martes, 15 de febrero de 2011

Prensa y poder: ¿atracción fatal?


POR ANUAR SAAD S.



INTRODUCCIÓN

Dentro del amplio espectro de la comunicación social, destaca con luz propia el periodismo. Oficio tan viejo como el mundo mismo, que se ejercía casi sin darse cuenta de que en realidad se estaba practicando una especialidad específica. Lástima que no tenemos a la mano el testimonio de alguno de los evangelistas que escribieron con fervor a costa de su vida misma, una serie de libros que recogieron la vida, obra y milagros de un Jesús que sin duda cambió al mundo.

Es casi seguro que si no hubiera quedado registrado por medio de la palabra escrita el paso por este mundo del nazareno, recopilado en los libros de los apóstoles más cercanos a él, con milagros incluidos, no se habría creado el efecto multiplicador que aún tiene este hombre humilde, de palabra clara con mensajes sabios.

Es más, entre los primeros cronistas podemos citar a los autores del santo libro. Antiguo y Nuevo Testamento son una recopilación de crónicas que varían de lo social a lo judicial. Amores, desdichas, traiciones, venganzas, muertes, genocidio, masacres, hazañas, han quedado registrados para siempre en estos libros sacros. Esos autores, sin embargo, no exhibían cartel alguno, ni carné, ni chalecos llamativos, ni diplomas que los acreditaran como periodistas. Como tampoco a los conquistadores y misioneros que se aventuraron en el Nuevo Mundo y en crónicas, muchas de ellas anónimas, describían magistralmente la belleza de un paraíso al que llamarían América.

Es pues, amables lectores, un hecho de que el oficio más bello del mundo, como lo llama el Nobel Gabriel García Márquez, es también uno de los más viejos, y es así porque sencillamente desde que la comunicación existe, es decir, desde que un individuo pudo hablar con otro y vivir en comunidad, el oficio del periodismo empezó a echar raíces. La comunicación y el periodismo son simbióticos. Uno es el otro y viceversa. Incluso, las nuevas y prometedoras fronteras del amplio espectro de la comunicación son en gran parte una derivación del oficio periodístico.

EL PODER DE LA PRENSA

El mundo mismo ha cambiado su realidad gracias al ejercicio del periodismo, muchas veces para bien, y otras con resultados catastróficos. La eticidad está ligada estrechamente al devenir periodístico y el efecto en la comunidad se mide desde la misma intencionalidad con que se creó el mensaje. Desgraciadamente, las innovaciones electrónicas, digitales e informáticas que hoy están al servicio de este oficio hermoso, son utilizadas más para ganar audiencia o venta de ejemplares –en el caso de la televisión, la radio y la prensa escrita– que para volver a la verdadera razón de ser del oficio del periodista: su objetivo social.

Reduciendo el espectro geográfico, y enmarcando la profesión del periodista en Colombia, por ejemplo, nos encontramos en nuestras propias narices con un hecho que, aparentemente insignificante, tiene una relevancia que aún no ha sido realmente valorada: En los últimos 130 años, muchos de los hombres que han ostentado el honor de ser presidente de Colombia ejercieron en algún momento de sus vidas el oficio periodístico, como directores de periódicos, revistas o escribiendo sus editoriales.1 Entre ellos podemos señalar nombres como los de Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez, Eduardo Santos, Roberto Urdaneta, Enrique Olaya Herrera, Guillermo León Valencia, Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen, Belisario Betancur, Andrés Pastrana, Ernesto Samper, Juan Manuel Santos y otros a los que el destino, siempre impredecible, le impidió serlo, como el caso del asesinado candidato Luis Carlos Galán Sarmiento.

