martes, 18 de septiembre de 2007

La Boquilla: ¿principio del fin?



Por Anuar Saad

A escasos cinco kilómetros de la ciudad distinguida como “Patrimonio Histórico de la Humanidad” se escribe una nueva historia que está dejando atrás los balcones florecidos, las calles estrechas, los paseos en coche, las vendedoras de frutas, los artesanos rebuscadores y las plazas coloniales.

Una moderna metrópoli --cuyo metro cuadrado es de los más caros de Colombia-- se empieza a erigir mientras que, muy cerca de los gigantes en construcción, casi respirando el olor a cemento fresco y enchapes italianos en medio de una incertidumbre de muerte, La Boquilla, el legendario pueblo de pescadores, reconoce que su destino final está cerca: se lo está tragando el desarrollo.

La mole de concreto sigue avanzando. La sombra que proyecta cobija a sus vecinos quienes, temerosos, saben que sus alternativas de supervivencia son escasas. Muchos piensan en partir, y otros, apegados con fidelidad a su terruño, a ese pedazo de tierra húmeda que huele a pescado, rodeado por mangles y muy cercano al mar, se quedarán hasta dónde sus fuerzas alcancen.

Es una pelea desigual y ellos lo saben. Los gigantes se levantan cada vez más intimidantes y a su paso no dejan nada en pié. Una pesada maquinaria ruge escupiendo humo mientras remueve el terreno y aplana desniveles, a la vez que una decena de hombres --como hormigas espantadas por el fuego--, entierran tubos gigantescos que llevarán hasta ese lugar todos los servicios y comodidades a la nueva ciudad que se construye lejos de la antigua civilización. Esos mismos servicios y comodidades que por más de sesenta años, los nativos esperaron tener y que aún hoy, casi de forma inocente, mantienen la esperanza de disfrutar.

Sobre el inminente desarrollo de Cartagena hacía La Boquilla, el Secretario de Planeación del Distrito, para esa época, Luís Cano Sedán, se refirió a los retos urbanísticos que afronta La Heroica recalcando que “(…) Cartagena sólo puede crecer hacia la zona norte (la Vía al Mar) y las islas de Barú y Tierrabomba, pero ésta zona no puede desarrollarse netamente como urbana porque repetiríamos la misma historia de Bocagrande, Castillo y Laguito, donde la movilidad es complicada para todos, sea o no temporada turística. (…) La idea es que no haya una altura superior a cinco pisos en la Zona Norte, que se considera, comienza desde la carretera de entrada a Manzanillo del Mar”.

Para La Boquilla, la suerte está echada.

Una historia de canoa y atarraya

El corregimiento de La Boquilla –llamado así por ser el canal más pequeño que comunica al mar con la Ciénaga de la Virgen-- fue fundado hace unos 200 años y constituido en su mayoría por descendientes de esclavos que se caracterizaban por ser pescadores. Desde sus inicios hasta la actualidad, la población sigue practicando en su mayoría este oficio, aunque el objetivo laboral cambió en los últimos lustros apuntándole a un incipiente turismo apoyado con esfuerzos y recursos de las empresas privadas y un sector del gobierno.

Su historia es extensa, pero no está consignada en libros oficiales ni registrada en documentos de la época. Su historia es la historia misma de la colectividad, de la tradición oral, del legado generacional a través de los mitos, ritos, leyendas y costumbres que cada uno de ellos cultivó desde niño para traspasar con el tiempo a sus hijos. La historia de la Boquilla, sólo está registrada en la voz y el lamento de sus habitantes. En sus necesidades, penurias, injusticias, discriminación, sufrimiento y, por supuesto, en su valentía.
En la Colonia fue habitada por la tribu Caribe que tuvo allí sus asentamientos mientras que los corsarios y piratas entraban en pequeñas embarcaciones por La Boquilla, atravesaban la Ciénaga y penetraban a la ciudad por el nororiente lo que hizo necesario construir baterías de defensa en la entrada de las bocas, que hoy yacen sepultadas bajo tierra.
El boquillero ha trasegado por la vida marcado con el sino del abandono y la vulnerabilidad social, víctima de la clase política que cada cuatro años promete vías impensables; escuelas de mentiras; lanchas de motor de tiras cómicas; independencia eléctrica que se apaga; auxilios para una salud enferma y viviendas que, como en la canción, sólo existen en el aire. Es el teatro de burlas de los piratas del voto que explotan la miseria y el sufrimiento ajenos.

El boquillero es el retrato triste del aldeano mitológico de un macondo de verdad que creció de espaldas al desarrollo. Es el José Arcadio Buendía que conserva todavía intacto su orgullo, su identidad, sus valores, su tradición oral y su dignidad. Es el quijote que con su escuálido caballo y un escudero inútil, se enfrenta a gigantes de mentiras. Pero, contrariamente, ellos saben que los que hoy los asechan sí son de verdad.


Cifras y necesidades

Según cifras de Planeación Distrital de la Alcaldía de Cartagena, en La Boquilla conviven 11. 447 personas que están distribuidas en 2.191 hogares, de los cuales en la cabecera se encuentran 9.124 habitantes. Los restantes 2.323 pobladores están repartidos entre sus cuatro veredas así: en la cabecera de la Boquilla, la dedicación económica es básicamente la pesca; en Manzanillo del Mar, el turismo; en Puerto Rey y Tierra Baja, la pesca y la agricultura y en Zapatero al cultivo y comercialización de frutas como la patilla y el melón.

Muchos sobreviven prestando servicios de restaurante y explotando el ecoturismo gracias a la espesura de los mangles que rodean la población. Su expresión folclórica está representada por la cumbia y el bullerengue permeados en los últimos tiempos por la explosiva champeta, ritmo derivado de la música africana.

