lunes, 7 de febrero de 2011

Del periodismo, la noticia y la subjetividad

Una aproximación a la evolución del discurso periodístico



ANUAR SAAD SAAD


Desde hace mucho tiempo la palabra “noticia” entró a formar parte de nuestro vocabulario cotidiano. A lo largo de la historia del periodismo se han hecho muchas interpretaciones sobre la naturaleza, el desarrollo y la producción de este género periodístico considerado por muchos como el “género puro por excelencia”.

La noticia nace de un acontecimiento que, por su interés, se vuelve público y es comentado. En la medida en que afecte a una comunidad, que produzca reacciones y comentarios, este hecho hará el tránsito desde el acontecimiento hasta la noticia. No está de más aclarar que no todos los hechos o sucesos terminan por ser categorizados como noticia. Lo que es peor: lo que puede ser noticia para un diario, puede no serlo para otro; y lo que sea de interés a una comunidad no representa ese mismo interés para otra.

Existen muchas definiciones de “noticia”. En un principio la noticia periodística se definió como la comunicación a un público interesado de un hecho que acababa de producirse o de anunciarse a través de unos medios de comunicación masivos. Y el conjunto de noticias debía ser el reflejo de una realidad que tenía que describirse, explicarse e interpretarse a los receptores, para que pudiera formarse la opinión pública (Foncuberta, 1999).

El periodismo como práctica e instrumento de la modernidad, es decir, como un saber necesario a una época, se apoya en diferentes jerarquizaciones que determinan lo qué es noticia y qué no. De esa forma, se establecen los criterios para la construcción de lo cotidiano y se logra moldear una para-realidad, o una ilusión de lo real, que a medida que se toma como única y cierta, empieza a percibirse ya no como algo creado, sino como lo previo, lo existente en sí mismo. Se genera así una situación en la que el periodismo alienta una inequidad cognitiva al privilegiar una percepción sobre otra. ¿Pero será la percepción desde el periodismo la que va más acorde con la realidad verdadera? Puede ser. Pero de igual forma existen factores que terminan modificando la importancia de la noticia y, por ende, la realidad.

Quizá la noción clave para dar cuenta de este malentendido es la de objetividad, término que solía constituirse en el valor único del discurso de los medios. Daniel Ulanovsky señala al respecto que habría que buscar la raíz de este proceso en uno de los conceptos que desarrolla el sociólogo Marshall Berman a partir de ideas esbozadas por Carlos Marx y que explican la necesidad de generar una sensación de certeza en un mundo en el que “todo lo que es sólido se desvanece en el aire” . En ese sentido, el periodismo, en su formato clásico, evita la idea de que lo concreto se esfuma ya que enfatiza sobre la preexistencia de una realidad.

El periodista que desarrolla un trabajo de campo o que se avoca a cubrir un hecho de interés para el público, trata de reflejar en su escrito, de la mejor manera posible, esa realidad. Pero el reflejo de la realidad no puede ser aséptico. Es decir, no puede ser supeditado a reglas preexistentes que indiquen por qué camino toma el redactor para que la realidad por él percibida y vivida, sea veraz.

No siempre la veracidad se logra por el camino de la objetividad –precepto que se había enquistado por años ya que se torna peligroso cuando se intenta reflejar los diferentes mundos cotidianos- tal como lo explica Ulanovzky en su texto “La construcción de la noticia: en busca de la equidad perdida”:

“Si desde una epistemología demasiado frágil se define lo objetivo a partir de ciertas reglas y de ciertas preguntas, su carácter resulta equívoco y absolutista. Cuando nos enfrentamos a una sola realidad, sólo basta con conocer las técnicas necesarias para encontrarla. Esas técnicas, sin embargo, han sido pensadas para dar forma a una clase de percepción y no a otras. De ahí, la situación de inequidad: habrá vivencias, procesos, sentimientos, subjetividades que nunca serán registrados como realidad porque no se los detecta con las herramientas que utilizamos”.

De la mano de la masificación de la noticia y de la evolución de la prensa escrita, empezaron a circular doctrinas sobre el “cómo” redactar una noticia que, aparte de los obvios ingredientes periodísticos que debían denotar un interés para un público determinado, tenía una carga adicional que era la pretensión de que el que escribía debía circunscribirse a una cierta actitud al momento de encarar los hechos, lo que se conoció más tarde con el nombre de “objetividad periodística”.

