jueves, 23 de diciembre de 2010

La Navidad: perjudicial para la salud


Si usted es uno de los colombianos que tiene uno, dos, tres o más hijos, le aconsejaría que se tomara una pastilla de prozac, un sanax, o –en el peor de los casos—, un valium para seguir leyendo.

POR ANUAR SAAD

¿Nota que después de la lluvia hay un extraño aroma en el ambiente y que los vallenatos viejos suenan en la radio y las emisoras empiezan a tronar anunciando que se siente que llega diciembre? ¿Ve usted televisión? ¿Es de esos televidentes minuciosos que no dejan escapar siquiera los comerciales? ¿Anhela llegar a casa después de la jornada laboral para desplomarse en calzoncillos sobre la cama y apoderarse del control remoto? Les tengo malas noticias: para esta época en especial (la del extraño aroma y discos viejos), este hábito –hasta ahora concebido como reconfortante - es muy perjudicial para la salud.

Confieso que desde el fin de semana pasado, me he declarado en franca rebeldía. Para el plan de contingencia rebusqué en mi biblioteca y desempolvé “La montaña mágica” de Thomas Mann y un ejemplar muy escaso del famoso libro de Gay Talese “Fama y Oscuridad”. Si la cosa se pone más grave, tengo los dos volúmenes de El Quijote. La idea es llegar a casa y desplomarme, no en la cama frente al televisor, sino en el balcón en el que tengo que pelear un espacio con las cuatro plantas ornamentales que mi esposa dispuso decorativamente y un gato que cree que la silla playera es suya. Me dedicaré a leer y sólo después del siete de enero, retomaré el hábito de ver noticieros, películas y partidos de fútbol en la tele.

Y es que, créanme, que quien soporta el estrés de los anuncios que como una plaga se multiplican por estas épocas en la que una muñeca cabezona, fea y desgarbada sostiene una grabadora “que habla de verdad” y la maldita muñeca mueve su cadera de celuloide simulando bailar. Eso sí, la muñeca y la grabadora se venden por separado. La sesentona barbie exhibe su nuevo castillo y sostiene un romance con un tal Ken, un muñecote muy parecido a un artificial actor mejicano, con carro incluido y uno o dos tres ponys que mueven la cabeza. Hay de todo como en botica: un robot que se convierte en carro y un muñeco tipo supermán pero sin pantaloncillos por fuera disparando cohetes por doquier. Hay rompecabezas, armatodos, pistolas, espadas legítimas de samurái y pistas de carros que sugieren una vertiginosa velocidad y un alto costo.

Mientras la andanada publicitaria pasa, mi hija de siete años apunta con su perfecta letra cursiva en una libretita y murmura para sí: “la barbie y la Bratz se las pido al Niño Dios; la “peluquería de lujo”, el castillo de la barbie y el juego de concina y el computador portátil de verdad verdad, se los pido a mi papá…” ¿Cuándo diablos hay que decirles que el Niño Dios y el papá es el mismo pendejo que tiene que hacer maravillas para comprar los regalos? ¿De dónde saldrá la cena navideña, las velitas, la comida y el whisky para el 7 de diciembre? ¿Cómo hacer para corresponder a los regalitos que los insensatos amigos y vecinos les hacen a los hijos dizque de aguinaldo creando enseguida la obligación de retribuirlos?

Mi vecino tiene dos hijos varones pero creo que en esta Navidad les pueden salir barato. Uno es un hincha furibundo del Junior (pobre, sólo tiene doce años y todavía no sabe lo doloroso que es serlo) y el otro, de 16, de la selección Argentina y ambos pidieron camisetas de sus equipos. Con las pobres campañas de ambos, las casacas las regalarán en el supermercado por la compra de algún detergente y les enciman las medias. Pero no todos tenemos la fortuna de mi vecino.

Sé de algunos chiquillos que no solo ven los canales de cable donde pasan los últimos y costosos juguetes, sino que gracias a la “televisión interactiva”, graban los comerciales y se los entregan quemados en un dvd a sus padres para que ni ellos ni “el Niño Dios” se confundan.
Mientras tanto, la señora de la casa hace planes para el 7 y el 24: “invitaremos a mis papás que están en Bogotá, a mis hermanas, a tu mamá, a mis siete amigas de la empresa y a diez de tus amigos periodistas esos que toman y comen por 20 sin contar al gordo Granados”.

Debo confesarles que estoy a un paso del prozac y a media noche del sanax. Mi cabeza ya no solo suma los puntos que le faltan a Junior para clasificar ¿17 de 15?, sino cuánto cuesta la Navidad, digo, una Navidad decente, nada ostentosa, donde uno como “cabeza de hogar” recibe en la madrugada del 25 una camisa de rayitas azules que vimos en el remate de a la vuelta (igual que la del año pasado), un par de medias negras en promoción (que pegan con todo) y una tarjetica hecha en casa por la que me tocó pagar a mí el colbón y los colores. No hay una botellita (así no sea de 12 años), una colonia, ni mucho menos un celular moderno que reemplace mi algo obsoleto Blackbarro con que ando.

Pero amigos, no me paren bolas. Esto puede ser un síntoma inequívoco de la andropausia ¿a los 45? Pero por si las moscas, empiecen a indagar desde ya qué le pedirán sus hijos al niño Dios, porque de seguir las cosas así, lo que le deberían pedir es que no fueran de la familia Pérez, sino de la Santo Domingo. Los dejo, porque toca a mi puerta una señora vestida con una camiseta que promociona carnes frías, preguntándome si quiero separar y pagar en módicas sumas durante dos meses, un pernilito para el 24…

Y eso que todavía no huele a Carnaval… ¿o sí?
saadanuar@gmail.com

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