sabía por qué nadie quería ver el partido: un tiro de Tolosa reventó en el palo izquierdo del arquero Viera, presagiando otra goleada.

Pero lo que pasó después nadie lo esperaba, aunque los hipócritas –me incluyo—juremos hoy que sabíamos que Junior clasificaría. Lo que pasó ayer fue una oda al convencimiento que, como dice el Maestro Yoda “La fuerza está dentro de uno” y aquí cabe un enorme reconocimiento al Cheché Hernández quien sin triunfalismo, sin alborotos, sin pasiones insanas, sin lamentos a la Dimayor, sólo exclamó tres palabras que hoy hacen historia. Tres palabras llenas de convicción y sensatez: “Vamos a intentarlo”. Y vaya si lo intentaron. Lo de ayer fue una prueba de que cuando se quiere se puede y una muestra de que el respaldo verdadero del público ese que –contrarios a mí—sí fueron al estadio y no se cansaron de gritar: ¡Sí se puede! contagiaron a los jugadores y a todos los que estábamos tras las pantallas de que en verdad la misión no era tan imposible.

Con el tercer gol mi grito, desde un cuarto piso en un barrio al norte de la ciudad, se unió al de muchos que ya corrían desaforados por la acera. Tras mi ventana se vivía un preludio de Carnaval que se cristalizaría justo en el momento en que Bacca convertiría el quinto penalti. Hasta mi mujer, que todavía no entiende por qué once hombres corren tras una pelota, se asomó a la ventana y hasta gritó un tímido ¡Viva Junior!

Fue entonces cuando un sonido me anunciaba que un mensaje acaba de llegar a mi celular. Era de mi compadre Miguel Turbay, el mismo escéptico de hace unas horas. Pulsé el botón y leí el mensaje que, en mayúsculas, decía: “¿Quién dijo que los milagros no existen?”



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