jueves, 20 de enero de 2011

En busca de la felicidad



El reciente estudio de “Barranquilla Cómo Vamos” no representa, para mí, la realidad de los barranquilleros, pero deja en claro que por nuestra idiosincrasia, le ponemos buena cara al mal tiempo… así la procesión siga por dentro. ¿Es usted verdaderamente feliz? Si aún tiene dudas, lea aquí.

POR ANUAR SAAD S.
Los barranquilleros son felices. Por lo menos, el 83 por ciento de ellos que dicen sentirse contentos de vivir en esta ciudad que en el 2010 aumentó su nivel de optimismo con respecto a la calidad de vida. El estudio de “Barranquilla cómo vamos” nos pone en un nivel de felicidad que supera a la de los bogotanos (no muy famosos por su alegría), a los caleños y a los paisas y al parecer, le estamos ganando el pulso a los holandeses, canadienses, suizos y alemanes. Así que si tiene alguna queja, pena o tristeza, tráguesela: el informe dice que usted es feliz, y así debe ser.
En la encuesta se refleja la simpatía de los barranquilleros por su Alcalde Alejandro Char, aunque él, en estos momentos, no haga parte del 83 por ciento de los que se dicen felices. Y lo digo por las patas que le están saliendo al gato en las últimas semanas que involucra situaciones polémicas que abarcan desde los deslizamientos y destrucción de casas en Capo Alegre y Ciudad Jardín, hasta el enredo (cual saco de anzuelos) de la participación de nuestro mandatario en empresas particulares y con el alicaído grupo Nule que, según el propio Char, anda en “crisis económica”. O sea que, por lo menos, a los primos y hermanos Nule, socios de la firma, también hay que borrarlos de la lista del 83% que dicen ser felices, y también de la que dice que se sienten “menos pobres”. ¿O menos ricos?
No sé hasta qué lugares, estratos y personas se llevó a cabo la encuesta de “Barranquilla Cómo Vamos”. Desconozco si se la hicieron a los socios del Country (a los que están al día con las cuotas, por supuesto); a los del Club Campestre; a los que viven en Villa Campestre, Riomar, Alto Prado, o Prado, o a aquellos que ganan $515.000, que es el mínimo; a los que viven en las Malvinas, Villate, 7 de Abril, Me Quejo, por ejemplo; ni a profesionales de pelo en pecho que ven con tristeza como después de cinco años de carrera, una especialización y una maestría, siguen haciendo maravillas para pagar el arriendo mensual.
¿Se les preguntó a las más de mil familias damnificadas y desalojadas por las lluvias y los arroyos si son felices de vivir aquí? ¿A los que durante años ahorraron para comprarse una casita que inexplicablemente -hasta ahora- se desmoronó como un castillo de naipes? ¿A un grueso de ciudadanos que tienen que limosnear la atención en salud o a aquellos que a pesar de los megacolegios todavía no pueden mandar a sus hijos a estudiar? ¿A los moto-taxistas, bici-taxistas; artistas callejeros y vendedores informales que tienen que trabajar en precarias condiciones para llegar sustento a su casa?
Si quisiéramos ponernos más trascendentales, me gustaría indagar si la encuesta llegó a aquellos que se dicen hinchas del Junior para preguntarles, precisamente por estos días, sobre su grado de “felicidad”.
Pero no puedo negar que leer los resultados sobre la felicidad de los barranquilleros me produjo a mí también, felicidad. Por lo menos me refuerza la sensación que siempre he tenido de mis coterráneos de que somos capaces de gozarnos hasta nuestra propia tragedia. El barranquillero –y no necesito de una encuesta para concluir eso- lleva la alegría en la sangre y el Carnaval no es más que la oficialización de los otros 361 días de alegría, a pesar de que la carne cada día –como diría Diomedes—se ve más en televisión y nos volvamos expertos en “rodeo territorial”, o sea, bailar el indio. ¿Acaso usted nunca le ha dado la vuelta a la manzana para no pasar por la tienda del cachaco de la esquina (él no barranquillero, pero tal vez feliz) al que le debemos ya, según el credi-marlboro que tenemos, la mitad del sueldo?
¿Se le ha preguntado a los bohemios nocturnos, amigos de parrandas, conquistadores empedernidos o tomadores solitarios si son felices? Creo que no. Los comparendos y las medidas exageradas de retenes implacables hacen que los barranquilleros pensemos dos veces antes de tomarnos unas cervezas. A mis amigos de “Barranquilla Cómo Vamos” les envío, en todo caso, mi sincera felicitación por este balsámico resultado de la encuesta que nos hace felices así no lo seamos. Optimistas, así nos atraquen cada vez con más frecuencia en esquinas antes seguras y dicharacheros, a pesar que las oportunidades laborales escasean y cuando las hay, los sueldos son de miseria.
Sería el colmo pretender que los indicadores de felicidad estén medidos porque el agua nos llega a diario en nuestros grifos; porque la luz ya no se va cuando caen dos gotas o porque no se destapan tantos escándalos de corrupción como en épocas no tan lejanas, o porque se estén pavimentando algunas calles. Eso debería ser el estado natural de las cosas, no un estado de excepción que nos llene de alborozo. ¡Ni más faltaba! Hay asuntos que son obligación del Estado para con sus ciudadanos.
Por último, me encantaría que aparte de los porcentajes de cada ítem de la encuesta, me dijeran por favor (se los pido más como padre de una niña de siete años que como columnista) a cuál parque es que los barranquilleros prefieren ir en vez de asistir a actos culturales. Porque si bien en esta ciudad los eventos culturales son más escasos que el tiranosaurio Rex, los parques lo son aún más. ¿Al Suri Salcedo a evadir a los transexuales, prostitutas, homosexuales, carteristas, indigentes, locos importados y borrachitos de domingo? ¿Al Olaya o al Almendra dónde cada vez más parecen un motel al aire libre? ¿Al Muvdi a ver si pescamos una infección por estado de abandono y podredumbre en que anda de hace 8 años? ¿Al Haití que son 7 metros de concreto? ¿A aquellos cuyos columpios están a la espera de infectar con tétanos al inocente niño que sueña con mecerse? Y es que, amigos, mientras que la media internacional es de 10 metros de parque por ciudadano, en Barranquilla existe un preocupante 0.9 por ciento.
Eso, sin duda, no nos debe hacer muy felices. Pero si la encuesta dice que sí… hagamos un esfuerzo ¡y sonriamos!

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