El Mismo Ulanovsky sostiene que el principal problema epistemológico de la comunicación social moderna se remite a su característica de haber nacido y de ser funcional a una época que ha basado sus preceptos fundantes en la lógica industrial. Por eso no es casual que la confección de la noticia se haya pensado en lógica de cadena productiva en vez de subrayar las cualidades del hacedor, del artesano de la información, en breve, del periodista.

Hoy, los periodistas y los medios deben atreverse a sumar lo subjetivo a la información, y empezar a trabajar el concepto de mirada y de honestidad, conjugándolo con el de objetividad. Si partimos de la base de que lo real es una construcción, parece más apropiado que le ofrezcamos al público la posibilidad de compartir ese proceso personal –las dudas, las certezas, los valores-- que aqueja al periodista a medida que moldea la información en vez de escudarnos en el falso precepto de “la realidad existe, sólo la transmitimos”. En este sentido, vale mencionar una cita del filósofo francés Jacques Derrida :

“El primer rasgo es que la actualidad, precisamente, está hecha, para saber de qué está hecha, no es menos preciso saber que lo está. No está dada sino activamente producida, cribada, utilizada y performativamente interpretada por numerosos dispositivos ficticios o artificiales, jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio de fuerzas e intereses que los “sujetos” y los agentes (productores y consumidores de actualidad -a veces también son “filósofos” y siempre intérpretes-) nunca perciben lo suficiente. Por más singular, irreductible, testaruda, dolorosa o trágica que sea la “realidad” a la cual se refiere la “actualidad”, ésta nos llega a través de una hechura ficcional. No es posible analizarla más que al precio de un trabajo de resistencia, de contra interpretación vigilante, etcétera. Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión.”



Si nos detenemos a desmenuzar el cómo debería –según los manuales y reglas del periodismo—abordar un hecho noticioso un redactor determinado, tendríamos que señalar que éste está limitado por una camisa de fuerza impuestas por la triangulación de la noticia, el desarrollo de unos interrogantes básicos (las 5 w) y la obligatoriedad de negarse así mismo la posibilidad de mezclar información con puntos de vista propios, interpretación, matización y hasta empezar el abordaje del escrito de una manera libre y no predeterminada por un patrón (las famosas “clases de entrada” impuestas).

El desarrollo y puesta en marcha de este tipo de ejercicio periodístico conllevó a una desigualdad en el trabajo del periodista ya que él, a pesar de que debería describir lo que observa, lo que escucha, lo que percibe, lo que huele, lo que siente, lo que saborea, queda atado de manos por las rígidas reglas que le impiden utilizar técnicas y herramientas novedosas para llevar a cabo una narración que, efectivamente, recoja una fiel aproximación de la realidad sin que él mismo deba sustraerse de ella como ser pensante y sensible.



FACTORES QUE LA MODIFICAN

Muchos periodistas y pensadores agregan otras ventajas a la llamada objetividad periodística, entre ellas, que esta exige solamente que los reporteros se hagan responsables de cómo informar, no de lo que se está informando. Según la respuesta común que entregan los medios acusados y acosados por el público como sensacionalistas, ellos son objetivos porque se limitan a registrar la realidad sin comentarios ni interpretaciones; y de hecho, es una tradición vigente en una parte de la prensa en el mundo, que la tarea informativa debe limitarse a la transcripción rigurosa y exacta de los hechos y de las opiniones, tal y como se dieron en la realidad (Restrepo, 2001).

Son percepciones que a veces se contradicen y que dejan intacta la pregunta: ¿qué es la objetividad? El reconocido analista del discurso periodístico, Miguel Rodrigo Alsina, asegura que podemos señalar la existencia de cierto discurso marxista sobre la objetividad partiendo del principio de que “la realidad existe de forma objetiva, independiente del sujeto. Pero no siempre el reflejo de la realidad que recoge la prensa es verdadero o fiel”. Lo cierto es que hay que hacer también la distinción entre objetividad y neutralidad, porque mientras que la primera es deseable, la segunda no es ni tan siquiera posible.

