martes, 8 de febrero de 2011

El niño y el Concejal


Un ejemplo de cómo un acto de intolerancia, puede terminar en tragedia.


POR ANUAR SAAD

El concejal Sergio Cadena terminó despelucándose. En un desmedido acto –seguramente impulsado por la ira—perdió los estribos y agredió físicamente a dos menores de edad a los que, además, encañonó con su arma de fuego, que me imagino, debe tener sus papeles en regla.

Pero más allá de su intolerancia a una característica física que posee no sólo él sino el 30% de los hombres en el mundo, siento mucha pena por el Concejal Cadena. Y es que no puedo sentir otra cosa porque, con el hecho de ayer, quedó demostrado que el edil además de no tener pelo… tampoco tiene suerte.

Y qué suerte puede tener, si precisamente atinó a pegarle y a amenazar, no al molesto niño de la esquina, a fulanito o a perencejo, sino que, precisamente, lo hizo contra el hijo de ¡una juez! Es tan de malas como aquel que habla mal de una señora que resulta la madre de su novia. Imagínense la que se formaría.

Aún si los niños y los jovencitos –que como lo han reconocido desde Freud hasta los sicólogos modernos, son crueles por naturaleza—le gritaran en estribillo “calvo”, “calvo”, “calvo”, eso no da pie para tamaña respuesta. Es como el que te pega con una bola de papel y le respondes con un mazo de acero. Hay un uso desproporcionado de la fuerza sin añadir que el honorable concejal terminó alzando al niño por el pescuezo y encañonándolo con su pistola.

Este acto de intolerancia, guardando las proporciones, me hizo recordar al funesto hecho que terminó con un hombre muerto y el futbolista del Atlético Junior, Javier Flórez, tras las rejas y con su vida profesional hecha añicos porque su vecino se la había montado toda la mañana por haber perdido el título contra el Once Caldas: el vecino le gritaba y le gritaba… y él respondió con tres balazos.

Le fue bien al Concejal, por lo menos, en el sentido de que no llegó a apretar el gatillo. Algo debió, afortunadamente para él y su familia, pasar por su mente y reaccionar dándose cuenta que estaba a punto de cometer una locura. El señor Cadena debe saber que, viviendo en una tierra como la nuestra, dicharachera, mamagallista, folclórica y coloquial, no puede ponerse bravo cuando alguien le grite de pretil a pretil: “ajá viejo calvo ¿y qué?”. Por no transcribir la verdadera frase que se me viene a la mente y que han padecido, incluso, muchos colegas cercanos a mí y casi todos mis familiares, a causa de su brillante y límpida cabeza.

El caso es que no la veo fácil para el Concejal. Tiene encima una demanda, precisamente presentada por la Juez 12 del circuito de Barranquilla, María Claudia Isaza, madre del jovencito de 14 años, quien además, se negó a conciliar con el edil quien ya reconoció públicamente que se arrepiente de los hechos, aunque sostiene que “sólo me estaba defendiendo de una agresión”. Al respecto, el jovencito afirma que ellos tenían una tijera en el bolso porque venían de hacer un trabajo de artes manuales y que ante la reacción del concejal, el muchacho la sacó.

Seguramente el suceso terminará de buena manera, con interpuesta conciliación judicial, porque está enmarcado en una reacción instintiva, nada premeditada llevada por la emoción y no por la razón. Pero la lección está dada y hay que saber aprenderla. Por eso, desde mi modesta columna, digo al oído del concejal, que aparte una suite en algún hotel de Cartagena, o que explore la belleza de las Islas de San Andrés, o por qué no, haga un viajecito relámpago a Miami con su familia. El caso, señor concejal, es que no se pase los carnavales en Barranquilla.

No quiero ni imaginarme cuál sería su reacción, si al asomarse a la Vía 40, en busca de su palco para la Batalla de Flores, un borrachito enmaicenado le agarra la brillante cabeza y le grita: “ajá y qué cabeza de mortadela”.

Lo dicho: la primera semana de marzo puede ser perjudicial para su salud o la salud de algún carnavalero lengüilargo. Evitemos tragedias. Empaque con juicio, y pásese unos días lejos de las fiestas del Rey Momo que, según el libro “Lexicón del Carnaval” de la autoría del profesor Alejandro Espinosa, es “…una deidad burlesca, alegre, expulsada del Olimpo por la causticidad de sus dichos”…y que tal vez se le represente algo pasadito de peso… ¡pero con abundante cabellera!



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