La gran mayoría de niños y jóvenes estudian sólo hasta los primeros niveles del bachillerato, ya que no cuentan con una situación económica favorable, una infraestructura de educación y salud que responda realmente a las necesidades de la población, ni existen oportunidades para el desarrollo de iniciativas productivas.

Es muy común encontrar falencias en la selección del personal de la salud, especialmente, de quienes se encargan de los programas y actividades de promoción y prevención, por la enorme brecha cultural y educativa que existe con la comunidad y la escasez de habilidades para el manejo de programas enfocados en el desarrollo social.

Este sector, además de presentar extrema pobreza, es considerado como una de las zonas de alta contaminación ambiental, observándose en los cuerpos de agua que la rodean alta proliferación de ratas y vectores por las inadecuadas prácticas de higiene de la población en cuanto a la disposición de basuras y desechos humanos, originando en los niños altos índices de enfermedades infecciosas, según se desprende de un informe de la Presidencia de la República.

El boquillero reparte su tiempo entre la pesca, la música y la religión, está última, dividida entre el culto católico y el islámico. Es llamativo, por no decir excéntrico, ver en la mitad de la Calle 2da. del sector Marlinda, un templo islámico que contra todos los pronósticos, tiene una cantidad respetable de seguidores.

Pasos de animal grande

Ajeno a una realidad estremecedora, el lujoso Mazda 3, metalizado, con tapicería de cuero y un equipo de sonido que truena como pick-up, se detiene frente al edificio por terminar. La valla habla de “últimos apartamentos para la venta”. El hombre se baja del automóvil, mira con el ceño fruncido su alrededor y se abanica la cara con su mano izquierda como espantando un lejano mal olor, pensando tal vez que sus próximos vecinos pueden ser muy incómodos, sin caer en cuenta de que los invasores son ellos.

Recorre uno de los apartamentos que todavía quedan. Su costo casi alcanza los ochocientos millones de pesos y ofrece una esplendorosa vista a la playa, a través de balcones perfectamente calculados que permiten, sin importar el piso o la ubicación, ver siempre el mar azul. Circuito cerrado de televisión, vigilancia privada las 24 horas, tiendas en la parte inferior, piscinas exóticas, zona social, habitaciones sacadas de cuentos de hadas y acabados que satisfacen al más exigente comprador, hacen que los conjuntos habitacionales que hoy invaden la periferia de La Boquilla, sean manjar para el gusto de selectos compradores, muchos de ellos del interior del país.

Esa mañana de viernes, en el piso cuarto de uno de los edificios, el almuerzo fue un verdadero banquete. Quinientos metros más allá, internándose en un lodazal de espanto e improvisando esqueletos de troncos para sentarse, los Pérez Gamboa desayunaron un poco de yuca con suero que repartieron equitativamente entre los siete moradores de su vivienda que, incluyendo los enseres que poseen, no vale cuatrocientos mil pesos.

--La cosa está dura, compadre--, dice Joaquín Pérez mientras se estira el hirsuto bigote y balancea sobre su pierna derecha a la pequeña María que no deja de llorar. –Antes había más pesca, pero la contaminación ha hecho que la cosecha no sea tan abundante--, se lamenta mientras termina de untar la yuca con el suero que aún queda pegado al recipiente.

-Si la construcción en poco tiempo llega hasta aquí (unos 600 metros de dónde se desarrolla el último proyecto) ¿usted dejaría La Boquilla?- pregunto intrigado mientras observo a Marta, su esposa, colgando ropa vieja sobre unos alambres retorcidos.

-¿Qué puedo hacer? Me cansé de esperar las soluciones que los políticos nos ofrecían. Ahora toca conformarse con lo que le den a uno y empezar otra vida en otro lugar...nos acostumbramos a vivir sin servicio de salud, con malas escuelas, dentro de casas que se derrumban con la lluvia y lejos del desarrollo. Creo que ya no nos puede ir peor...-

Como Joaquín, boquilleros que antes veían con recelo las nuevas construcciones, hoy rezan para que “se les aparezca la virgen” y que un señor de esos de saco y corbata los despierte una mañana y les ofrezca algunos millones por su pedazo de tierra. Cinco años antes, no pensaban en vender. Hoy, es la única esperanza. Los gigantes de concreto se los están comiendo y La Boquilla, metro a metro, está perdiendo espacio.

El principio del fin
El desordenado desarrollo urbanístico de Cartagena habla por sí solo del crecimiento de la ciudad que promediando el primer decenio del siglo XXI empieza a desligarse de su apretujado encanto colonial y le apunta a nuevos espacios: esos espacios que se escapan al cloqueteo de los andariegos caballos, al grito del vendedor ambulante y al estallido de infarto del tráfico del medio día. Hoy Cartagena sueña con enormes conjuntos residenciales similares a los de las grandes ciudades europeas; a centros comerciales fuera de la urbe creciendo en la única dirección que su geografía le permite: sobre la Vía al Mar, como buscando afanosamente chocar las fronteras con su vecina Barranquilla.

Pero los gigantes de concreto están desplazando peligrosamente a una población que por dos siglos se ha mantenido a pesar de las penurias propias de los marginales que sobreviven de lo que la naturaleza les da. Está acabando con un icono de la Cartagena de siempre, la que hoy reconoce el turista, y es un destino obligado para todos: La Boquilla. La que sabe a pescado frito y arroz con coco; la que huele a mar y lodo; la que retumba por medio de su música única y contagiosa; esa misma que ríe en la boca de sus moradores siempre listos para atender al visitante y que sabe agradecer al mar día tras día por darle el sustento vital. Es la misma Boquilla en la que hoy, de forma inevitable, el desarrollo está cavando su sepultura.