El concepto capitalista, por su parte, según el mismo Rodrigo Alsina, es que “la objetividad propugna la descripción de los principales hechos desconectados de las relaciones de clase en que se dan. Una objetividad así concebida no es objetiva”

Este punto llama poderosamente la atención porque se refiere a los factores que modifican la importancia de una noticia, tocados por casi todos los teóricos sobre periodismo escrito, principalmente, con mayor énfasis en las décadas de los 70 y 80. Entre estos factores podemos vincular la presión del medio (léase directivas) hacia sus propios periodistas; el nexo publicitario (cuando la noticia le puede hacer daño a uno de sus mayores anunciantes); la distancia geográfica (cuando el hecho es muy distante de la ciudad de origen del diario); la familiaridad (cuando un familiar de las directivas del medio están en el ojo del huracán); y por último, pero no menos importante, los intereses políticos o de poder económico. Este último aspecto cobija a aquellos diarios importantes que constituyen en sí mismos un epicentro de poder y tienen la facultad de poner, mantener o hacer caer, a líderes políticos.

En Colombia aún se recuerda la firme posición editorial del diario El Tiempo, casi en contravía de sus mismas informaciones noticiosas, en las que el Director de ese entonces instó al controvertido presidente Ernesto Samper, a que se mantuviera en el poder para “preservar la democracia”. Aunque las noticias como tal apuntaban a sumergir el mandato de Samper en un mar de incertidumbre y líos judiciales, la trinchera editorial del diario marcaba un derrotero distinto convirtiéndose ello en un ejercicio interesante dentro de un diario que dice preservar la pluralidad de criterios y la independencia de sus periodistas.

Pero uno de los grandes trucos de la prensa capitalista se da en el momento en que se aíslan determinados hechos reales en sus noticias; en esos momentos en que se cortan las raíces que los afirman en toda la realidad; cuando se les prohíbe a sus reporteros que se pronuncien sobre ellos mientras que la dirección del diario puede darles la interpretación subjetiva que quiera en la página editorial, amparada por la bandera pirata de que los hechos son sagrados y el comentario es libre.

Hay que apuntar que, como dice Gomis (1997), no todos los hechos son percibidos, y entre los hechos percibidos no todos sirven como noticia. La esencia de la noticia es la capacidad de comentario que el hecho tenga. Si un hecho suscita comentarios, es noticia. Si no los suscita, no lo es aunque llegue a imprimirse porque no produce los efectos que siempre se ha esperado de la noticia, es decir, los efectos que han dado origen a la existencia misma de las noticias de prensa”.



OBJETIVIDAD Y REALIDAD

En aras del tan nombrado objetivismo, mismo que se pontificó durante décadas en todas las universidades del mundo como sinónimo de excelencia periodística, los periodistas contaban sus noticias de una forma tan escueta, inodora, incolora, lejana, como “no queriendo ensuciarse las manos con el hecho”, tratando de alejar el “yo” del hecho periodístico para no caer en el “pecado mortal” de atreverse a esbozar una interpretación del mismo.

Esta clase de objetividad se ceñía a inventariar al hecho, pero se alejaba de los sujetos que componían las acciones. No penetraban en su vida; no los mostraban; eran tratados como una cifra más en el devenir diario y cotidiano de lo periodístico. Para Miguel Rodrigo Alsina el objetivismo es un discurso que carece de carácter reflexivo; enfoca unilateralmente el "objeto", pero oculta al "sujeto" hablante para quien es un objeto; así, el objetivismo ignora el modo en que el objeto mencionado depende, en parte, del lenguaje en que es mencionado, y varía de carácter según el lenguaje o la teoría usados.

El mismo autor distingue dos formas de objetividad que vienen a corresponder a dos tipos de ideología: Uno de ellos es el "objetivismo idealista", que subraya las bases lógicas, intelectuales o lingüísticas del discurso, y simultáneamente da por sentado el fundamento "material" o sociológico del hablante. La segunda es el "objetivismo materialista", cuya atención se concentra en la base sociológica del hablante, pero oculta la naturaleza del discurso como fundado en el lenguaje, o teoría, y dependiente de él.