Ello nos lleva a deducir que en Colombia, como en otros muchos países, el periodismo está estrechamente ligado al poder y este nudo simbólico no ha dejado –hay que decirlo– cosas provechosas al sufrido pueblo colombiano. ¿Razones? Pues hay varias: algunos medios o directores de los mismos tienen por lo general pretensiones políticas que los lleva a tomar partido en el manejo de la información. Unos, claro está, con mayor desatino que otros. Los medios, que han crecido en tecnología en la última década, han perdido credibilidad dentro de la mente y el corazón de su público, que ve con espanto cómo los shows comerciales son transmitidos con despliegues exagerados –los famosos reality– y la manera descarada con que se deja de lado la realidad verdadera de un pueblo que se ahoga en su propia sangre y que cada vez está más insatisfecho en sus necesidades básicas.2

Mientras tanto, las cámaras o las rotativas se ponen al servicio del último evento social, o dan cuenta del número exacto de muertos del último atentado –sin interesarse siquiera por los sobrevivientes o la suerte de un pueblo obligado al desalojo– o de un trajinado y fastidioso tejemaneje politiquero que ya ni siquiera entendemos bien.

MONOPOLIO Y MANIPULACIÓN

A escala mundial el fenómeno también es creciente: las imágenes de la guerra del Golfo que apreciamos gracias a la televisión por cable sólo nos mostraban una cara de la moneda: las hazañas de los "héroes" estadunidenses quienes, como réplicas de Rambo, arrasaron a un pueblo que para ellos simbolizaba el mal. Nunca vimos la otra cara: los misiles que destruyeron hospitales, que arrasaron casas y edificios, los inocentes caídos bajo el "fuego vengador" ni la verdadera cifra de bajas que tuvieron los soldados estadunidenses. La manipulación de la información fue entonces evidente. Como ahora lo es con la nueva guerra cazada contra Irak. Me uno a la opinión de Daniel Samper Pizano, quien es su columna "Reloj", del diario El Tiempo, señaló que es sólo el interés económico lo que mueve a EU en su intención de guerra, y no la de proteger a una población supuestamente aplastada por un régimen demencial como el que ostentaba Hussein.3 ¿Está el mundo verdaderamente informado? ¿O es que sólo obtenemos la información que al binomio monopólico prensa–poder le interesan?

Por ello ha llegado el momento en que la llamada prensa alternativa, dormida aún en Latinoamérica, despierte. Una prensa más independiente, libre de las ataduras del monopolio económico y ajeno al poder político. Una prensa crítica con alto contenido social. Una prensa subjetivamente ética, capaz de analizar, interpretar e informar a la comunidad sobre la realidad que estamos viviendo.

Es paradójico que hace más de dos mil años se ejerciera este oficio derivado de la necesidad de comunicarnos teniendo como eje primordial a la comunidad. Se perseguía el bienestar social y la comunicación era una forma acertada de hacerlo. Hoy, miles de años después, cuando sostenemos provechosas discusiones sobre el periodismo digital, cuando presionando una tecla obtenemos toda la información y cuando los procesos comunicacionales han sido optimizados gracias a la evolución informática y satelital, hemos dado la espalda a lo social... a encontrar las causas de los problemas que nos aquejan, a proponer soluciones, a contar historias de vida que pueden ser ejemplo para la juventud, o para describir el drama de la violencia no sólo centrados en el recuento de muertos o el estado deplorable de las víctimas, sino el estado de indefensión de un pueblo que clama paz mientras tiene que protegerse de las balas provenientes de interminables frentes.

¿Y LA SOCIEDAD QUÉ? ¿SOLO AMARILLO?

Bien lo dijo el periodista Alejandro Santos Montejo (paradójicamente heredero de la dinastía de los monopolios periodísticos que han colonizado rotativas en todas las provincias del país), en la revista Semana hace algún tiempo en su columna habitual: "Si en Colombia los periodistas tuvieran que cubrir la historia de Caperucita Roja, la mayoría se limitaría a enfocar los charcos de sangre dejados por el lobo, el cuerpo desmembrado y aún tibio de la abuela, los rasguños simétricos en las paredes y la sábanas salpicadas por la rabiosa ferocidad del animal. En la habitación del crimen estaría seguramente concentrada la medusa de micrófonos, cables y cámaras registrando en vivo la noticia. Algunos estarían lanzando hipótesis sobre los posibles móviles del horrendo homicidio; otros, especulando sobre las huellas de sangre seca dejadas en el umbral de la puerta; y unos más hurgando en la vida íntima de la vieja para encontrar pistas que permitieran dar con el responsable. Cubrirían la ficción como cubren la realidad: buscando afanosamente rastros del lobo y retratando en primer plano el cuerpo inerte de la abuela. Son pocos, demasiado pocos, los que se preguntarían por Caperucita".4

Sin embargo, La comunicación social de hoy no debe relegarse de la modernidad, de la ciencia y de la tecnología. La inmediatez sigue teniendo la misma relevancia y la oportunidad en las noticias tiene validez. Lo imperdonable es que ahora se quiera sacrificar interés humano por mostrar sórdidas historias de las cuales sólo leeremos, veremos o escucharemos sus episodios más escandalosos, escondiendo de manera inexplicable el impacto que el hecho pueda tener en un número indeterminado de personas. De seguir así, seremos todos las caperucitas olvidadas de un periodismo que, abocado por una crisis económica que golpea los distintos sectores de un país aún tambaleante, espera sobrevivir a costa de competencia desleal, sensacionalismo y la manipulación del poder bajo el soterrado binomio prensa–política, representado en las más altas dignidades.

Parece que la democratización de la comunicación haya lamentablemente obligado a que la tan anhelada alternativa se remita únicamente a la proliferación de tabloides mal llamaos populares y cuyo principal interés es exacerbar el morbo, distorsionar realidades y mancillar memorias de las víctimas. El fenómeno (que se ha tomado a Colombia, Sudamérica y el mundo) es el pataleo desesperado de las grandes casas editoriales que tratan de compensar las utilidades que ya no generan en sus matrices importantes, por culpa de la globalización, el internet, la televisión digital, los blog y, en resumen, la virtualidad.

Los medios de comunicación son entonces un provocativo pastel del que quienes ostentan los distintos poderes –económico, político o social– quieren una tajada. Mientras tanto, todavía resuena el cacarear interminable de algunos, ilusos por demás, que aluden a la mal llamada libertad de prensa, sin darse cuenta que muchos de esos medios hacen uso de la mordaza para callar lo que está sucediendo a pocos metros de sus salas de redacción, e inexplicablemente sólo ven lo que en el fondo conviene a sus propios intereses. Y es que decir la verdad en este país dominado por el terror y la violencia, a veces tiene un precio catastrófico. Los restos humeantes del diario El Espectador y las lápidas de los profesionales del periodismo son pruebas fehacientes de ello.

Al interior de las Facultades de Comunicación Social o de Periodismo se debe fortalecer el valor ético de la profesión ya que la historia nos demuestra que no basta con obtener el conocimiento y la última tecnología para procesar la información, si el talento y la modernización van a estar solamente al servicio incondicional de los intereses que beneficien a unos pocos y no a la comunidad.

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Notas:

1 Aunque sabía que eran muchos los presidentes que han ostentado el poder siendo periodistas, la lista completa la hallé en «La nueva Historia de Colombia» Volúmen VI, Capítulo quinto. Sólo incluí los nombres más representativos.



2 El entonces estudiante de noveno semestre de Comunicación Social-Periodismo Carlos Navarro escribió en el periódico universitario El Comunicador un detallado análisis de los llamados reality en relación con la ética del periodismo. «El otro reality», título del artículo en el que el comunicador afirma que «...las grandes programadoras de TV están haciendo lo posible por fabricar realidades y exponer a sus protagonistas a defenderse. ¿Pero en dónde queda la realidad verdadera que agobia a millares de compatriotas cada día?».



3 Columna publicada en el diario El Tiempo el martes 4 de febrero del 2003, en la que el periodista Daniel Samper Pizano afirma que sólo el interés económico –léase petroleo– mueve a EU en su insistente intentona de guerra contra Irak. Recuerda, además, que Estados Unidos, contra los dictadores de América, nunca movió un dedo para derrocarlos, desde Pinochet hasta Videla.


4 El periodista Alejandro Santo Rubino, en una columna publicada en agosto del 2006 en la revista Semana que dirige, titulada «Tinta Roja», hace una radiografía exacta de la realidad de los medios en su afán por captar público mostrando sólo los detalles truculentos de las historias y abandonando a su suerte a las otras personas –una gran mayoría– que son afectadas por el hecho convirtiéndose en víctimas inocentes.