¿ES POSIBLE LA OBJETIVIDAD?

Cuando se trata de explicar lo débil que puede resultar la verdadera naturaleza de la objetividad, se pone de ejemplo el caso de que tres periodistas, de distintos medios, van a cubrir una misma noticia teniendo acceso a los mismos hechos, fuentes, testimonios y personajes. A pesar de que prácticamente los tres vieron, escucharon y vivieron “lo mismo”, al leerse las tres historias cada una de ellas tendrá diferencias con la otra y profundizará más en cosas que esa otra, por ejemplo, no hizo.

Es imposible desligar del periodismo el ejercicio de la interpretación, porque la percepción de la realidad es innata del ser humano y el relato periodístico es una forma de construir esa realidad dejando que el “yo” de quien escribe, pueda pensar, interpretar y valorar el hecho, sin distorsionar la realidad.

Muchas veces el esfuerzo inocuo de los periodistas por aparentar una objetividad “a prueba de balas” los lleva al fracaso. El resultado puede ser un texto frío, lejano al lector que no penetra en sus entrañas ni lo hace estremecer, reír, entristecerse o alegrarse.

La información aséptica, aunque sigue siendo información, pierde un valor legítimo: la sensibilidad del periodista. Es más creíble, un periodista que muestre sensibilidad por un hecho determinado, a aquel que a pesar de la tragedia, mantiene su prosa fría y se limita a inventariar a las víctimas en aras de ser objetivo. La búsqueda de la objetividad no puede deshumanizar el relato, por ello, esta modalidad fuertemente arraigada en los discursos sobre la enseñanza del periodismo, empezó a ser cuestionada a finales de la década de los 70 cuando ese movimiento espontáneo que surgió en los 50s y que se conoció como “Periodismo Literario” ó “Periodismo Narrativo”, empezó a tener eco en el mundo. Esta escuela, sostiene que más que una noticia, el lector debe conocer una historia que, como tal, tiene sus protagonistas, sus situaciones, sus causas y sus consecuencias.

Desde la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, por ejemplo, se viene instando a la nueva generación de periodistas a privilegiar la narración y poner ésta al servicio de los grandes géneros periodísticos que son, más que las noticias, la razón de ser de los diarios y revistas modernos. La evolución ha sido tan marcada en el concepto de objetividad, que la tan utilizada “Pirámide Invertida”, paradigma del periodismo objetivo y del esquema noticioso afianzado desde la segunda guerra mundial por los corresponsales de guerra y las agencias internacionales de noticias, empezó a naufragar.

Según Gustavo González Rodríguez , director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile “…el clásico aforismo periodístico anglosajón de que los hechos son sagrados y las opiniones son libres se instaló con fuerza en los primeros planteles que apuntaron a formar profesionales altamente capacitados para recoger y relatar acontecimientos. Se privilegió así en los albores, la enseñanza del reporteo o reporterismo, base esencial sin duda del oficio periodístico.

La condición de reportero sigue siendo valorada hasta ahora como esencial en la profesión, porque representa el primer escalafón del aprendizaje práctico y es la base de los emprendimientos mayores de investigación periodística. Pero simultáneamente su imagen se ha visto disminuida por la devaluación de dos de los factores intrínsecos al ejercicio informativo anglosajón: el mito de la objetividad derivado de la sacralización de los hechos y la pirámide invertida como estructura prototípica de un relato noticioso supuestamente neutral”.

El conocidísimo texto de Heráclito sobre el hombre que no puede bañarse dos veces en el mismo río, porque sus aguas en movimiento constante hacen distintos ríos cada instante, es una comparación feliz para describir la tarea del periodista. Los hechos de la historia diaria, que son la materia prima de la información periodística, son tan cambiantes como las aguas de un río. Pretender la objetividad es tanto como creer que es posible capturar y congelar el instante que huye (Restrepo, 2001).

Un periódico de hoy sería una fuente de argumentos para los escépticos que, en los comienzos de la reflexión filosófica, consideren que el ser humano está incapacitado para conocer la realidad de las cosas. Esa imposibilidad del conocimiento objetivo está ratificada por hechos como estos, que el periodista conoce, o porque ha sido actor en ellos, o porque ha sido su testigo.



LA EVOLUCION DE LA NOTICIA

En la búsqueda de un periodismo más humanizado, comprometido con la comunidad, veedor de su bienestar, informador fiel de los hechos y sucesos que afectan a todos, los periodistas y los medios deben dar el paso definitivo que los acerque a sus lectores y atreverse a sumar la mirada subjetiva a la información conjugando con ello los valores de visión y honestidad. Si estamos partiendo del punto clave de que lo real es una construcción, lo más apropiado es que le podamos ofrecer a nuestro público la posibilidad de compartir ese proceso personal en el que se incluyen nuestras dudas, las certezas, los valores, temores, inquietudes, que van aquejando al periodista a medida que empieza a pulir su información en vez de escudarnos en el falso precepto de ser simples transmisores de una realidad que ya existe.

No podemos pensar que lo cotidiano no puede ser contado. El proceso de reinvención de la noticia se nutre, precisamente, de una relectura de lo actual, lo vivido, lo cotidiano y un redescubrimiento del entorno que nos rodea más allá de lo espectacular que suele ser sensacionalista. Debemos ser concientes que también los hechos positivos son noticia y no solamente las cruentas tomas subversivas, los atentados con carro-bomba o la corrupción política. Al abordar estos o cualquier tema, deben surgir preguntas claves en el periodista que lo conduzcan a la interpretación de la realidad, de lo visible de lo obvio y lo lleven a una exploración más profunda: ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin? ¿A quién conviene? ¿A quién perjudica? Interrogantes que nos impulsan más allá de determinar el quién lo hizo, cuándo y cómo sucedió. Debemos recordar que los síntomas, por sí solos, no constituyen una realidad. La interpretación de los mismos con sus causas y efectos, sin duda nos aproximarán a ella.

El cuestionamiento a la noticia tradicional, paradigma de la objetividad, no es nuevo. Llama la atención que ya en los 80s G. Martín Vivaldi, en su segunda edición del texto “Géneros Periodísticos”, advertía de la precariedad del género, instalado como única fuente de información para los lectores.

La posición de Martín Vivaldi va de acorde a lo que ya se vislumbraba en los años 80 dónde empieza a irrumpir con fuerza la era de la información, catapultada por las novedades tecnológicas que fueron permitiendo que los noticieros televisivos pudieran, gracias a la tecnología satelital, informar en directo un suceso de interés para la comunidad y la inmediatez misma de la radio que se anticipaba por mucho, a lo que publicaba 24 horas después un diario. Desde entonces, se empezó a tener la certeza de que los periódicos que mantenían su esquema informativo basado en el género de la Noticia, podrían naufragar debido a que lo que contaban bajo ese rígido género, ya había sido mostrado con pelos y señales por otros medios más inmediatos.

¿Cómo se podría aportar al hecho ya conocido a través del “objetivo” género noticioso? Una tarea imposible que empezó a allanar el camino para que los diarios incluyeran en su edición reportajes y crónicas, géneros permeables a la interpretación y la subjetividad. Es decir, instrumentos periodísticos que permitían complementar el hecho desde otras visiones, otros ángulos, afianzando la voz del periodista como el “narrador de una historia”.

“Las principales noticias que aparecen hoy en cualquier edición de un periódico, pudieron ser conocidas con anterioridad a través de los boletines informativos radiados o televisados. Aún admitiendo la insuficiencia de la noticia radiodifundida o televisada, aún contando con la distracción del oyente o el teleespectador, teniendo en cuenta la falta de fijación en la memoria de la noticia audiovisual, el hecho es que el periódico diario, cuando sale a la calle, sale ya prácticamente con noticias viejas, conocidas en su esencia informativa (M. Vivaldi, 1987).

Obviamente, el periódico no podrá dar como solución a este conflicto planteado, evadir la redacción de noticias; más bien debería replantear el esquema de las mismas y su forma de ser tratadas al momento de la elaboración. En palabras de Vivaldi (1987, p45), “…no satisfacerse con decir: esto ha pasado, sino de agotar toda la problemática de lo sucedido.” Sobre el papel de los periódicos en la elaboración de los textos noticiosos, Hernan Kogan, exdirector del Chicago Sun Times, aseveró que “…lo que hace falta es nada menos que una revolución en el periodismo…Los periódicos no me dan suficientemente el porqué de la historia”.

Y es precisamente eso lo que el lector de hoy quiere encontrar en los diarios: más que la objetiva y escueta noticia, desea leer la historia completa y compleja con sus vericuetos, misterios, personalidades y tipificaciones. Para ello, indefectiblemente, el periodista moderno tendrá que sumergirse en las aguas de la subjetividad, entendida esta como un mecanismo de interpretación y análisis de una problemática, dejando entrever la sensibilidad de quien escribe sobre el hecho, pero sin modificar bajo pretexto alguno la realidad verdadera de lo ocurrido.

Han existido, por otra parte, prácticas periodísticas con las que se pretende mantener una objetividad imposible. Es el caso de la impersonalidad de la noticia que se impone o porque la información es el producto de una empresa, o porque está ausente un yo individual, sin expresiones como lo sentencian algunos manuales de estilo de diversas empresas periodísticas.

Teun A. Van Dijk asegura que "…el yo puede estar presente sólo como un observador imparcial, como un mediador de los hechos". Ante esto, Javier Darío Restrepo formula un interrogante: “Una práctica de esta naturaleza, sugiere la pregunta: ¿para preservar la objetividad, debe desaparecer el yo del periodista?” (Restrepo, 2001).

Aparentemente en la práctica periodística se han acumulado demasiados recursos para disipar en el lector la sospecha de que el yo del periodista es el que impone una versión no objetiva y para consolidar la certeza de que, al desaparecer el yo, se puede tener la seguridad de una información objetiva.

Se sabe que las citas son la protección del reportero contra la calumnia y el perjurio, y la ilusión retórica de fidelidad de la verdad que se está representando sin tener en cuenta que, en efecto, todos esos recursos al servicio de la objetividad, no crean la objetividad ideal sino una ilusión de objetividad, porque es posible aparentar impersonalidad, manejar fuentes, manipular cifras y porcentajes y convertir todas esas tácticas en simples “coartadas”.



OBJETIVIDAD VS SUBJETIVIDAD

La búsqueda de la objetividad, empieza a declinar desde el momento mismo en que en las salas de redacción, en las reuniones con editores y jefes muy temprano en la mañana, se empieza a tomar posición en torno a tener qué decidir publicar entre decenas de historias; escoger cuáles son las que finalmente serán trabajadas para convertirlas en noticia; cuál tendrá mayor o menor despliegue; cuáles tendrán más o menos fotos; cuáles llevaran despieces, recuadros y tablas, o, lo que es peor, cuáles deben ser cubiertas por los redactores o reporteros y cuales definitivamente quedarán ocultas.

“Al optar por un determinado hecho, viene un segundo paso: las fuentes que se consultaron: ¿por qué esas y no otras? Se repite el fenómeno cuando el periodista utiliza el material proporcionado por las fuentes, porque debe seleccionar unas partes y descartar otras: ¿con qué criterio se hace la selección? Y las decisiones continúan al preferir un enfoque a otros, al titular, al subtitular, al diagramar, al ilustrar. En todas estas etapas se mantiene vivo el riesgo de que las posiciones subjetivas impidan la objetividad”. (Restrepo, 2001)

Lo que se está demostrando con el paso del tiempo, es que el esquema de la objetividad, de largo reinado en esta disciplina, ha empezado a desboronarse, aunque todavía sigue gozando de gran influencia en los reporteros y directores de diarios. Tanto es así, que cuando se quiere exigir buen producto, veracidad, profundidad y ética en las piezas periodísticas, todavía muchos aluden a que “hay que ser objetivos” y cuando se le quiere enjuiciar, se dice “ese periodismo no es objetivo”. Con esto lo que se está planteando es que el periodismo debe “cuidarse” de estar reflejado –sentando una posición, por ejemplo-- en lo que dice, y se esconda detrás del recurso de la tercera persona, encubriéndose en un manto de anonimato.

Pero el periódico moderno debe recordar que el lector es cada día más exigente y ya no se conforma con meros hechos que respondan a una reinventada pirámide y a seis interrogantes básicos que cada día son más cambiantes. Ya desde mucho antes de terminar el siglo XX los expertos en teorías periodísticas y docencia universitaria en este ramo, anunciaban la pronta transformación de la noticia, tal como lo hizo en su momento G. Martín Vivaldi (1987): “El periódico diario es –debe ser—une espejo del mundo en que vivimos. Y en ese mundo hay mucho de interesante y sugeridor que, aparentemente, está fuera del campo de la noticia –tal como se le entiende en los manuales de periodismo-. Hasta la poesía tiene cabida en el periodismo”.

Y además del periodista mismo, los lectores juegan un preponderante papel en la evolución de la noticia y del paso de la objetividad a la subjetividad en este oficio.

“El lector de periódicos en estas décadas de finales del siglo XX no es ya mero lector de noticias, de gacetillas o de chismes –mejor o peor intencionados—Nos encontramos cada día con un lector más instruido que no se conforma con lo escuetamente informativo. El lector de hoy quiere que el periódico, a más de informarle, le instruya y le entretenga. Se lee el periódico para saber lo que pasa. Pero en el mundo pasan muchas cosas que son mucho más que el puro hecho noticioso” (M. Vivaldi, 1987)

Hay que dejar claro que el acto de la interpretación es un acto de la inteligencia y que este es inherente al buen periodismo. Concebir hoy un periodismo sin interpretación, de una sola cara, plano, rígido y poco dinámico, nos llevarían a un largo viaje al pasado. Hoy el lector siente que el periodista puede ser vocero de la realidad pasando esta por su prisma interpretativo que, siempre que se haga con ética, hará que el periodismo y el lector salgan gananciosos.

Sin embargo hoy, terminando la primera década del nuevo milenio, muchos periodistas condicionan el éxito y confiabilidad de su oficio al precepto de la objetividad. Sobre este aspecto en particular, Miguel Rodrigo Alsina (2000) hace un recorrido histórico entre la relación del concepto y el oficio del periodista:

“En una interesante investigación, Phillips (1977) sugiere que los periodistas tienen hábitos mentales, actitudes y características personales que están estructurados alrededor de la objetividad periodística. Por otro lado, como nos recuerdan Weaver y Mc Combs (1980) en la tradición intelectual del periodismo y de las ciencias sociales hay desde un punto de vista histórico similitudes y diferencias. Evidentemente ambos tratan de describir la realidad, pero sus actividades son distintas. En primer lugar, podríamos describir toda actividad cognoscitiva como la relación de un sujeto cognoscente y el objeto conocido. Esta relación se basa en la propiedad de las cosas del mundo exterior de ser inteligibles y la capacidad de su conocimiento para el hombre.… Pero la función periodística se basa en la selección de acontecimientos que se consideren periodísticamente importantes. El científico pretende descubrir nuevos conocimientos, leyes hasta cierto punto universales. La ciencia busca lo general, el periodismo lo particular.”



Lo anterior se explica en la medida en que los estudios periodísticos sobre hechos violentos repetidos en una misma ciudad, por ejemplo, son tomados por el reportero desde las experiencias individuales (testigos, víctimas, familiares, victimarios) con las que el público pueda fácilmente identificarse. O sea, se privilegia la representación del hecho teniendo ello como punto de partida lo que muchos teóricos del periodismo han definido como el fenómeno de la “personalización” que no es más que representar, a través de tres o cuatro personas, los efectos de un fenómeno colectivo.

El buen periodista debe huir de la generalización –propia de los estudios científicos- porque en la particularización o estudio de casos en los que se toma como “muestra” a algunos sujetos, pueden realizarse descripciones, perfiles, centrar detalles, recrear los hechos, lo que le permite una aproximación más efectiva con el lector que desea “vivir la historia”.

En la prensa escrita este recurso es fundamental ya que, como se sabe, cuando el acontecimiento se vuelve noticia, los medios virtuales y audiovisuales ya la han hecho pública. Por ello, el que trabaja en un diario debe detenerse a dar una nueva mirada: recrear los hechos, interpretar, pensar en los interrogantes que aún le han de quedar al lector que espera el diario con deseos de absolver interrogantes que la radio, la televisión y la Internet no pudieron.

Con la puesta en práctica de la objetividad tradicional, apegada a normas y reglas, esta premisa sería imposible de cumplir y el redactor del periódico sería un transmisor de una realidad que ya transmitieron otros medios sin aportar nada nuevo.

La interpretación periodística no es algo que se da de una vez por todas. Es sucesiva: empieza y termina en cada edición. No puede por eso ser completa y hasta pretende no serlo. La función principal de la interpretación es impedir las consecuencias indeseables de la comunicación masiva de noticias”.

Pero la técnica y la noción de periodismo que emana de la objetividad se debilitan, pierde terreno, pues al mismo tiempo que informa, al periodismo se le pide una explicación de los hechos; el público quiere estar informado de lo que sucede, pero también busca una interpretación, el análisis que le complete el mapa de la realidad. Dos circunstancias intervienen en este cambio que experimenta el periodismo: en primer término, el crecimiento de la potencialidad técnica de los medios masivos. Es casi un lugar común decir que los medios masivos de difusión invaden la cotidianidad, particularmente los audiovisuales.

Se acepta que vivimos con los medios masivos y por los medios. En casi todos los hogares se encienden el radio y la televisión. En algunos llegan los periódicos y revistas. En muchos, primero se compra un televisor que cualquier otro electrodoméstico, tan imprescindible para los quehaceres diarios. La audiencia, en consecuencia, tiene más acceso a la información que en el pasado reciente. De la aldea global se pasó, a ritmo de vértigo, a la esquina mediática, en donde el receptor se encuentra con el otro, en este caso, el medio masivo.

El periodismo, como cualquier otra ciencia social, requiere de una condición básica para cumplir con su misión: asumir con responsabilidad la investigación de los hechos, para ubicar el porqué –las razones de fondo- y el para qué –las consecuencias- de cada acontecimiento. En ese contexto, las visiones “objetivas” resultan insuficientes como herramientas.

Y tal como sentenciaría Kapussinsky (2003) “… Con la revolución de la electrónica y de la comunicación, “el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta, en la información, es el espectáculo. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella”





*Comunicador Social Periodista, especialista en Comunicación para el Desarrollo. Co-autor de la “Biblioteca Moderna de Periodismo”. Colaborador de la Web iberoamericana especializada en comunicación www.saladeprensa.org . Profesor Titular de la Universidad Autónoma del Caribe y candidato a Magíster en Comunicación.







Referencias

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GOMIS, Lorenzo. 1991 Teoría del Periodismo. Barcelona. Paidós



GONZALEZ, GUSTAVO, Periodistas y Comunicadores para el desarrollo. Artículo encontrado en http://www.cumbresiberoamericanas.com/principal.php?pi=131&p=111



KAPUSCINSKY, Ryszard. 2003. Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar). México: Fondo de Cultura Económica GOMIS, Lorenzo. 1997. Teoría del periodismo. Barcelona: Paidós.



MIRALLES, Ana María. 2001. Periodismo, opinión pública y agenda ciudadana. Buenos Aires: Norma.



RESTREPO, Javier Darío. 2001. La objetividad periodística: utopía y realidad. Chasqui Nº 74, Quito: CIESPAL.



RODRIGO ALSINA, Miquel. 1993. La construcción de la noticia. Barcelona. Paidós.



RODRIGO ALSINA, Miquel. 2005, La Objetividad. Artículo encontrado en http://www.nombrefalso.com.ar/index.php?pag=98, capítulo “Crítica a la objetividad periodística”





SAAD Anuar, 2008. La Narración: el arte de contar la historia. Disponible en www.saladeprensa.org



SAN MARTÍN, Raquel, 2008. “Contra la objetividad: El mito de la neutralidad periodística y alternativas para repensarlo”, disponible en http://www.perspectivasdelacomunicacion.cl/revista_1_2008/parte2_07.pdf



ULANOVSKI, Daniel. 2008. “La construcción de la Noticia: en busca de la equidad perdida”. Disponible en www.periodismonarrativo.com/construccion-de-noticia-y-equidad.pdf

VIVALDI, Martin, Géneros Periodísticos, 1987.

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